La nueva ancianidad

Europa Press

De todas las heridas del covid, la infligida a los viejos es la más bochornosa. Llegó Pandemia en un momento de reajuste gozoso de la ancianidad, con setentonas cañón disfrutando de la vida con una disposición nueva en la historia del mundo. Poquísimas décadas atrás, una mujer que sobrepasara los sesenta tonteaba ya con la muerte si no física desde luego social, pero el progreso y la ciencia alumbraron añosas sanas que, jubiladas de la oficina y liberadas de algunos servilismos de género, disponían todavía de tiempo y salud para vivir unas cuantas vidas más. Pero el virus, con su imprevista capacidad para destapar grietas que teníamos camufladas al gotelé, descarnó a lo bestia una dinámica social en la que muchos de los mayores de nosotros no estaban siendo considerados ciudadanos si no material de desecho. Así de tremenda es la conclusión a la que es fácil llegar si se encara con valentía la devastación en muchas residencias de ancianos que operaban como centros de especulación en los que los vellos entraban para ser exprimidos hasta el último aliento y con el margen de ganancia más abultado posible. Urge revisar qué tipo de relación mantenemos con nuestros padres y con nuestros abuelos, considerados en demasiadas ocasiones un estorbo incompatible con nuestro despendolado modo de vida, aparcados en centros sin alma y sin vida, desalojados de su dignidad y visitados algún domingo de seis a siete, que me tengo que ir ya que no llego al estreno de Netflix. Claro que no todo es así pero las barbaridades que han trascendido son de tal calibre, incluidas esas decenas de cadáveres de viejos que nadie reclamó, que debemos repasar algunas cositas referidas a nuestra complexión moral. El coronavirus golpeó con saña a una generación pero la puerta para que se colara se la habíamos abierto mucho antes.

Al frente de ese victimario estaban todos los caídos en las residencias pero el covid también tambaleó la seguridad y las certezas de muchos otros que pudieron pasar el trance en casas confortables… pero vacías. Días y días de confinamiento que tramitaron en estricta soledad, amedrentados y convencidos de que una muerte cercana y cruel los asediaba. Saldrán heridos de Todo Esto. Saldremos heridos de Todo Esto. Porque somos ellos.

Por Fernanda Tabarés Directora de Voz Audiovisual

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