Más que un transporte

Fernanda Tabarés DIRECTORA DE VOZ AUDIOVISUAL

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MABEL RODRÍGUEZ

13 ago 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Se podría escribir un tratado de filosofía sobre la relación que los seres humanos mantenemos con los medios que nos transportan. Por qué algunos nos emocionan y otros nos enojan. Por qué algunos acarician sus berlinas con una entrega sensual que escamotean a los humanos con los que conviven. Por qué las viejas estaciones de tren son conmovedoras y las viejas estaciones de autobús, sórdidas. Por qué ya no quedan tranvías en España mientras abundan en Europa.

La historia de la locomoción es la historia económica de un territorio, pero también la emocional. Hace cuatro décadas, volar era un lujo reservado a una minoría. La fecha del primer viaje en avión se compartía con la importancia que se concede a los ritos de paso. Y una travesía por el cielo era fascinante, con azafatas hermosas que te ofrecían whisky y aperitivos en miniatura que nunca dejaban de salir del minibar. Hoy los aeropuertos son territorios comanches en los que los viajeros carecemos de derechos, y los aviones, cajones angostos y deprimentes sin distancia mínima social. A cambio, volar es más barato que nunca y asequible para millones de personas.

De todas las tendencias de movilidad, una de las más interesantes es la paulatina pérdida de interés de los jóvenes por el coche. Aquel automatismo que llevaba integrada mi generación —18 años/carné de conducir— se ha ido ablandando. Los chavales empiezan a moverse de otra forma y es fácil aventurar cambios esenciales en pocas décadas.