El año sin verano


Es difícil pronosticar de qué manera nos cambiará este verano. Pero algo está claro: esta suspensión de la normalidad meteorológica tendrá consecuencias. Los indicios acechan por doquier: ayer mismo llovía en una acera mientras lucía el sol en la de enfrente. Y el otro martes había gente con plumíferos en las terrazas, un acto de una subversión encantadora que en el fondo desprendía un aroma apocalíptico. Solemos despreciar cuántas cosas nos acarrea el tiempo. Cosas íntimas e intransferibles. Actos marcados por una tarde de lluvia, una tormenta inexplicable o un verano sin calor.

El año sin verano por antonomasia fue el de 1816. Y tuvo más consecuencias que una revolución. Por culpa del frío estival, Mary Shelley escribió Frankenstein, el monstruo con el que entretuvo el tedio que se apoderó de Villa Diodati. Cualquiera que haya pasado unas vacaciones confinada en una habitación aguardando por el sol entiende bien esa espoleta creativa que es el aburrimiento total, ese que aparece una tarde en la que tenías previsto hacer cosas de verano que han de ser aplazadas por la impertinencia de un frente nuboso.

Hay quien relaciona la extravagancia climática de ese verano del 16 con los paisajes de Turner. La atmósfera estaba aquel año saturada de cenizas por culpa de una serie de erupciones volcánicas que hicieron pantalla con el sol y forzaron la anomalía térmica, con hasta siete grados de descenso sobre las medias. Gracias a esas cenizas, los ocasos de ese verano fueron brutales, una evidencia de que a veces la belleza es el anticipo de la devastación, como por cierto se refleja tan bien en el metraje inicial de la serie Chernobyl.

Aquel año sin verano, el tiempo arrasó cultivos y alteró los ciclos naturales. En pocos meses, las malas cosechas modificaron el ciclo económico y provocaron disturbios y alteraciones sociales. En Suiza, el gobierno decretó la emergencia nacional por hambre y el 5 de junio nevó en Nueva York.

Aquella intemperie atmosférica tardó en retirarse. En el invierno de 1818, un frío brutal acosaba a los habitantes de una pequeña localidad austríaca cercana a Salzsburgo. Se aproximaba la Navidad y el párroco necesitaba improvisar una canción para que los feligreses no echaran de menos el órgano de la iglesia, inahabilitado por el frío y los ratones. En este contexto aparece Noche de paz, el villancico más famoso de la historia, para siempre unido a una anomalía climática.

Por eso es fácil predecir que también saldrá algo de este año sin verano.

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