Javier Giner, guionista y excolaborador de Almodóvar: «Si no llego a entrar en la clínica de desintoxicación, estaría muerto»

Totalmente perdido, en el 2009 Javier Giner decidió curarse de su enganche a la cocaína y el alcohol. Doce años después, recoge la experiencia en «Yo, adicto», un relato a corazón abierto sobre el caos vital, la adicción y los demonios que la alimentan


Cuando Javier Giner leyó el manuscrito de Yo, adicto (Paidós) le entró pánico. «Me acojoné. Sentí un vértigo aterrador -admite-. ¿Qué he hecho? ¿Qué va a pensar la gente que conozco?». Pero al mismo tiempo experimentó el alivio de no tener ya nada que ver con aquello y poderlo contar: «Me quedé a gusto, lo tenía que hacer, aunque me invadiera la incomodidad». En sus 480 páginas, el escritor, guionista y director de cine relata su bajada a los infiernos de la drogadicción. Un estado en el que se mezclaban el alcohol y la cocaína sin control alguno, donde el sexo se vivía de manera compulsiva y las deudas adquiridas para soportar todo aquello se hacían insostenibles. Todo hasta llegar a una experiencia traumática total, la mañana en que su madre lo tuvo que rescatar de un hostal. Totalmente drogado, estaba encerrado con dos chaperos y sin dinero para pagar. A partir de ahí empieza la recomposición, el internamiento en una clínica y el replanteamiento total como persona.

-El primer capítulo del libro, en el que relatas tu época de drogadicción en un «in crescendo» de locura constante, es tremendo. ¿Te costó enfrentarte a ello sin sentir repulsa?

-Lo hice al final, tras escribir lo otro. Si soy capaz de escribirlo es porque está superado. Especialmente, el suceso del hostal me atormentó mucho porque ahí toqué fondo. Tardé tiempo en perdonarme y verbalizarlo. Durante mucho tiempo no fui capaz. Yo ya no soy esa persona, pero por momentos me daba terror ver lo cerca que estaba de ahí.

-Aseguras que, de no aparecer tu madre en escena, hoy estarías muerto.

-Sí, puede sonar hiperbólico, melodramático e histérico, pero es la realidad. Si yo no entro en esa clínica de desintoxicación, hoy no estaría hablando contigo, habría muerto. Te lo aseguro.

-Dices que eres incapaz de escuchar «Rehab» de Amy Winehouse [en la que habla de su negativa a entrar en una clínica] sin que se te retuerza algo por dentro. ¿Aún te ocurre?

-Me parece una de las notas de suicidio más desoladoras que existen. Habiendo pasado por ese proceso, me perturba cuando veo a la gente bailando y coreando esa canción. Me siento muy incómodo. No puedo evitar que, al compartir la misma enfermedad, me resulte una canción muy desoladora. Si esa canción suena, yo me voy del lugar.

-En tu reconstrucción hablas de la falsa imagen. Por ejemplo, dices que escuchabas música que no te gusta porque se suponía que era de moderno. ¿Tras la toxicomanía existía la necesidad de que te vieran como alguien guay?

-Totalmente. Todo eso es un drama social. Vivimos en una sociedad de la imagen y, como toxicómano, no tienes contacto con tu verdadero yo. Te rompe. Te conviertes en una especie de personaje que no eres tú. Ahí entra todo: la ropa que te pones, la música que escuchas... Pero eso ocurre siempre, no solo con los toxicómanos, aunque yo lo aprendí desintoxicándome. Yo puedo escuchar a Lou Reed, rancheras, Dua Lipa y Las Grecas. Pero eso no me define como persona, sino otras cosas.

-¿Cómo piensas que el Javier Giner de la época desfasada vería al actual?

-Le parecería un absoluto imbécil.

-¿Qué le hubieras dicho?

-Sinceramente, no creo ni que hubiera tenido relación conmigo mismo. Me hubiese apartado. No es que yo ahora vaya con un unicornio y un peluche repartiendo abrazos gratis, pero entonces estaba desconectado de mi emocionalidad. Era un búnker. Seguramente, diría: «¡Ay, qué pesado, vaya puto brasas!».

-Entraste en la clínica mirando a la gente por encima del hombro, pensando que no eran tan cultos y sofisticados como tú. ¿Cuesta verse hoy así?

-Sí, la toxicomanía te separa de ti y te convierte en una persona arrogante, despótica, manipuladora y vacía. Al entrar lo primero que pienso es que no tengo nada que ver con esa gente, que está trastornada. Y dos, son todos gentuza. ¿Qué voy a aprender yo de estos? Bueno, pues uno de los grandes aprendizajes de la clínica fue ver que los miedos, las inseguridades y los rechazos son exactamente los mismos. A mí me estalla la cabeza. Entro allí pensando que era Lou Reed y, de repente, me siento reflejado en una frutera de 57 años. Y yo digo, ¿cómo puede ser que lo que dice esta mujer sea lo mismo que yo siento? Cuando eso ocurre es como ver Matrix. Dices: «¡Soy un imbécil! ¿Cómo he podido estar tan ciego?».

-El libro lo escribiste confinado en casa de tus padres. Te han pagado el tratamiento y, sin embargo, les echas la culpa. ¿No te sientes un traidor?

-Sí. Me costó mucho, porque no quería que diese la sensación de que soy un hijo ingrato. Al revés: lo único que tengo es agradecimiento. Lo que ocurre es que la enfermedad de la toxicomanía empieza en la familia. De hecho, es la primera estructura que nos contiene como seres humanos. Es imposible no hablar honestamente de la adicción sin hablar de lo que en psicología se llaman herencias familiares. Pero es preciso decir una cosa: mis padres actuaron siempre pensando en lo que era mejor para mí. Intentando hacerlo mejor, se equivocaron. No los responsabilizo, pero hay veces que nos equivocamos y los resultados pueden ser tan desastrosos como fue mi caso.

-Llevas doce años limpio, pero moviéndote en el mundo de la farándula. ¿Cómo te sientes, por ejemplo, en la fiesta de un estreno?

-Te voy a ser sincero. En el mundo del cine y la farándula no hay más drogas y alcohol de las que puede haber en otro sitio. Eso no es patrimonio del mundo del espectáculo. Tú vas a una boda de un pueblo perdido en cualquier lugar del país y ahí hay más drogas y alcohol que en un estreno de cine. Lo que pasa es que de eso no se habla. Es uno de los grandes prejuicios de todo esto. Cuando yo entré en la clínica, pensé que me iba a encontrar con Bukowski, Patti Smith y Francis Bacon. De repente, llego allí y me encuentro a gente anónima con trabajos totalmente normales. Aparecen oficinistas, pediatras, mecánicos, pintores de chapa, electricistas... Digo: «¿Pero dónde están todas las personas famosas?». Y no estaban en ningún lado.

-De hecho, la pediatra que pasaba consulta puesta de crac es un personaje absolutamente perturbador.

-Eso existe y es así de dramático.

-¿Cómo te sientes ahora cuando te encuentras en una situación en la que se consumen drogas con normalidad?

-Hay situaciones de riesgo que evito. Pero ya no tanto por caer, sino porque yo, totalmente sobrio tomando cocacolas a las cinco de la mañana con todo el mundo dado la vuelta, siento que existe una desconexión de conversación total. Son mundos paralelos. Lamentablemente, he dejado de entender la vocalización de la gente a partir de las tres de la mañana. Eso no quita que pueda estar en un festival dando botes a las seis de la mañana, si me gusta la música.

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