Matrimoniadas


A nuestro alcance tenemos una oferta inconsumible de películas y series pero de la que habla todo el mundo estas semanas va de lo de siempre: un matrimonio que se rompe. Ya saben, Scarlett Johansson y Adam Driver se separan dirigidos por Noah Baumbach y un ejército bien nutrido de espectadores encuentran muy interesante su universal peripecia, hasta el punto de convertir Historia de un matrimonio en una espoleta para analizar los códigos de las rupturas maritales en el mundo occidental.

La conclusión general es que nos separamos mal. Pocas rupturas se saldan como sería lógico, como un tránsito hacia otro tipo de relación que conservase el pegamento de la intimidad sin todo lo demás. Cualquier abogado experto en divorcios sabe que nada puede ser tan miserable como una separación por las malas. En ese archivo profesional se esconden las grandes porquerías de los humanoides, implacables cuando se trata de jorobar a quien quisieron. Esa saña concentrada daría para varias guerras.

Seguro que también nos separamos tarde. No hay más que observar el paisaje de las parejas transparentes, esas que caminan y se sientan a la misma mesa pero hace años que dejaron de verse. Esa rutinaria desatención es de una tristeza paralizante. Más que parejas muertas parecen parejas de muertos cuya misión es zarandear a quienes aún tenemos ganas de vivir.

En una separación brutal como la de Nicole y Charlie lo que se rompe es una delegación de la gran corporación que es la sociedad occidental. El matrimonio es la superinstitución de nuestra forma de vida y el sistema la promueve y la protege, inyectándola de argumentos que aparecen, robustos, cuando el amor salta por la ventana y tras los besos hay que finiquitar la sociedad, repartirse los discos y machacar a los hijos con una custodia que casi siempre es una extensión bélica en lugar de un acuerdo de paz para proteger a los críos, atónitos de pronto ante el pimpampún.

Hay alternativas al matrimonio, otras formas de relacionarse, de criar a los vástagos, modelos que no fomentan la exclusividad, que tejen redes, que son menos brutales que esa empresa en la que la excusa es el amor porque lo importante es todo lo demás. Hay alternativas pero puede que a nadie le interesen. Excepto, por un rato, a quien un día se va de casa con un portazo preguntándose quién es ese señor que se queda dentro.

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