Jordi Musons, experto en educación: «Los exámenes, si los hacemos los profesores, no aprobamos»

«Hacer un trabajo en grupo es casi letal», nos sorprende el profesor, que ofrece una brújula para reducir el fracaso escolar. ¿Deberes sí o no?: «Son un castigo. Hacemos unas 125 horas más de clases en primaria que la media europea»


Cuando va a un colegio, el biólogo y pedagogo Jordi Musons, referente en innovación educativa, suele fijarse en los váteres. «Y veo que los váteres de los alumnos no tienen tapa y, en cambio, los de los profesores sí. ¿Por qué? Porque siempre se ha hecho así, por eso. Son inercias», apunta quien revela qué tienen en común las escuelas más innovadoras del mundo en Reinventar la escuela, una brújula para transformar las aulas de cara a un aprendizaje duradero y significativo de la mano del director de la escuela Sadako. Su pensamiento es «una invitación a soltar lastre y volar», reseña César Bona, distinguido como mejor profesor de España. ¿Comprarías un radiocasete para oír música? ¿Usarías una máquina de escribir? ¿Por qué conformarnos con una escuela del XX?, plantea Musons, que invita a ir más allá del libro de texto y el «examen para hoy» que nos deja sin conocimiento mañana. «El sistema educativo se está quedando corto para las necesidades de la sociedad de hoy», asegura Musons.

—Parece que toda innovación educativa pasa por la tecnología. 

—Es verdad que la tecnología lo está catalizando todo, pero se están recuperando metodologías que triunfaron hace años en Europa. Eran modelos que tenían sentido, pero que el fascismo o los nacionalismos derrumbaron, y volvimos a la educación uniforme del «lo mismo para todos», porque es cómodo y da seguridad. En salud vemos natural que, cuando hay algo que nos perturba, el arco científico se mueva para ver qué es lo nuevo para resolver el problema que tenemos. En educación no, en educación la ciencia descubre evidencias de cómo se aprende mejor, pero el sistema educativo no lo incorpora. Es como si los médicos, en vez de usar vacunas, dijesen: «Mejor vamos a utilizar unas hierbas que siempre nos fueron muy bien, que de lo nuevo no me fío».

«Seguimos anclados en una educación de talla única, que valora sobre todo la memorización y las aptitudes lingüísticas. No tiene sentido»

—¿Se penalizan la diferencia, el pensamiento crítico y la creatividad?

—Sí, seguimos anclados en una educación de talla única. Necesitamos una personalización. En un mundo de máquinas inteligentes, deberíamos ser más humanos que nunca, perder el miedo a fomentar la creatividad, el pensamiento crítico, la inteligencia emociona y la empatía. Solo en esto vamos a destacar más que las máquinas. Son valores que hay que trabajar en las aulas.

—No podemos competir con las máquinas. Son un aliado y una amenaza.

—Sí, podemos competir en lo que nos hace más humanos. La tecnología se va a imponer, pero podemos ser fuertes y competitivos en lo que nos hace más personas. Y ahí interviene la educación, escuela y familia. El problema con la tecnología es su uso, cómo se convierte, en general, en una herramienta de aparcamiento de nuestros hijos, para que no molesten o para poder trabajar en casa. Es un mal hábito.

«Tenemos un abandono escolar cercano al 18 %, que es un dato muy alto, y un abandono en primero de bachillerato enorme»

—Tenemos la idea de que lo cooperativo da peores resultados que lo competitivo, dos de los modelos que analizas. Los padres preparan a sus hijos para competir en un mundo duro y difícil, porque lo es en realidad.

—Pero lo cooperativo es competitivo, son modelos pedagógicos que no están reñidos, como se piensa. No se pierde autoridad o conocimiento al apostar por lo cooperativo. De lo que se trata es de abrir la mochila del aprendizaje para meter competencias que el sistema clásico no admite. ¡Hacerlo peor de lo que está el sistema que tenemos es muy difícil! Este sistema nos da seguridad, pero tenemos muchos indicios de que hace aguas: tenemos un abandono escolar cercano al 18 %, que es un dato muy alto, y un abandono en primero de bachillerato enorme. En este contexto, podemos ser muy atrevidos. Hablamos de aprender de forma diferente para desarrollar otras habilidades. Tener la habilidad de cooperar es diferente de tener la competencia de aprender. Son dos modelos, me atrevo a decir sociales, diferentes. Los jóvenes del futuro deben tener no dos, sino muchas habilidades, porque se van a encontrar con retos cada vez más difíciles. El currículum como lo entendemos se ha quedado obsoleto.

«Cooperar no es hacer trabajos en grupo, cooperar no quiere decir que hagamos todos lo mismo»

—Cooperar suena bien pero se traduce, en la práctica, en que unos den el callo por otros, en desigualdades difíciles de solucionar.

—Porque confundimos hacer trabajos en grupo con cooperar para aprender. No es lo mismo. ¡Hacer un trabajo en grupo es casi letal! Porque ahí normalmente uno o dos trabajan y el resto esperan a que ellos trabajen. Pero hay una premisa del trabajo cooperativo que dice: «Si un alumno consigue éxito solo con el éxito de los demás, esto no es trabajo cooperativo». Cooperar no quiere decir que hagamos todos lo mismo. El trabajo cooperativo se desarrolla en procesos de trabajo individual, con espacios y momentos determinados de cooperación.

