Ricardo Marini, pediatra en activo a los 73 años: «Moriré con la bata puesta, la medicina es mi vida»

María Cobas Vázquez
María Cobas O BARCO

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Marini reconoce que es feliz en la consulta.
Marini reconoce que es feliz en la consulta. Miguel Villar

El médico argentino afincado en Valdeorras desde hace más de tres décadas no piensa en la jubilación

10 mar 2024 . Actualizado a las 21:28 h.

Ricardo Omar Marini Fernández tenía 3 años cuando le dijo a su maestra en su Argentina natal que quería ser médico. Y setenta años después en O Barco de Valdeorras, donde vive desde hace más de tres décadas, pronuncia la misma frase con idéntica convicción. Quiere seguir ejerciendo como médico. Camino de los 74, Marini no se plantea la jubilación. Dejó el Sergas por obligación al cumplir los 65. Era la normativa vigente en aquel momento y por más que peleó para poder continuar en el Hospital Comarcal de Valdeorras, en el que trabajó desde su llegada a España en 1989, no lo consiguió. «Fue una jubilación forzosa», remarca. «Hice escritos al Sergas solicitando la prórroga porque el hospital era mi vida, pero no hubo forma», añade. Así que se centró en la clínica que había creado en 1991 junto a otros dos colegas médicos (a los que tiempo después se unió un cuarto) y en la que sigue pasando consulta cada tarde. Ha eliminado su agenda matutina por consejo médico después de un achaque, pero reconoce que no sabe cuánto tiempo podrá mantener el ritmo pausado porque no soporta decirle a unos padres preocupados que no puede atender a su pequeño.

Marini nació en General Pico, en La Pampa, y a los 17 años se trasladó a Buenos Aires para estudiar Medicina. Allí hizo también el mir en Pediatría, conoció a su mujer, la psicóloga Vichy Valsechi, y nacieron sus dos hijos, Rodrigo y Federico. La ciudad les gustaba y les iba bien, pero no tanto al país. «Era 1989, el último año del gobierno de Alfonsín, que fue muy problemático», relata el especialista. Había una hiperinflación y la nación se había convertido en un lugar muy inseguro. Vivían con la angustia diaria de que secuestraran a uno de sus hijos camino del colegio. «La inseguridad nos martilleaba la cabeza», dice. Así que se plantearon dejar Argentina un par de años, a la espera de que la situación mejorara. Ricardo voló a España, a Toral de los Vados, de donde era originaria su abuela materna. También visitó Italia, donde estaban otra parte de sus raíces.

Nada le convenció. Estaba decidido a volver a Argentina cuando un amigo oftalmólogo le llamó para decirle que tenía una oferta del Hospital de Valdeorras y le pidió que se acercase a buscarle el precontrato. Así llegó Marini a O Barco por primera vez. Aquel día había nevado mucho. La entonces responsable del hospital le comentó que además de un oftalmólogo precisaban con urgencia un pediatra. Al saber que Marini lo era le ofreció el puesto. «Me volví a Buenos Aires con un precontrato y decidimos venirnos», relata. Cuando su familia le preguntó cómo era el lugar al que se mudaban, le dijo que se parecía a Bariloche (un lugar de referencia para el esquí en los Andes patagónicos). «Pero cuando llegamos el 5 de marzo no había nieve», remarca el médico. Y del bullicio de una ciudad de 2,9 millones de habitantes se encontraron con la tranquilidad de un pueblo que no llegaba a 11.000. «Aquellos primeros momentos fueron desconcertantes», confiesa. Pero el tiempo fue pasando y todos se fueron adaptando. Además, reconoce que nunca vieron el momento de volver. «Comenzó el Gobierno de Menem y Argentina mejoró, pasó de la hiperinflación a ser un paraíso terrenal, así que desconfié. Teníamos que estar muy seguros de que las cosas habían cambiado para volver, pero nunca se dieron las condiciones», relata.

Cada miembro de la familia fue encontrando su sitio (Vicky abrió su consulta, Rodrigo dejó de extrañar y Federico hizo su todavía hoy inseparable pandilla de amigos), así que la idea de volver se fue disipando. «Extraño muchísimo Buenos Aires, es mi lugar en el mundo, pero en O Barco estoy muy bien», dice. Por eso no se toma en serio la propuesta de su familia de jubilarse e irse a Madrid. En la capital viven sus dos hijos y su nieta, así que su mujer viaja allí con mucha frecuencia. «Yo voy menos. Me gusta muchísimo Madrid, pero aquí estoy bien», insiste.

