Ropopompón


Respetados melómanos se confiesan devotos desde hace lustros de las cabriolas escénicas y guturales de Raphael, convertido con los años en un juglar aparatoso cuya inteligente carrera lo ha mantenido al quite, como una ola. El de Linares ha sido siempre mucho más que un cantante, una especie de estandarte de todas las épocas y de todas las peripecias vitales españolas, de forma que lo cogemos en este 2020 con la sensación de que lleva ahí desde que el mundo existe, adaptándose al entorno con una capacidad prodigiosa.

Esa sustancia que trasciende su circunstancia de cantante es la que explica el pollo de estos días, indignada media España por su concierto en el Wizink Center y enojada la otra media por los aspavientos de la primera. Un análisis científico de los apoyos y censuras mediáticas que ha recibido el de Linares estos días arroja un saldo revelador: se puede hacer política con el Tamborilero, a estas horas una especie de canción protesta para la tropa que aplaude a Raphael, mechero en alto, prietas las filas. Cuando Pandemia apareció en nuestras vidas, perplejos todos por una ola que nadie había previsto, se fabuló con la oportunidad que nos ofrecía un enemigo común reclutado por la naturaleza contra la humanidad, limpio al parecer de semánticas políticas. Se aseguró, ilusos, que el virus reventaba las barreras sociales y que en su expansión alocada ricos y pobres eran por igual sus objetivos. Enseguida supimos que el pronóstico encerraba una mentira, porque hay muchas formas de vivir confinados y varias maneras de enfrentarse a Todo Esto. En estos meses, el coronavirus ha trazado una contundente línea de separación entre crédulos e incrédulos, apocalípticos e integrados, rojos y azules. Es en esa dinámica en la que encajan los conciertos de Raphael, autorizados por los dirigentes madrileños y convertidos en una muestra aparatosa de cómo algunos entienden la respuesta colectiva al virus en un momento de hastío generalizado y con el diccionario del covid en una mano y el código de movilidad en la otra para saber si la unidad máxima de relación es el seis o el diez. En Madrid la cosa anda por cinco mil. Porque allí lo valen. Ropo-pom-pón.

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