Para aligerar la densidad que una campaña electoral requería, se solía incorporar a la oferta periodística del día una entrevista ligera con los candidatos. Eran piezas en las que periodista y político partían de una disposición diferente, en apariencia más intrascendente y banal, con cuestionarios en los que se obviaban las enjundias administrativas y se navegaba por las cosas más frívolas de la vida o las más personales, esas que los políticos solían esconder tras la corbata, porque casi todos los políticos llevaban corbata.
Había auténticos maestros de estas piezas, programadas para dar un respiro al lector, una especie de sorbete de limón en medio del menú de aquellas bodas de los noventa, un contenido para desengrasar en el que ni quien preguntaba ni quien respondía se tomaban demasiado en serio.
En ese pacto previo estaba el secreto, porque solía suceder que con la guardia baja y la corbata floja, el candidato acababa diciendo lo que no quería y soltando el titular de la campaña. Fue en uno de esos interrogatorios en los que no se pregunta por el DOG sino por la vida en el que Feijoo le dijo a César Casal que había votado a González en el 82. Lo que son las cosas, veintitantos años después de aquella confesión, el presidente del PP sigue tirando de ella para ventilar un perfil moderado que compense sus pactos con Vox.
Lo que antes eran piezas periodísticas extraordinarias se han convertido en la salsa de las campañas. Los candidatos se la juegan en formatos que parten con ventaja en la sociedad del espectáculo en los que todo transcurre sobre las olas sin sumergirse en la marea. Abundan los clones de Bertín Osborne que, por causas ajenas a nuestra voluntad, se convirtió durante un tiempo en entrevistador en un desalojo del oficio sobre el que deberíamos reflexionar. El cantante recibía en su casoplón de lujo con la indolencia que solo ensayan los que se saben dueños del cotarro y entre pregunta y loncha de jamón disparaba consignas sobre su manera de entender el mundo. El formato está hoy en horas bajas, pero ha plantado una semilla que prospera aquí y allá.
Se echan de menos aquellas entrevistas en prime time en las que preguntaba un periodista que respetaba el oficio y respondía un político que respetaba su trabajo. Hoy un presidente del Gobierno o un aspirante a serlo dialogan con una hormiga sin dientes sobre el futuro de España. La frivolidad es una de las bellas artes, pero demasiadas veces se desliza hacia la estupidez.