«En dos minutos me doy un chapuzón y vuelvo al ordenador», señala la pontevedresa, que entre correos, llamadas y papeleo disfruta del verano trabajando desde el Cámping Moreiras de O Grove
30 ago 2025 . Actualizado a las 18:35 h.«Me pongo el bikini, si no lo tengo puesto, y en dos minutos estoy en la playa, me doy un chapuzón y vuelvo al ordenador», cuenta Ana, una pontevedresa de 58 años que desde hace más de veinte pasa sus veranos en el Cámping Moreiras de O Grove. En el 2020 un cambio de trabajo la obligó a replantearse las vacaciones en su parcela: tenía que estar disponible a tiempo completo, especialmente los meses de verano. Fue ahí cuando tomó la decisión de adaptarse y teletrabajar desde su furgoneta camperizada.
Ana se dedica a la gestión y contabilidad de un restaurante y de un albergue en Pontevedra. «Coordino a todo el mundo, desde la recepción hasta la limpieza, y como tengo el teléfono desviado todo el día, eso es un no parar de wasaps y correos electrónicos todo el tiempo», apunta. En ambos negocios su cargo la obliga a estar conectada permanentemente todos los días de la semana, especialmente la temporada de abril hasta agosto, coincidiendo con la época de apertura de su cámping de confianza. «El invierno lo paso en Pontevedra y cuando llega Semana Santa me vengo con mi familia ya que, por suerte, mi trabajo no depende de estar físicamente todos los días en él. Lo que acostumbro hacer es estar de jueves a martes en O Grove y el resto de la semana me vuelvo a casa», cuenta Ana.
Su gran cariño hacia este rinconcito de la costa pontevedresa hizo que Ana buscara por mar y tierra todas las soluciones posibles para no tener que decirle adiós. «Yo llevo muchos años yendo al cámping de Moreiras, y se está de maravilla no, lo siguiente. Te cambia la vida, a mí me cambió la vida poder trabajar mirando al mar. Es un absoluto lujo. Realmente, la idea de teletrabajar surge porque no quería renunciar a pasar el verano aquí por tener que currar, así que intenté adaptarme lo máximo que pude. Cada vez me conecto más desde aquí, todo lo que puedo», apunta.
Ana sabe, al igual que muchos de sus vecinos campistas, que es una afortunada. «No todo el mundo puede permitirse coger vacaciones y desconectar. Somos un número muy alto de acampados teletrabajando. Estoy segura de que estar en el paraíso ayuda a nuestro rendimiento, es que estamos literalmente encima del mar. Te levantas y te pones a trabajar mientras tomas un café mirando a las olas, ¿que más puedo pedir?», cuenta Ana.
Esta gozada en las Rías Baixas puede parecer, a simple vista, una distracción, pero nuestra protagonista ya está más que familiarizada: «Me concentro en todos los sitios, porque estoy acostumbrada a estar funcionando en diferentes lugares. En el restaurante tengo una oficina, pero en el albergue al contrario, siempre hay mucho jaleo alrededor».
Ella no pide mucho, pero tampoco quiere más. Ama el buen tiempo y las buenas temperaturas. «Me encanta tomar el sol y estar en la playa. Lo difícil es trabajar cuando no estoy en el cámping, porque tengo la cabeza en lo bien que puedo estar en mi sillita frente al mar. Allí estoy realmente donde quiero estar», explica.
La lista de cosas necesarias es clara y concisa, salvo una mesa y una silla de libre elección... lo demás cabe en una mochilita que ella misma se encarga de transportar a todo sitio al que va: ordenador, agenda y teléfono para una cobertura de jornada eficiente. «Como se está tan a gusto, da igual el sitio. Es levantar la cabeza y ver el mar. Si en un momento quiero descansar, me doy un chapuzón y vuelvo a subir», apunta. «En Pontevedra, como voy de un lado a otro, siempre llevo mi mochila con todo encima. No me supone ningún cambio tener que traerla al cámping. Para poner los papeles, en cualquier sitio. Me da igual el lugar», explica Ana.