—Para que lo cooperativo funcione bien, ¿el esfuerzo y el compromiso individual deben ser muy altos?

—Exacto. Y los estudios demuestran que, al trabajar de forma cooperativa, el alumno con más dificultades no se pierde en el proceso y el alumno con más capacidades es el que más aprende.

—Nos obsesiona la nota, nos miden por la nota.

—Sí, el énfasis se pone en sacar buenos resultados, y si es así, lo que va a hacer el alumnado es incluso mentir para sacar buena nota, porque ve que eso es lo que más se valora. El cambio es complejo... Con cada cambio de Gobierno, se saca una nueva ley educativa, pero no hay una verdadera transformación, que necesita ir más allá de esas políticas aplicadas a aspectos concretos, en las que el cambio se limita a poner o quitar una asignatura. Y en los centros tenemos también toda una cultura machacona subyacente, se habla de los chivatos, de los empollones, de los populares, de los castigos... Es un lenguaje que vemos normal, pero no lo es. Es importante cambiarlo.

—¿Para aprender se necesita, sobre todo, un profesor motivado?

—Por supuesto. Si el profesor no está motivado, si se deja llevar por el manual y la inercia, es difícil aprender. En principio, todos los alumnos están motivados. ¡Un niño de 3, 4 o 5 años solo quiere aprender! Pero a partir de una edad, muchos dejan de tener motivación, y cada vez ocurre más. Porque cada vez nos separamos más de la realidad de los chavales. Si le preguntas a un alumno a partir de quinto o sexto de primaria qué le gusta más de la escuela, su respuesta será el recreo, y con suerte, deporte. No digo que haya que hacer del colegio un espacio de activismo o un circo, pero se necesitan espacios y dinámicas abiertas, flexibles. Seguimos con un modelo de escuela donde lo importante es memorizar y tener aptitudes lingüísticas. No tiene sentido.

«Hace unas semanas vi a un grupo de alumnos mayores. Estaban estudiando y se iban preguntando unos a otros la clasificación de hábitos saludables, comiendo patatas, Cheetos y coca-colas...»

—Memorizar es importante, ¿no?

—Nadie lo duda. Pero medimos su aprendizaje por su capacidad para memorizar y, en cambio, nos les damos herramientas para mejorar esta capacidad. Es curioso. ¡Haz un examen dos meses después para ver qué ha quedado! Poco o nada. Hace unas semanas vi a un grupo de alumnos mayores. Estaban estudiando y se iban preguntando unos a otros la clasificación de hábitos saludables. Me fijé y estaban comiendo patatas, Cheetos y coca-colas... Esta es la realidad: memorizo los hábitos saludables pero no los aplico en absoluto. Es muy distinto que el alumno escuche, memorice y olvide a que piense, aprenda y actúe.

«Somos un país donde se hace repetir muchísimo al alumnado, cuando tenemos datos de que repetir curso no aporta aprendizaje. Doblamos la media europea de repetidores»

—¿Un examen es una buena manera de medir el aprendizaje?

—No, en absoluto, no tal como están planteados. De hecho, es habitual que dos profesores pongan el mismo examen y tengan resultados en sus alumnos muy diferentes. El examen da una sensación de objetividad y seguridad que no son así. Son pruebas competenciales, muy aisladas en la mayoría de los casos de la realidad de los alumnos. Los exámenes, si los hacemos los docentes, no aprobamos. Hice algún experimento en este sentido. Hay que hacer menos, pero hacer mejor. Somos un país, por ejemplo, donde se hace repetir muchísimo al alumnado, cuando tenemos datos de que repetir curso no aporta aprendizaje. Doblamos la media europea de repetidores, estamos lejos de los países europeos con mejores resultados. Nos parecemos a países como Portugal, Lituania, Estonia... pero estamos mucho peor que la media europea, y esto nos debe hacer pensar en si debemos dar un cambio de rumbo. Somos un país muy reflexivo, está muy bien, pero hay que pasar a la acción, porque la forma de aprender a montar en bicicleta es montar. No digo que debamos aplicar el modelo nórdico, porque nuestra realidad es diferente, pero sí pasar a la acción, no tener miedo a cambiar cosas que los datos demuestran que no funcionan.

—¿Qué ha desnudado la pandemia, qué capacidades o carencias?

—Con la pandemia, la oferta educativa ha sido muy diferente en función del centro. Unos han tenido mayor capacidad de adaptación que otros. Y la capacidad de adaptación es muy importante. Es indispensable en este momento.

—¿Deberes sí o no?

—Los deberes son un castigo. Para toda la familia. Hacemos unas 125 horas más de clases en primaria que la media de los países europeos. Comparados con un país nórdico, más de 250 horas. ¡Y hay que añadir que hacemos deberes! En infantil y primaria esto no tiene ningún sentido. Los deberes no generan aprendizaje y sí generan desmotivación en los alumnos que tienen más dificultades, lo que acaba a menudo en discusión con los padres.

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