La fundadora de la Asociación de Palilleras de Ozón, empezó a palillar a los 6 años, cuando su madre le enseñaba, a ella y a sus hermanas, uno de los motores económicos y sentimentales de la Costa da Morte
22 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Lucía Figueroa (1963, Ozón, Muxía) —que prefiere ser llamada Lucita— es una artista del encaje. No se trata de un eufemismo, es palilleira de profesión y de alma. Lo lleva en la sangre. Ella aprendió de su madre, su madre de su madre, su abuela de la suya respectivamente y, así, varias generaciones atrás. También sus hermanas, tías y primas. Apenas tiene recuerdos de su vida sin los palillos. «Eu empecei sendo pequena. E, do mesmo xeito, a miña nai, aos 4 anos. Miña avoa poñíaa no colo e xa lle ensinaba os bolillos», cuenta esta artesana residente de Ozón, Muxía.
Ella los cogió por primera vez un poco más tarde, a los 6 y, aunque intentó soltarlos a favor de otro trabajo, no lo consiguió. «Teño o recordo de que eu quería aprender porque sabía que todos os meus irmáns palillaban. Lembro que o facíamos nun cuarto, no chan. Antes sentábamos no sobrado, que era de madeira, coas pernas entrelazadas e, enriba da almofada, íamos palillando». Y así, una pequeña y diminuta Lucía empezaba a crear encaje guiada por su madre y acompañada por sus hermanas.
Este modo de artesanía y su contexto cambiaron mucho en los últimos años. Lucita todavía recuerda acudir, con su madre, a palilladas organizadas por vecinas. «Antes, as mulleres xuntábanse para palillar todas xuntas nunha casa porque acompañada sempre estás mellor e, ademais, pola luz, porque así non gastaban tanto. Especialmente no inverno, que como non hai tanta luz e ás seis xa cae a noite, estaban ata as doce, máis ou menos, todas xuntas», recuerda la que hoy también es fundadora de la Asociación de Palilleras de Ozón.
Su madre vivió otra forma de hacer encaje. Los sábados, por ejemplo, en estas palilladas se tocaba la pandereta, «viñan os mozos a estar con elas, e despois, mentres as mulleres palillaban, facían un oco para poder bailar». La artesanía era mucho más que un motor económico de la Costa da Morte, era un centro de reunión.
Muchas horas
Para saber palillar tal y como lo hace Lucita se necesitan muchas horas a los palillos. Cuando iba al colegio, aprovechaba el mediodía y las tardes para hacer puntillo. «Nesta materia aprendes todos os días. Home, para facer unha cousa pequena non. Pero para facer todo o que nós —-paraguas, pendientes, baberos, estolas, bolsas y todo lo que pueda llevar un encaje— precisas moito tempo. Eu sempre digo que é como unha carreira de música», explica esta palillera. No solo por los años invertidos, sino por la forma de trabajar. «Moitas veces me preguntan que como sabemos facer os debuxos. Así como os músicos len unha partitura, nós seguimos un patrón», añade.
Esta muxiá lamenta que esta artesanía no levante el mismo interés en las nuevas generaciones. Un encaje que a tantas mujeres ayudó: «As señoras palilleiras dicían que se aprendías non facía falta pedir cartos aos homes, porque podiamos gañar o noso diñeiro para comprar o que quixésemos».
En la época alta del turismo, Lucita alterna sus lugares de trabajo. Tiene una caseta debajo de la cascada del Ézaro, una exposición en el Parador da Costa da Morte, en Lourido y visita varias ferias de artesanía. De cada temporada, guarda casi tantos recuerdos como de su infancia. «Lembro un señor dos Estados Unidos que quedou tan marabillado cunha peza que tiña exposta que non foi nin visitar a cascada. Pero como non tiña suficiente diñeiro en efectivo para pagala ese día, fixo que o guía turístico fose con el ao hotel para darlle o diñeiro e, ao día seguinte, volvese con outra excursión a por ela», cuenta con cariño. Quien conoce el trabajo que supone el encaje, dice ella, piensa que sale barato. «Din que por ese prezo non o fan». Son quienes lo desconocen los que piensan que es muy caro.