Estefanía Cabarcos: «En el parque me miraban como diciendo: 'Mira esta, hablándole inglés a la niña'»
YES
Esta coruñesa, que fue la número uno de Galicia en las oposiciones al cuerpo de maestros de la Xunta con un 9,08 sobre 10, apuesta por la inmersión de sus hijos en el idioma, una tendencia que gana cada vez más adeptos en los hogares gallegos
17 sep 2022 . Actualizado a las 05:00 h.«Hay días que vamos de compras y a mi marido le hablo en español, a mis padres en gallego y a los niños en inglés. Y la gente a veces te mira y dice: '¿Pero esta?, ¿no puede usar el mismo idioma para todos?'. Hay quien no lo entiende, que piensa que lo haces a propósito para mostrar cuánto sabes. Y no es eso, es que tu cabeza trabaja en tres esferas distintas», explica Estefanía Cabarcos. Esta mujer de 38 años nacida en As Pontes —«pero coruñesa de adopción desde que vine a estudiar con 18 años», puntualiza— apuesta por la inmersión de sus hijos en el inglés. Alma (8 años) y Leo (3) están más que acostumbrados a tener a la profe en casa. A eso se dedica Estefanía, por lo que lo suyo es también deformación profesional. Acaba de ser noticia este verano tras ser la opositora que más nota sacó de toda Galicia en la prueba para acceder al cuerpo de maestros de la Xunta, con un 9,08 sobre 10 y después de solo nueve meses de estudio que compaginó con dos hijos y una jornada completa en la enseñanza privada. Definitivamente, está hecha de otra pasta.
Magisterio en Educación Primaria fue la segunda carrera que estudió. La primera fue Filología Inglesa, tras lo que hizo el máster en secundaria para dar clase. «Empecé a trabajar con adolescentes en secundaria, pero cuando mi hija estaba a punto de nacer, decidí embarcarme en la aventura de primaria porque descubrí que me gustan mucho más los pequeños a nivel de aula». No se equivocó. Y esa pasión la traslada en casa, pero sin presión. «Hablar en inglés con los niños es más natural para un nativo que para una persona bilingüe, que se tiene que obligar en las rutinas. Yo no hablo inglés 24/7, en absoluto. Intento hacerlo en aquellas situaciones que son adecuadas para su edad y en las que no vean el idioma como una tensión, sino como parte de su ocio».
Si el tiempo apremia y hay que irse al cole con prisa, no es el momento. Pero cuando están en el sofá viendo una peli o jugando con los Lego, el inglés empieza a deslizarse. «Hay que darles órdenes muy simples con vocabulario sencillo, y siempre en momentos que no les suponga un bloqueo mental». Su intención última no es que los niños sean bilingües, «pero sí que tengan un nivel un poquito más que aceptable».
Sin imponer el idioma
Que su madre cambie de idioma es natural para Alma y Leo, que cuando no la entienden se lo dicen abiertamente, sin frustrarse. «Si no lo entendieron lo simplificamos, o utilizamos algún objeto que pueda servir para que lo comprendan sin tener que traducir, porque no se puede implantar como si fuese una clase de inglés», asegura Estefanía, que dice que las series y dibujos en inglés tienen que ser ya una rutina en casa, y recomienda tener paciencia: «Hay etapas de mucha confusión, de mezclar palabras, estructuras... Pero es transitorio, hasta que un día se arrancan a hablar en las dos lenguas».
Con los abuelos, que no saben ni papa de inglés, los niños hablan en español. Y a su madre suelen responderle, pero no toman todavía la iniciativa de dirigirse a ella en inglés. «De hecho, a la mayor le da vergüenza cuando hay gente delante. Si es en casa no le importa, pero si hay amiguitos, incluso a veces hace que no me entiende cuando le hablo en inglés, y yo sé perfectamente que sí. Lo hace para parecerse más a los demás y no ser tan diferente, y me da mucha pena porque yo nunca he sentido eso de niña, a pesar de que hablaba mucho en inglés». Ella misma recuerda situaciones cuando la niña era más pequeña y la llevaba al parque. «Recuerdo a familias alrededor que me miraban como diciendo: 'Mira esta, hablándole inglés a la niña'».
Con su padre tampoco cambian de idioma. «Él, cero patatero, nada de nada. Acabamos de venir de Egipto y ya le dije: 'A partir de ahora solo voy a viajar a países de habla hispana, porque la única que se comunica soy yo'», bromea Estefanía, que dice que Víctor empieza a no enterarse de nada cuando ella y Alma hablan en inglés. «A veces se agobia, porque dice: 'La mayor en dos años ya me pasa, es que en nada ya no os entiendo, me vais a poner verde y no me voy ni a enterar'». La niña hizo el año pasado su primer examen de Cambridge y sacó un 10, así que apunta más que maneras.
A pesar de que todas las madres de su pandilla hacen esfuerzos para que sus hijos aprendan más inglés que el de las horas de colegio, el arrancarse a hablarlo todavía es una asignatura muy pendiente en Galicia. «Mucha gente cree que es muy difícil, que no lo puede dominar... Pues mira, yo nací en As Pontes y tuve unas profes de inglés fantásticas. No pasé ni un año en el extranjero, jamás». Solo se fue un mes de verano a los 15 años (sur de Inglaterra), 16 (Dublín) y 17 (Canadá) «gracias a las becas del Plan Miner de la térmica de Endesa, que se concedían a los hijos de los trabajadores de la mina». También pasó dos veranos en el colegio Juniors de Santiago con 9 y 10 años.
