La mascarilla se impone a la barra de labios

Defendidos por Churchill y estudiados en el ámbito económico, los labiales encarnados ya no triunfan en esta crisis donde los cuidados de la piel y los ojos salen ganando

Pixabay

Redacción

La primera impresión puede apuntar a que este es un tema baladí. Sin embargo, empieza a adquirir consistencia cuando sabemos que para Winston Churchill, el primer ministro británico durante la Segunda Guerra Mundial, los pintalabios eran un asunto serio.

Durante la contienda, mientras los alimentos se racionaban, los labiales fueron considerados en el Reino Unido un producto de primera necesidad, como cuenta en el libro Red Lipstick: An Ode to a Beauty Icon (Lápiz labial rojo: una oda a un icono de belleza) la periodista del The New Yorker Rachel Felder. El político conservador creía que la barra de labios roja empoderaba a las mujeres y subía su autoestima. Para otros eran un insuflo de normalidad en un momento en el que las bombas nazis asediaban la isla. Un argumento sexista que secundaron publicaciones como la edición británica de Vogue. En 1941 tituló «Ahora, más que nunca, la belleza es tu deber». El famoso eslogan beauty is your duty se popularizó y el Ministerio de Abastecimiento inglés equiparó la importancia del maquillaje a la del tabaco.

Desde entonces, e incluso antes, en la crisis del crac del 1929, las ventas de estos cosméticos se han interpretado como un indicador económico. Cuando no se pueden hacer grandes inversiones, las barras resultan un producto más accesible. Sus ventas son, por tanto, inversamente proporcionales a la salud de las finanzas. Leonard Lauder, hijo de Estée Lauder, lo bautizó como «el efecto lipstick».

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La teoría, cuestionada por su escaso sustento según muchos economistas, también se analizó tras la burbuja inmobiliaria del 2008. Sin embargo, en la actual recesión a la que se encaminan países como España por la pandemia, el rojo pierde su magnetismo. A falta de datos oficiales comunicados por los gigantes de la cosmética, basta con fijarse en sus campañas publicitarias. El carmín ha quedado en un papel secundario, cuando no ha desaparecido, de sus promociones. De la misma forma que Elizabeth Arden o Rubinstein crearon en los cuarenta líneas específicas durante el enfrentamiento bélico, ahora L’Oréal, MAC, Maybelline, Nars, Bobbi Brown, Chanel o Guerlain centran sus lanzamientos en la mirada y el cuidado facial. Máscaras de pestañas, rímel, sueros, fijadores, sombras o protectores han arrebatado el trono al rey de la cosmética.

Los labios han quedado ocultos bajo las mascarillas. No se ven, y pintarlos significa también ensuciar los obligatorios tapabocas y que estos pierdan su efecto barrera. Con todo, no son los únicos damnificados. El teletrabajo no obliga a los mismos preparativos estéticos.

Pero el verano puede ser una esperanza, no solo para el turismo. Según la publicación especializada en tendencias, The Business of Fashion, las ventas de la industria cosmética no se han retraído tanto como lo esperado en la crisis del covid-19. En países como Estados Unidos incluso han aumentado con las plataformas online.

En los últimos días, después de semanas desaparecidos en las publicaciones de las redes sociales, así como de sus novedades, los labiales comienzan a regresar como una apuesta de las firmas de maquillaje. Eso sí, aquí también ha tocado adaptarse a la nueva normalidad. Los acabados mate, que no emborronen la mascarilla, son el nuevo must. El lipstick acuñado por Lauder y protegido por Churchill de la pospandemia.

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