¿Quién odia ahora la Navidad, eh?


La Navidad empezó a tener mala fama un 1 de enero del año en el que empezamos a ser guais. Ese día, supongo que ya había amanecido, alguien juró odiar el espumillón por encima de todas las cosas y la Nochebuena por encima de todas las fiestas. A partir de ese instante, ese odio generacional e innegociable empezó a manifestarse. Había que odiar los villancicos, las luces con forma de campana, el turrón, la alegría bobalicona, los aguinaldos, el discurso del rey, el especial Fin de año, las doce uvas, la misa del gallo, el vestido de Pedroche, el anuncio de la lotería desde que se fue el calvo, el bacalao con coliflor, la cena de empresa, la cabalgata y, por encima de todo, los peladillos de almendra. De hecho, nadie sabe muy bien a dónde van a parar los millones de peladillos almendra que se ponen en la mesa de Navidad y que nadie ha comido nunca, desde que el mundo existe.

La cosa se mantuvo más o menos así durante bastantes años. Los más guais de nosotros incluso conseguían desatender del todo la tradición y pirarse a pasar las fiestas a un lugar del mundo sin corneta católica alguna en el que no hubiese manera de averiguar si era el momento de sacar el cava y brindar por el futuro y el amor. A la vuelta tocaba sentenciar a los vulgares que habían disfrutado aunque fuese un minuto con el funfunfún.

Era fácil detectar que aquello tenía algunas trazas de impostura en sonrisas sueltas que a veces detectabas en los más odiadores navideños o en viajes furtivos para visitar iluminaciones navideñas que se negaban con la rutina con la que la gente se sabe de memoria el Hola! porque lo ve en la peluquería o el Sálvame porque se lo encuentra zapeando. Pero vamos, todo dentro de lo guay normal.

Pero en esto llegó Pandemia y las Navidades se convirtieron en una bomba química con pronóstico crítico. Los guais al fin teníamos una excusa para cancelar la Navidad y dejar el roscón y el árbol para el año que viene, a ver si con un poco de suerte la interrupción de semejante tradición, aunque solo fuese por un año, la zanjaba con carácter definitivo.

Pero no, todos los odiadores ahora adoran o Nadal y mascullan improperios contra quien ratea en el presupuesto de las luces o exige que las reuniones no sean una bacanal de toda la estirpe de los González y al menos la mitad de la de los Gómez. Si lo llegamos a saber, amenazamos antes con Pandemia.

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