Fuimos los últimos papadores de angula

Fernanda Tabarés DIRECTORA DE VOZ AUDIOVISUAL

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07 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

La extinción inminente de las angulas es una prueba más de que nuestro tiempo ya pasó. Venimos de un mundo en el que allá por febrero el núcleo familiar se encaramaba al utilitario y recorría una distancia que siempre era exagerada para las cachorras de la casa con el objetivo de plantarse en un restaurante de Arbo y ponerse ciegos de angulas y lamprea. Era un menú innegociable y unas recetas fijas, las angulas en su cazuela de barro, tenedor de madera, y una salsa de aceite y guindillas, y la lamprea siempre a la bordelesa, con los costrones de pan y el arroz blanco. Seguro que el festín culminaba con una Comtessa, entonces una novedad que rompía la rutina de los postres caseros. Era un menú extraordinario, digno de un día de fiesta que se repetía cada año y que merecía el esfuerzo del viaje y del precio, excepcional pero accesible. Es difícil recordar el delicado sabor de aquellos alevines blancos y escurridizos, arropados como llegaban por la fuerza del aceite, la guindilla y ese aroma del barro caliente, pero para quienes ya nunca los probarán conviene hacer un esfuerzo porque los sabores son también patrimonio y este está a punto de extinguirse.

Los dos animales que nos convocaban eran tan extraordinarios que las veladas transcurrían con los mayores hilvanando sus biografías. Las angulas llegaban a la mesa después de haber sido huevos en el mar de los Sargazos, a una distancia de tres mil kilómetros, lo que convertía a estos peces anguiliformes en unos seres mitológicos que justo aparecían aquí en Galicia, en el Miño, para ser capturadas. Los padres contaban que los ejemplares que conseguían evitar las redes se convertían en anguilas y regresaban a sus aguas de origen para reproducirse. Alucinante. La biografía de la lamprea era igual de asombrosa, animales prehistóricos que existían desde hace más de cuatrocientos millones de años, que sobrevivieron a cuatro extinciones masivas, incluida la que aniquiló a los dinosaurios, con una boca escalofriante y que ahora aparecía domesticada en una salsa hecha con su propia sangre que en tu boca infantil era una explosión inolvidable y que tanto ha hecho por tu gusto por la diversidad culinaria. Ni Jurassic Park contenía tantas emociones como aquella sobremesa.

Poco a poco, la ceremonia anual se fue espaciando. Las biografías domésticas justificaban la cancelación que coincidió con la decadencia dramática de la población de angulas, hasta el umbral en el que hoy se encuentran, justo en el previo a la extinción. Urgente prohibir su pesca y su ingesta, tras décadas de explotación brutal. Aquellas niñas que escuchaban las asombrosas historias de las angulas y las lampreas no sabían que ellas mismas formaban parte de una especie capaz de arrasar con otra en apenas una generación. Qué animales.