Amiguiños si, pero a vaquiña... El gurú que recurrió a un hospital


Una solución de agua mezclada con clorito de sodio. Esta ha sido la propuesta terapéutica que durante años ha recetado Josep Pàmies a padres desesperados cuyos hijos padecían autismo. El charlatán se ha atrevido también con el cáncer, cuya gravedad suele zanjar con plantas medicinales, y en su delirante y letal perspectiva de la medicina se ha atrevido también a negar la existencia del VIH o de la hepatitis C. Tanta barbaridad no le ha impedido, sin embargo, ofrecer conferencias y recomendaciones por toda España, a pesar de la vigilancia militante de científicos y ciudadanos indignados con el daño que sus disparatadas teorías provocan en personas confundidas cuya fe en el gurú las puede llevar literalmente a la tumba por la vía rápida. En Galicia, la red del Círculo Escéptico ha sido una empalizada con la que Pàmies se ha encontrado más de una vez, aunque su escurridiza estrategia, en esta época de conversos de la superchería, tiene mucho más alcance de lo que sería deseable.

ACUCIADO POR EL DOLOR

Así andaba Pàmies con sus plantas y sus ungüentos milagrosos hasta que hace unos días sufrió un accidente cardiovascular de los de toda la vida. Acuciado por el dolor que se extendía por su pecho, el curandero no miró hacia su particular huerto de Getsemaní para encontrar entre tanta hierba aquella que iba a recomponer el ritmo de su corazón. Pàmies y su infarto acudieron raudos al hospital Arnau de Vilanova, en Lleida, en donde los médicos a los que él desprecia lo atendieron y le implantaron un moderno stent para que la sangre pudiera seguir regando su organismo. Poco clorito de sodio y mucha ciencia.

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Lejía para curar lo incurable Josep Pàmies asegura tener el milagro que cura el autismo, un producto declarado medicamento ilegal y prohibido desde el 2010 con el que engaña a familias desesperadas. En sus conferencias habla, además, de remedios infalibles para casi todo

Pàmies solo es un soldado más de ese ejército de caraduras que venden consejos que no se aplican. Cuando la parca aprieta, las tonterías suelen salir por la ventana. El rigorismo egoísta del predicador suele doblegarse cuando el afectado es el predicador. En octubre del año 1985 moría Rock Hudson. Su fallecimiento causó un impacto planetario. Pero la impresión colectiva no tuvo que ver con sus dotes actorales sino con la enfermedad que padecía: Hudson murió por culpa del VIH, una epidemia que entonces empezaba a manifestarse y que significaba una muerte inevitable y estigmatizada. El actor, compañero de profesión y compadre ideológico de Ronald Reagan, había solicitado meses antes de su muerte la ayuda del presidente de Estados Unidos para recibir una terapia experimental en un hospital francés. Los Reagan desoyeron la petición de auxilio de Hudson, parapetados en una sustancia ideológica que mantuvo a la Administración americana ajena a la expansión del sida y que explica la brutal propagación de la enfermedad en aquellos primeros años. Reagan era el general de los republicanos norteamericanos, tan reacios a apoyar investigaciones punteras y revolucionarias, incluidas las que se acometen con células madre. Así fue hasta que, pasados los años, Ronald Reagan enfermó de alzhéimer. Y ahí su mujer Nancy se convirtió en la principal defensora de los avances científicos que antes, cuando los beneficiados podían ser otros, habían dificultado. Amiguiños sí, pero a vaquiña polo que vale. 

Por Fernanda Tabarés

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