En el informe del alta del hospital figura como Genoveva, pero a los pocos días la presentaron como Alejandra, sin embargo, su padre al registrarla le puso el que había elegido su madre
17 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.No siempre se llega a las 40 semanas con los deberes hechos. Hay quien necesita una prórroga para estar seguro del nombre que llevará su hijo o hija para el resto de su vida. Ana y Alberto ya tenían cierta experiencia en estos quehaceres, tienen tres hijos mayores: Gabriela, de 7; Guille, de 4; y Gonzalo, de 2. Pero con la última incorporación al equipo el tema nombre se les enquistó un poquito. «Era nuestra cuarta hija, y mi marido y yo no nos poníamos de acuerdo. En los otros tres elegí yo. Sobre todo el de Gabriela, en el de los niños estábamos un poco más de acuerdo, pero bueno, básicamente, podríamos decir que los elegí yo», dice Ana Ramos, cirujana de profesión, que últimamente se ha dado a conocer por su perfil en redes sociales (@anaramosgutierrez), sobre todo a raíz del vídeo donde explica que le han cambiado el nombre a su última hija que vino al mundo el pasado 6 de diciembre.
Reconoce que el tema ha dado mucho de qué hablar entre sus allegados, que no daban crédito de que pasaran los días y no hubiera acuerdo. Con los tres anteriores no llegaron a este punto. «Cuando se suelen elegir los nombres, cuando te dicen si es niño o niña, en la semana 20 más o menos por ahí ya los teníamos. Con Gabriela hubo más diferencias, y él cedió, pero con este nos hemos mantenido firmes los dos. Él decía que ya le tocaba elegir algún nombre».
Aunque los tres niños mayores llevan nombres que empiezan por G, dice que no hubo nada de intención, sino que es producto de la casualidad. Pero cuando se quedó de nuevo embarazada, la gente, especialmente por Instagram, la animaba a continuar con la saga. «“Cómo no va a empezar por G”, me comentaban», indica Ana. Y esta vez sí quiso un nombre con la misma letra. «Y buscando, me encantó Genoveva, por la historia que tenía el nombre, por cómo sonaba, porque es la patrona de París, y ahí me pidió matrimonio mi marido... En fin, lo tenía clarísimo. Pero a mi marido no le gustaba. Él empezó con Alejandra, Alejandra, Alejandra... Que no es que no me gustara, pero no me transmitía nada. Me parecía un nombre con poca fuerza. A mí me gustan los nombres más potentes o menos comunes», cuenta Ana.
El embarazo transcurrió en un empate técnico inamovible. Ana apostaba por Genoveva, y Alberto quería Alejandra, y no se ponían de acuerdo. Así fue que llegaron al día del parto sin haberlo decidido. Cuando ingresaron, la matrona les hizo la típica pregunta: ¿y cómo se va a llamar? No pudieron responder, le dijeron que no lo tenían claro y que iban a esperar a verle la carita para tomar una decisión. «En el fondo yo estaba prácticamente convencida de que mi marido cedería, y que la niña se iba a llamar Genoveva, porque yo llevaba todo el embarazo llamándola por ese nombre». Pero nació la criatura, y seguía sin haber acuerdo. La matrona, justo antes de salir del paritorio hacia la habitación, les volvió a insistir: «Venga, ponedle un nombre, que si no, va a salir de aquí como recién nacida». Porque algo tenían que ponerle en el cartelito de la cuna, y a falta de nombre, le iban a poner RN. «Y dije yo: “No me puedo creer que vaya a salir así”», recuerda Ana, que le preguntó de nuevo a su marido, y este le dijo: «Haz lo que quieras». Y eso hizo. «Genoveva, y ya está», le dijo a la matrona, que rellenó todos los papeles del hospital con ese nombre.
POCO CONVENCIDO
Pero la cosa no acabó aquí. Al llegar a la habitación, Alberto manifestó su desacuerdo. «No lo veo, no lo veo, no lo veo. Es que no me gusta, no lo veo... ». Ya habían pasado 24 horas y Alberto seguía sin estar convencido con el nombre de la pequeña, así que Ana decidió ceder. «Ya está, si no te gusta, tampoco te voy a obligar. Si no lo ves, y no te gusta, pues nada, Alejandra». Lo de Genoveva solo se lo habían contado a la matrona. Habían preferido guardar silencio, darle una vuelta entre ellos hasta que lo tuvieran claro. Decidieron que Alejandra, y se lo comunicaron a toda la familia, a todo el mundo. «Ha nacido Alejandra, todo ha ido bien», fue el mensaje que trasladaron.
Como Alejandra fue presentada en redes, y como Alejandra se fue de alta para casa. Parecía ser el definitivo. Pero Ana era ahora quien no acababa de estar convencida con el nombre elegido, para el que ella había cedido. «Yo miraba a mi hija, y decía: “Que no se llama Alejandra, que ese no es su nombre”. Yo no terminaba de asumirlo para nada». Todavía había cierto margen mientras no fuera oficial.