A 100 kilómetros

Sigue trabajando a diario en la clínica médica Valdeorras. «Soy el único de los cuatro socios que sigue ejerciendo», relata. Y no piensa parar. «Si me quitas la medicina...», dice dejando la frase en el aire con su dulce acento argentino. «No es que sea un adicto al trabajo, pero me gusta lo que hago. En la consulta soy feliz. Y me lo paso muy bien con los niños», dice. Y añade: «Sin la medicina no soy nada, es parte de mí».

Es un referente. «Tampoco somos muchos y cada vez menos», contesta riendo. En estos momentos en O Barco solo hay dos: él en la sanidad privada y un especialista en el centro de salud y eso también hace medrar la demanda en su consulta. Pero aparte de situaciones puntuales, Marini sabe que tiene una legión de fieles. Porque no solo acuden a él los padres de la comarca, sino también de Terras de Trives (que supone hacer un viaje de 40 minutos) o Viana do Bolo. Y en estos casos, aun así podría ser que le conociesen de su trabajo en el hospital; pero este no es el motivo de los que van desde A Gudiña o Verín (lo que implica un traslado de 100 kilómetros y más de una hora y veinte minutos en coche) porque nunca les atendió durante su etapa en el Sergas. Muchos de los que ahora le piden que atienda a sus hijos le conocieron como pacientes cuando eran niños. Y muchos le recuerdan que él estaba allí el día en el que nacieron.

Desde hace un mes, un problema de salud le mantiene alejado de la consulta por las mañanas. «Mi médico me dijo que tenía que poner el freno al estrés laboral, pero es que yo no lo tengo; bueno, eso digo yo, pero él dice que tengo que bajar el ritmo», señala. Asegura que las horas en la consulta no le pasan factura, que si algo le afecta anímicamente es fallar. «En medicina errar es posible y si algo me produce estrés es la idea de no acertar en el diagnóstico», dice.

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Va feliz cada tarde a su consulta. Empieza a las cuatro. El horario de salida es flexible, porque a Marini no le importa alargarlo. Lo que no lleva bien, dice, es decirle a unos progenitores que no puede atender a su hijo enfermo. «No se pueden quedar niños sin ver. La medicina es una profesión de mucha solidaridad. Y en pediatría no se pueden dejar niños a un lado porque no haya una cita», dice. Es por eso que muchas veces su secretaria le riñe, cuenta divertido. Ella intenta gestionar una agenda en la que a veces tiene que decir que no, pero entonces los padres llaman directamente a Marini y este les remite de nuevo a ella para que les haga un hueco donde parecía no caber nada más. Que le llaman directamente al móvil es fácil de comprobar. En la entrevista, que dura una media hora, le telefonea un padre contándole cómo estaba su hijo al recogerlo de la guardería. Marini lo emplaza a volver a llamarlo unos minutos más tarde para poder rematar la charla. Ante el comentario acerca de que los padres tengan su teléfono, dice que por supuesto que sí. Se debe a sus pacientes, remarca.

Marini no piensa en jubilarse. «No tengo máximo, no hay una edad en la que diga al llegar ahí lo dejo», asegura. Y eso a pesar de los rumores que desde hace dos o tres años lo sitúan como pensionista a corto plazo. «No sé por qué, pero se comenta que lo dejo después de las vacaciones o al acabar el año; incluso mi secretaria me lo ha preguntado alguna vez porque es lo que escucha por ahí», señala divertido. No tiene ni idea de dónde surge, pero tiene claro que nunca ha salido de su boca tal anuncio. Jugando a elucubrar, imagina que comienza en una conversación en la que alguien pone sobre la mesa su edad y acto seguido pregunta si estará pensando en jubilarse, de ahí alguien responde diciendo que es una posibilidad y finalmente acaba saliendo la afirmación de que así será. Pero es falsa, remarca.

«Moriré con la bata puesta, la medicina es mi vida», asegura Marini. Y acto seguido, en cambio, pone un matiz: «Salvo que la cabeza no me dé, que entonces tienes que ser responsable y dejarlo, seguiré trabajando siempre».