Eider Pérez: «Yo no tengo la regla desde los 30 años»

ALEJANDRA CEBALLOS LÓPEZ / S. F.

YES

Su regla era tan dolorosa que la única solución que le dieron fue retirársela. Ella sabe muy bien lo que es la incomprensión ante una menstruación paralizante. «Me llamaban exagerada», dice

01 oct 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

La regla es diferente para cada una. Hay quienes no la sienten, quienes prefieren no hablar de ella, para muchas es un tabú, y para otras es la razón de dolores incapacitantes. Muchas personas, sin embargo, desestiman los síntomas que sufren las mujeres, las califican de exageradas o vagas cuando se ven obligadas a tomar bajas laborales durante estos días del ciclo.

Eider Pérez, sin embargo, sabe que ese dolor es real, paralizante. De hecho hace 5 años, cuando tenía 30, la solución médica que encontraron a su padecimiento fue que dejara de tener la regla.

Desde que iba al instituto, sufría de menstruaciones dolorosas. Muchas veces, incluso, tuvo que recurrir a analgésicos intravenosos, y pasó más de una noche en urgencias en Vizcaya, de donde es ella, tratando de huir de su dolor. Pero nadie le prestaba atención. Tardó casi 12 años en llegar a un diagnóstico: endometriosis.

«Me decían que me quejaba de vicio», denuncia Eider, pensando en el trato que llegó a recibir por parte de las enfermeras en la sala de urgencias mientras se retorcía de dolor. Nadie la tomaba en serio porque la regla se ve como una dolencia menor. «¡Cómo iba a ir yo al hospital si no me doliese a rabiar! Era muy frustrante», relata.

Pero nadie conocía su padecimiento mejor que ella. Su cuerpo no dejaba de lanzar síntomas de que algo estaba mal, y Eider no descansó hasta que encontró una respuesta gracias a una médica que por fin la escuchó.

«Mi primera regla la tuve cerca de los 10 años. No recuerdo que fuera dolorosa. Pero en el instituto sí tengo presente pedirle a la maestra analgésicos porque me dolía la tripa. Una vez, aún sin un diagnóstico, fui con mi mejor amiga a Andorra y tuvimos que regresar por el dolor tan fuerte que me dio. Mi amiga ya me tiene crucificada, no quiere ir conmigo a ningún lado, ja, ja, ja», cuenta, ahora entre risas, sobre lo que durante años le causó tanto sufrimiento, pero que, por suerte, ha podido controlar.

«Varias veces tuve que faltar a la escuela y al trabajo, y entregaba los justificantes de urgencias, porque de verdad que no podía hacer más», relata. Su padecimiento afectaba a todo, incluso a su vida sexual. «Las primeras veces, los chicos me decían ‘relájate’. Y yo pensaba ‘es que estoy relajada’, pero igualmente me dolía. En general, ellos eran empáticos y entendían la situación. Mis amigos y mi familia también fueron muy pacientes con mis síntomas, me acompañaban cuando me atacaba el dolor. Pero con el personal sanitario sí lo pasé mal varias veces», confiesa. «No podía ser normal lo que sufría, pero me tildaban de exagerada», reflexiona Eider, que piensa en otras mujeres que puedan padecer lo mismo que ella.

 Sin diagnóstico

«Cuando tenía 25 años, tuve un dolor muy fuerte en el ovario izquierdo. Así que mi médico de cabecera me envió al ginecólogo. Allí me hicieron una ecografía y descubrieron un quiste que debían operar. El día de la cirugía encontraron una malformación congénita denominada útero tabicado [una pared fibrosa que divide el útero en dos]. Además, tenía un cúmulo de sangre y tejido del endometrio que no bajaba con la regla. Me extrajeron el tejido y me dijeron que era una posible endometriosis. Con la cirugía disminuyeron los dolores, pero con el tiempo volvieron a aparecer», relata Eider, quien siguió sufriendo su enfermedad sin diagnóstico cinco años más.

La endometriosis es una enfermedad que padecen entre el 5 y el 10 % de las mujeres, sin embargo, muchas veces no se diagnostica. Se trata de tejido endometrial que no se encuentra en el útero. Es decir, el tejido que debería desprenderse cuando tenemos la regla, estas mujeres lo tienen en otros lugares del cuerpo como la vejiga o el intestino, pero al igual que si estuviera en el útero, el tejido sangra con el ciclo menstrual. Eso es lo que le ocurría a Eider, pero los médicos no daban con una respuesta.

«Llegué a ir al hospital con dolores que me mareaban. Me dijeron, incluso, que mi descripción coincidía con dolores de parto», relata. Así que acudieron a una médica diferente, especialista en endometriosis, recomendada por una compañera de su madre con la misma dolencia.

«En cuanto la ginecóloga me hizo la ecografía vaginal, me dijo: ‘No ‘parece’ una endometriosis. ‘Es’ una endometriosis más clara que clara’», indica Eider, quien a pesar de tener una enfermedad crónica, se siente mucho mejor desde que tiene un diagnóstico. «Por lo menos ahora ya sé por qué camino tirar. Me siento más tranquila», afirma.

Con un diagnóstico en mano, la situación empezó a cambiar. Eider toma pastillas anticonceptivas —sin hacer el descanso cada 21 días— para así evitar tener la regla. «No tengo la regla desde los 30 años», relata. Desde ese momento, su calidad de vida ha mejorado considerablemente y puede disfrutar de una vida casi normal. «Llevo desde enero del 2020 sin ir a urgencias», continúa.

A pesar de que pasó mucho tiempo antes de tener un diagnóstico acertado, Eider insiste en la importancia de no rendirse hasta encontrar una solución. «Hoy le diría a la gente que no se quede con la respuesta de un solo médico. Es que la regla no tiene por qué doler», afirma. En su casa, su madre y su abuela pasaron por menstruaciones dolorosas, sin embargo sus síntomas desaparecieron con el parto. Hoy Eider sabe que no tendrían por qué haber sufrido sus reglas así.

Por otro lado, cuando piensa en los médicos, siente que hay desconocimiento: «Les diría que se paren a escuchar a las pacientes, es que no nos quejamos por gusto. Cuanto más nos escuchen, más herramientas tendrán para entendernos. También les diría que abran el abanico, que investiguen un poco más, que busquen información para que sepan por dónde tirar», enfatiza, ahora agradecida con la ginecóloga que sí la escuchó. «Las mujeres no nos quejamos sin motivo», concluye.

 Ser madre soltera

A sus 35 años y con una vida más tranquila, esta mujer por fin ve el futuro con buenos ojos. «Si todo va bien, mi intención es comenzar el proceso de inseminación artificial entre abril y agosto del próximo año», cuenta, con la esperanza de poder tener un hijo durante los meses de invierno.

Sin embargo, admite que le asusta volver a tener la regla. Eso sí, en este momento pesa más esa familia que quiere formar. «Cuando tenga que afrontar los dolores, buscaré cómo lidiar con ellos», señala. El proceso se lo explicaron hace cinco años, antes de someterse al tratamiento hormonal que le quitó la regla.

No puede describirlo a la perfección, pero sabe que dejará de tomar las píldoras anticonceptivas, y tras algunos ciclos, espera quedar embarazada y comenzar su propia familia. «Siempre me han gustado los niños. Como no tengo una pareja estable, pues a mis hijos los tendré yo sola. Y si algún día aparece el amor de mi vida, me querrá con todas mis circunstancias, con mi hija. Si no, estaré feliz con mi niña», concluye, convencida de que ese ansiado bebé será una niña.