Mis amigos son un mundo

LA «ONUPANDILLA». Una china, una colombiana, un etíope, un ruso, un cubano y tres gallegas. No, no es el inicio de un chiste malo de los ochenta. Son un grupo de preadolescentes de distintas procedencias y color de piel, pero con un sentimiento que prevalece: su amistad


Invierno del 2011. Mario Artiom (tiene un nombre español y otro ruso por consejo de los psicólogos que participaron en la adopción) aterriza en A Coruña. Con él vienen Jose y Meri, sus padres. Y en el equipaje se traen muchas preocupaciones e incertidumbres. Una de las principales es cómo será la integración del pequeño de tres años en su nuevo entorno. País nuevo. Costumbres nuevas. Colegio nuevo. Amigos... No, los amigos no le vienen impuestos. Tiene que buscárselos, con el hándicap del idioma.

 Llega el verano, acaban las clases y Artiom sigue sin casi articular palabra en castellano. Solo ha estado unos meses en el colegio, pues su escolarización no se produjo hasta tres después de llegar a España. Le cuesta interactuar con sus compañeros y las cabezas de sus padres siguen dando tantas y tantas vueltas que no se les separan del cuerpo de milagro.

Hasta que el último día de clase, el pequeño llega a casa con una tarjeta de invitación a un cumpleaños. «¡Qué ilusión tan grande! -recuerda 8 años después su madre-. Una compañera lo había incluido como uno más de la clase. No le importó que no hablara. Rápidamente, llamé a los padres para darles las gracias y confirmar su asistencia. Mis temores habían desaparecido».

Primavera del año 2020. Mario Artiom conserva los dos nombres, pero casi nadie conoce el primero. Es Arti para todo el mundo. Su castellano es fluido. Juega al waterpolo. Y junto con aquella pequeña que lo había invitado a su fiesta 8 años antes, forma parte de una pandilla interracial, multicultural e internacional, pero que no se diferencia en nada de las de otros jóvenes de su edad.

Miao (China), Eimy (Colombia), Adrián (Cuba), Dawit (Etiopía), Artiom (Rusia), y Saray, Sara y Julia (España). Son jóvenes preadolescentes de entre 11 y 12 años. Comparten colegio: la Sagrada Familia. Barrio, el del mismo nombre. Pero, sobre todo, las inquietudes, ilusiones y diversiones de cualquier grupo de gallegos de su edad.

Algunos, como Miao y Eimy, nacieron de hecho en A Coruña. Pero incluso los que no, salvo Adrián, que acaba de llegar procedente de Nigeria, tienen usos y costumbres da terriña.

«CLARO QUE FALO GALEGO»

«Claro que falo galego. Nacín aquí e síntome feliz», comenta la niña de ascendencia asiática, cuyos marcados rasgos delatan la procedencia de sus padres. Un origen que ha puesto a su familia y a tantos compatriotas en la diana durante las últimas semanas a consecuencia de la crisis mundial del coronavirus. Ella, en cambio, asegura que se ha visto respetada: «Todo el mundo se ha portado bien. Ni me miraban mal, ni bromas ni nada». La pandemia tiene a los integrantes del grupo, como a todos los españoles, confinados cada uno en su domicilio. Pero las videoconferencias, redes sociales y llamadas telefónicas los mantienen en contacto.

Para Eimy no es una novedad. Ya ha estado más veces separada de sus amigos. Gallega de nacimiento, es hija de colombianos. Y le encanta pasar alguna temporada en donde se encuentran sus raíces: «Me gusta la comida, pasear por allí, las costumbres... Pero cuando estoy lejos de mis amigos los echo de menos». Es el caso de su tío Anderson, de su misma edad, y también integrante del grupo. «Hace unos meses se fue a vivir a Suiza. Le hicimos una despedida. Y seguimos en contacto. Ya ha venido una vez. Y hablamos por Instagram o videoconferencia. Una de estas veces fue con motivo del cumple de Eimy, que nos invitó a dormir a su casa y lo llamamos», explica Sara.

No nació en Galicia, pero casi, Dawit. Tenía seis meses cuando fue adoptado. Así que no percibe diferencia alguna entre él y sus amigos. «Nunca he tenido ningún problema. Ningún gesto o acto racista. Yo me veo igual que todos. Solo que yo sé que tengo dos madres. La que me tuvo, en África, y la que me cuida, aquí. Pero las dos son mis madres», dice con absoluta normalidad el pequeño taekuondista, pasión que comparte con algunos de sus amigos.

El cubano Adrián fue el último en unirse. Tras unos años en Nigeria, recaló en A Coruña. Y asegura que la integración está siendo perfecta: «Se han portado muy bien conmigo. Me han acogido de maravilla». Porque si algo notan los chicos y chicas de esta pandilla es que a algunos les cuesta la integración. «Hay personas que no entienden que, si eres de otro sitio, ya tienes bastante tú como para que los de aquí no te ayuden. Además de nuestros amigos, tenemos otros compañeros que son también de otros países. Tienen sus costumbres. Unas pueden gustarnos y otras no. Pero hay que respetarlas, como ellos nos respetan a nosotros. ¿Qué más da de dónde seamos? Lo que importa es cómo somos», se apresura a decir Julia.

Saray interrumpe. «Nosotros tenemos una ventaja respecto a otros niños, y es que podemos aprender muchas cosas con nuestros amigos. Sus costumbres, lo que nos cuentan de sus países. A mí me encanta tener amigos de todo el mundo», se ríe.

Eimy, Sara, Artiom, Julia, Adrián, Saray, Dawit y Miao. Ocho pequeños gallegos que ejemplifican los avances de una sociedad a la que, aun quedándole mucho camino por recorrer, se va acercando a la normalidad de una convivencia exigida. Rien. Sueñan. Viajan. Juegan. Estudian. Lloran. Se divierten. Comparten aficiones. Preocupaciones. Todo lo hacen como cualquier pandilla de gallegos. El día de mañana, incluso se enamorarán sin que una frontera los condicione. Pero eso será el día de mañana. De momento: «A mí no me saques novias, que luego se ponen muy pesadas y no quiero líos», sentencia un Artiom que, como puede apreciarse, ya está perfectamente integrado.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
6 votos
Comentarios

Mis amigos son un mundo