Como docente y amante de la lengua y cultura inglesas que es, Estefanía asegura que el plurilingüismo en los colegios no debería generar tanto debate. «Muchas familias dicen: 'Claro, es que mi hijo sabe decir rodilla en inglés, pero no lo sabe decir en gallego'. Lo que importa es que las personas sean, como se denomina ahora, lingüísticamente sofisticadas. Eso quiere decir que cuanto más elástico seas y más opciones lingüísticas puedas aprender, muchas más capacidades cognitivas vas a ser capaz de desarrollar».
Ella lo equipara a esas situaciones en que tenemos una palabra en la punta de la lengua: «Lo que nos pasa a los que somos bilingües es que a veces la gente te mira como si fueras un poco chulito, cuando a veces se te olvida una palabra en una lengua y la tienes que decir en otra. No, es que a lo mejor en ese momento no me sale, pero puedo buscar opciones en otras lenguas». Tampoco le cuesta reconocer que se le da mejor el inglés que el gallego. «Esta crítica está muy politizada. No se trata de eliminar una lengua para sustituirla por otra, sino de aumentar las opciones. Y al final, es importante mantener las raíces, las tradiciones y los orígenes, que no deja de ser enriquecimiento cultural per se. Pero las familias tienen que tener muy en cuenta que los hijos pueden trabajar aquí o en Alemania, no lo saben. Y en Alemania, el gallego no les va a hacer ninguna falta».
Fue una profesora de parvulitos la que le marcó para siempre, y después la de una academia de inglés a la que pidió a sus padres que la apuntaran con tan solo 6 años, Aurora, quienes le inocularon el virus del idioma. «Empecé yendo tres horas a la semana, y rápido pedí cinco. Yo he sabido que quería ser profe de inglés toda mi vida, toda. Nunca he dudado, ni un minuto». No levantaba un palmo del suelo y Estefanía ya ponía en fila a sus muñecas para enseñarles los colores en inglés. Ese fue el germen para que ella misma soñase con la suya propia. English Corner se llama, y acaba de abrir sus puertas en A Coruña esta misma semana en el año más redondo de su existencia: planificó la apertura de su academia soñada, aprobó la oposición con la máxima nota, se casó tras aplazar dos veces la boda por el covid, empezó a trabajar en la pública y puso a andar por fin su sueño. Casi nada.
«Era ahora o nunca»
La pandemia fue decisiva para que diese el salto. Tras 14 felices años en la enseñanza privada, el confinamiento le sirvió para darse cuenta de que necesita otra cosa. «Estaba muy contenta, pero yo a nivel individual necesitaba un cambio. Tuve tiempo de parar, de reflexionar sobre si estaba contenta o si quería hacer algo más con mi vida. Y rozaba los 40, por tanto era ahora o nunca», recuerda.
Su plan A era la academia, y el B la oposición, «porque hay muchos factores que juegan a la vez, no sabes si hay muchos interinos o no, si el baremo te va a servir, si me sé el tema que me va a caer...». Y vaya si se lo sabía. «Me matriculé en la academia Nós en A Coruña para prepararme, pero con profe online, porque mis horarios con dos niños y trabajando a jornada completa eran incompatibles con el de los grupos que había». Su casa se convirtió en una biblioteca en la que estudiaban casi todos... menos uno. «Tenemos una cosa que llamamos los family points. Son puntos que mi marido y yo nos canjeamos para tener tiempo libre, es decir, yo te doy puntos si tú te quedas una tarde con los niños para que me vaya a hacer lo que me apetezca... Pero yo he perdido todos los family points de mi vida para poder estudiar, porque era él quien se quedaba con los dos, ¡ja, ja!». Twelve points tiene esta familia, y no solo en inglés.
El día a día de la nueva Estefanía la tiene hasta las 14 horas en el CEIP Rosalía de Castro. «Estoy que no me lo creo, llegué y vi a gente dispuesta a echar una mano. Se respira paz, libertad de cátedra constante... Lo primero que me dijeron al llegar, que me hicieron llorar, de hecho, fue: 'Ti fai o que queiras'. Y yo pensé: 'Dios mío, esto es otro mundo'». Cuando termina, come en casa en media hora —«por primera vez en 14 años puedo comer en casa», apunta—, y entra a la academia (donde posa sonriente con su familia para este reportaje) a las 15. Le queda al lado, por lo que se lo puede permitir. Allí está hasta que termina, puede que un día sean las 19 y otro las 21 horas. Es lo que toca, al menos para que la academia arranque. Eso sí, sus hijos van con ella encantados al aula infantil, donde tienen a su disposición los libros y los juegos en inglés, por lo que Estefanía ya no tiene que seguir gastando sus family points para conciliar.
«Hay mucha ilusión puesta aquí, mucha, desde pequeña. Y los ahorros de toda una vida. Pero lo que no esperaba es que a esto se le unieran tantas cosas. ¡Es que todo ha sido este verano! Fue empezar a montar la academia, crear la sociedad, aprobar la oposición, casarme, irme de luna de miel, ir al cole nuevo y abrir la academia». ¿Alguien duda de que le irá bien?