Es incierta la fecha en la que decayó el referente estético del macho de pelo en pecho para ser sustituido por el del hombre lampiño. Puede que la puntilla se la pusiese El Fary cuando teorizó sobre el hombre blandengue al que seguro que el cantante ubicaba en una cabina de estética y el carrito del niño en la puerta. Aquella indescriptible intervención televisiva fue en 1984 y creo recordar que todavía entonces los señores eran fieles a su naturaleza capilar como, por cierto, también lo eran las señoras en el cono sur de su anatomía. A partir de ahí, sin pausa y con cierta prisa, los folículos pectorales y dorsales de los hombres empezaron a ser agostados con una saña bélica con la que solo podían perder. En un fascinante viaje por la cartografía corporal, el pelo arrancado del esternón ha reaparecido ahora en las cabezas, de manera que en pocos años no habrá un solo calvo pero tampoco un solo peludo.
Esta era la tesis hasta hace unos días, cuando la foto del presidente Macron irrumpió ante nuestros ojos para tambalear certezas. Hay imágenes con una potencia transformadora, como la de Ursula Andress en bikini en el James Bond del 62, un dos piezas que tiene entrada propia en la Wikipedia y que se considera una chispa en el encendido de la revolución sexual de los sesenta. Algo así puede suceder tras ese peitolobo del elástico Macron, que cuando irrumpió en la escena pública ya se ganó un puesto en el cielo de las cosas que deberían ser normales pero no lo son. Me refiero a los 24 años que le lleva su mujer. A pocas horas de jugarse la presidencia de la República con la fascista Le Pen, resulta lógico pensar que una imagen así responde a una estrategia de comunicación cuyos detalles escruta estos días la opinión pública francesa. Desde aquí, y sin la presión que sienten los vecinos ante lo que se juegan en las elecciones de mañana, se observa ese pecho selvático y asilvestrado con un inesperado agrado. Que tiemblen las esteticiens.