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Campo semántico 2020

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MARIA PEDREDA

05 sep 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Muchas veces las palabras se vuelven revoltosas. Los nombres propios, también. En la Xunta de Galicia llegaron a coincidir varios conselleiros cuyos apelativos parecían una referencia explícita a su cargo en lugar de una denominación adquirida cuando ni siquiera podían pronosticar a qué se iban a dedicar de mayores. Corina Porro se hacía cargo de Asuntos Sociais; José Antonio Orza administraba los orzamentos públicos y Miras Portugal era el consejero de Emigración. En A Coruña el concejal de Parques y Jardines se llamaba Florencio Cardador y en Madrid la ministra de Sanidad, Ana Mato.

Ejerce una fascinación sabrosa la vida propia de las palabras. Que el nombre más largo en español sea Deoscopidesempérides o que algunos padres jueguen a los dados con la suerte de sus hijos al forzar combinaciones traviesas. Se hizo famoso el famoso Juan Carlos Rey España -¿cómo lo llevará hoy?- pero en los registros existe constancia de un Pascual Conejo Enamorado, Antonio Arrimadas Piernas y hasta un Señor Dios Pujol.

Aunque los apelativos sean a priori inocentes, incapaces por sí mismos de forzar un comportamiento o esculpir la deriva de un destino, muchas veces su fuerza nominal y su contexto son tan poderosos que pierden su ingenuidad para convertirse en una puñeta. Uno de los ejemplos más claros es el de los descendientes de los hermanos de Hitler, al parecer juramentados para interrumpir una estirpe que entendían maldita. Un documental alojado en Netflix desvela el pacto suscrito entre Alexander, Louis y Brian, sobrino-nietos del tirano, que se habrían propuesto no tener hijos para zanjar la expansión del apellido Hitler por el mundo. Su evocación era tan brutal que, emigrados a Estados Unidos, lo sustituyeron por el aséptico Stuart-Houston con el que fueron enterrados.