No me llames Dolores

YES

Entre las cosas que más sorprende a un inglés educado en el rigor cultural protestante es la devoción que los católicos tienen por nombrar a sus mujeres con antropónimos entre lúgubres y trágicos. La lista es larga y en cuanto se supera la barrera cultural que todo lo normaliza, escandalosa. Ahí están esos dolores, cruz, angustias, martirio, soledad y expiación que millones de bebés, niñas y señoras llevan por el mundo para honrar a las vírgenes a las que apelan y que confirma la devoción que la iglesia que nos ha tocado tiene por mantenernos vinculados a la tristeza quizás como una vieja forma de dominación.

Este hecho tan singular de los nombres que apelan al sufrimiento como si una criatura que acaba de nacer hubiera que marcarla ya con un aire lúgubre acaba de ser analizado en el consultorio que Berto Romero dirige en Movistar+ gracias a una espectadora que, con gran tino, propuso una serie de neonombres masculinos para compensar tanta sombra en la onomástica femenina. La lista la cerró el propio Romero con una sugerencia digna de registro, Reguetón, a la que se podrían incorporar otras tan duras como las reservadas para las chicas, algo tipo Muerto Pérez o Cáncer López o Cicatriz Romero. Especular con la influencia que un nombre tiene sobre la persona que lo porta es un grandísimo entretenimiento. Mucho se ha escrito sobre la curiosa puntería que Manuel Fraga tuvo para nombrar a dirigentes políticos que parecían haber nacido para el cargo que ocupaban. Ahí estaban José Antonio Orza para manejar los orzamentos públicos; Corina Porro para dirigir la Política Social de la Xunta o Miras Portugal para administrar la estrategia exterior gallega.

Y es también un nombre el culpable de una de las peores traducciones de un título original del inglés al español, el famoso The Importance of Being Earnest, una palabra que significa ‘honesto, serio y sincero’, que Oscar Wilde incluyó en el título por su parecido sonoro con Ernest, el nombre del protagonista de su conocida obra teatral. Al ser volcado al español, la cosa quedó en una inexplicable La importancia de llamarse Ernesto.