TODA UNA VIDA
Hace 50 años Ana daba sus primeros pasos, no solo en la vida, sino que también como campista. Lo que podría haber sido una simple anécdota con apenas 4 años gracias a sus padres, resultó convertirse en lo que a día de hoy es más que un hobby, su estilo de vida. «Llevo haciendo campismo desde siempre, desde que era niña. Yo iba con mis padres en furgoneta cuando había acampada libre, ni siquiera existían las camperizadas. Mi padre cogía la furgoneta del trabajo, metía un colchón y un cámping gas, y nos íbamos los tres a la playa. Es un recuerdo que guardo con muchísimo cariño, porque es algo que solo hicieron conmigo, mis hermanos esto no lo vivieron», cuenta Ana.
Los padres de esta pontevedresa sembraron en ella, sin saberlo, un germen que fue floreciendo de diversas maneras con el paso del tiempo. «Llevo 20 años acampando en Moreiras. Lo empecé haciendo en tienda, luego en bungalós, después con caravana y ahora tenemos una furgoneta cámper. Cuando me surgió la oportunidad de cambiar de trabajo, tenía dos opciones: quedarme en Pontevedra y no ir, o encontrar la manera de continuar con mi vida de cámping», explica. Ahora su padre es muy mayor y no puede ir, pero a él le hace especial ilusión saber que su hija continúa haciendo eso que tanto disfrutó él en su juventud. «Mi madre falleció hace siete años, pero mi padre, de 100, está supercontento de poder ver que lo sigo haciendo. Antes venían él y mi madre los findes a comer, nunca dejó de gustarles esto», explica.
Un viaje que decidió compartir, de la misma manera que sus progenitores, al formar una familia. Sus hijas también estuvieron siempre conectadas con los veranos en O Grove: «Crecieron viniendo todos los veranos. Nosotros nos íbamos a trabajar a Pontevedra, y ellas se quedaban o con sus abuelos o con mi hermana».
A día de hoy, el legado que creó el primer verano que llevó a sus niñas sigue vigente gracias a la menor de las dos. «De hecho, tiene una pandilla de amigos desde pequeña. Hacen por coincidir todos los años la misma quincena. Algunos también se ven en invierno, pero otros tantos solo en esta época del año. Yo estoy encantada, me recuerda a mí con el pueblo, y por eso sé que serán amigos para siempre», relata emocionada. A ella el cámping también le ha regalado amistades que formarán parte de su vida siempre. «Conoces a todo el mundo, hay gente que considero que son mis amigos y solo los veo en la temporada del año que acampo aquí. Estamos todos deseando que llegue el verano para reencontrarnos. Realmente, para qué me voy a ir lejos si tengo el paraíso más cerca de lo que muchos piensan. Ya me lo dicen amigos catalanes y vascos del cámping, es que se está de maravilla», asegura.
Ana no concibe un verano sin cámping y dejarlo no entra en ninguno de sus planes: «Vendré todo el tiempo que pueda. Cuanto más pueda hacerlo, mejor, teniendo en cuenta que me encanta todo lo que me ofrece: mar, playa y sol». Aun así, esta campista tiene un consejo para todo tipo de personas y gustos. «Tengo parejas de amigos a los que a uno le encanta el cámping y al otro no. Entonces, en esos casos, la verdad es que poco hay que hacer, o al que le chifla se viene solo, o si no, nada. Este estilo de vida te tiene que gustar para poder disfrutar al máximo», comenta Ana.
Nunca le ha querido fallar a su parcela de acampada. En todos estos años, solo hubo uno en el que el asunto se le complicó, el 2020. «No sabíamos si podíamos trabajar o no en el albergue, y fue muy duro. Creo recordar que en agosto pudimos ir un par de fin de semanas porque lo echábamos muchísimo de menos, fue un soplo de aire fresco». Como trabajar al borde del mar.