Alberto tenía cita en el Registro para inscribir a la niña, pero la anuló y la retrasó para el día siguiente. Volvió a anularla y retrasarla. Así durante cinco días. «Pero ese día tenía que ir sí o sí, porque si no, se metía en el fin de semana. Y de repente, rellenando los papeles, me dice: “Le voy a poner Genoveva”. Y yo: “¿Cómo le vas a poner Genoveva, si ya le hemos dicho a todo el mundo que la niña es Alejandra?”. “Sí, Ana, —me dijo— le voy a poner Genoveva, porque eso es lo que a ti te gustaba, eso es lo que tú tenías claro. Era el nombre”. Y yo: “No, no, no hagas esto ahora, ¡qué vergüenza!”».
Todo el mundo ya le estaba empezando a dar la enhorabuena por el nacimiento de Alejandra, que ya tenía cinco días. Muchas personas le estaban escribiendo por redes, «¡qué nombre más bonito!», y ella pensando: «Sí, sí, precioso. O sea, no se llama así, pero precioso». Porque efectivamente Alberto la inscribió oficialmente como Genoveva, y ella se enteró cuando él desde la cola del Registro le mandó una foto de los papeles. Ana no daba crédito de lo que acababa de pasar, nunca pensó que fuera a hacer lo que hizo, ya que no había cedido ni en la recta final del embarazo ni en los primeros días. «¿Y ahora cómo explico yo esto?», se preguntó Ana. A los más cercanos se lo fue comunicando por los grupos de WhatsApp. Les remitió la foto de los papeles del Registro con el siguiente texto: «Como siempre se debió haber llamado. Le hemos cambiado el nombre y se llama Genoveva». «No fue tanto impacto como en Instagram, porque ellos ya se lo esperaban. En redes, yo nunca había hablado de Genoveva, cuando me preguntaban, decía que aún no lo teníamos decidido, no dije estábamos entre varios, cuando publiqué que era Alejandra, pues Alejandra, y de repente Genoveva, y fue como ¿perdón? En cambio nuestro círculo sí que lo sabía. Lo que me comentaban es que siempre se debió llamar así, en sus cabezas era Genoveva, porque todos pensaban que mi marido cedería».
Para aclarar públicamente optó por hacer un vídeo. «Muy fuerte, pero tuve que contar que la niña ahora se llamaba Genoveva. Y se viralizó, imagínate la cantidad de comentarios de la gente, de “no me lo puedo creer”...».
Ana confiesa que en algún momento sí que se plantearon buscar un nombre alternativo a Alejandra y Genoveva, pero esta vía no prosperó. «Como tenía claro que quería Genoveva, y la llevaba llamando todo el embarazo así, no podía de repente buscar un nombre intermedio. Yo le decía: “Si no es Genoveva, por lo menos que sea el nombre que te gusta a ti, y ya está. Si te gusta Alejandra, pues Alejandra”. Pero él empezaba a decir nombres: Paola, Lucía... Y a mí me estallaba la cabeza, ¿cómo que Lucía ahora?».
Cuando subió el vídeo, se sorprendió con la cantidad de mensajes que recibió de personas que habían hecho lo mismo. «Hay historias para todos los gustos. Me empezaron a contar que “si yo le cambié el nombre en el último momento”, o incluso gente que lo había llegado a inscribir en el Registro y después había hecho una instancia para intentar cambiarlo. Me han contado que tienes que demostrar que tú le estás llamando al niño de esta manera, y que si no lo llamas así, si se llamara como pone en el Registro, tendría un trauma. Otros que se lo han cambiado a los 8 años, y a los 15, vamos, barbaridades... Y gente que no se ponía de acuerdo como nosotros, y que el marido fue al Registro y le puso otra cosa», indica Ana.
A pesar de que todavía son pequeños, los hermanos fueron conscientes del baile de nombres de su hermana. «Un día por la calle, ya le habíamos cambiado el nombre por Genoveva, pero no se lo habíamos dicho a la gente, y nos encontramos a una vecina. Gabriela iba con mi marido de la mano, y le dijo: “¿Y cómo se llama la hermanita”. Miró para arriba, a su padre, como diciendo qué tengo que decir a esto”», recuerda Ana, que añade que en el cole también sortearon como pudieron las preguntas y enhorabuenas sobre su hermana.
El cambio de nombre ha quedado como una gran anécdota que contarle a la pequeña, y como una excusa para que la paren por la calle. «El otro día me dice una muchacha en Zara: “Muy bien, Genoveva, el que tú querías”, y otra señora, saliendo de mi casa, me dijo: “Me encanta el nombre”». Me ha parado muchísima gente”, señala Ana, que reconoce que tuvo mucha más aceptación de la que se esperaba. Su nombre es Genoveva y todo el mundo lo tiene claro. Además, se da la circunstancia que aun siendo Alejandra habían organizado el bautizo para el 3 de enero, para que estuviera presente la familia de fuera, y resultó ser el día de Santa Genoveva. «Era una señal de que había que cambiarle el nombre. No se podía bautizar el 3 como Alejandra», sentencia Ana.