¿Quién odia ahora la Navidad, eh?

YES

XOAN CARLOS GIL

12 dic 2020 . Actualizado a las 14:39 h.

La Navidad empezó a tener mala fama un 1 de enero del año en el que empezamos a ser guais. Ese día, supongo que ya había amanecido, alguien juró odiar el espumillón por encima de todas las cosas y la Nochebuena por encima de todas las fiestas. A partir de ese instante, ese odio generacional e innegociable empezó a manifestarse. Había que odiar los villancicos, las luces con forma de campana, el turrón, la alegría bobalicona, los aguinaldos, el discurso del rey, el especial Fin de año, las doce uvas, la misa del gallo, el vestido de Pedroche, el anuncio de la lotería desde que se fue el calvo, el bacalao con coliflor, la cena de empresa, la cabalgata y, por encima de todo, los peladillos de almendra. De hecho, nadie sabe muy bien a dónde van a parar los millones de peladillos almendra que se ponen en la mesa de Navidad y que nadie ha comido nunca, desde que el mundo existe.

La cosa se mantuvo más o menos así durante bastantes años. Los más guais de nosotros incluso conseguían desatender del todo la tradición y pirarse a pasar las fiestas a un lugar del mundo sin corneta católica alguna en el que no hubiese manera de averiguar si era el momento de sacar el cava y brindar por el futuro y el amor. A la vuelta tocaba sentenciar a los vulgares que habían disfrutado aunque fuese un minuto con el funfunfún.

Era fácil detectar que aquello tenía algunas trazas de impostura en sonrisas sueltas que a veces detectabas en los más odiadores navideños o en viajes furtivos para visitar iluminaciones navideñas que se negaban con la rutina con la que la gente se sabe de memoria el Hola! porque lo ve en la peluquería o el Sálvame porque se lo encuentra zapeando. Pero vamos, todo dentro de lo guay normal.