Se ha muerto María Teresa Campos y el trance ha servido para reivindicar lo que esta mujer del 41 había hecho en su vida profesional antes de convertirse en una caricatura que se iba entendiendo más amarga a medida que cumplía años. En sus últimas comparecencias públicas, apartada de las parrillas desde hacía tiempo, imploraba a los jefes de las teles para que le concedieran un minuto de trabajo en un plató, en lo que sonaba como un lamento tristísimo que nadie de su entorno le ayudaba a zanjar, quizás porque su insólita prole dependía de esa exhibición casi obscena para seguir facturando.
Hay muchas lecciones que aprender del declive de esta comunicadora en la que hoy, gracias a sus obituarios, encontramos actuaciones profesionales eminentes desdibujadas por la manera en que ha ido diciendo adiós.
Algunas no conectamos nunca con esa manera de proceder en un plató, con sus menús salpimentados de amarillismo y vodevil, pero hay que reconocerle su instinto para conectar y respetar a la audiencia de las mañanas, despreciada hasta entonces por los programadores, y apreciar un rasgo que aún hoy se censura en las mujeres: el de la mala leche. La Campos era muchas veces una borde con sus invitados, con sus colegas y con sus jefes, y eso era una rareza en una televisión que promovía a las mujeres finas y dulces. Debemos apreciar ese carácter porque hay muchos mensajes valiosos en él.
Pero de todas esas lecciones de las que se ha hablado en estas horas, la más agria tiene que ver con su despedida. Cuántos años de exposición pública le sobraron a María Teresa Campos, convertida en un fantoche televisivo en aquel reality grabado con sus hijas, adictivo como solo puede serlo la porquería, y ejemplo perfecto de lo que se debe hacer para dinamitar una carrera y un prestigio. Ese programa y sus públicas y amargas peticiones de trabajo demuestran lo importante que es entender el tiempo en el que vives, el del triunfo y el de la retirada. Se ve que ella no solo no tuvo un afecto que la protegiera, sino que quienes debían hacerlo la exprimieron hasta el final.