Calamaro: «Aprendí a no quejarme, por lo menos en público»

En poco más de un mes aterriza en Galicia con todas las entradas vendidas. Viene a presentar su nuevo trabajo, «Cargar la suerte», el mejor de sus 40 años de carrera. Dice que no es optimista, más bien todo lo contrario, y aunque intenta mirar al futuro, es consciente de que las canciones pasadas lo persiguen


Se considera un «vanguardista experimental postergado», y dice que su popularidad es accidental. Andrés Calamaro (Buenos Aires, 1961) es una especie de nexo de las dos orillas del Atlántico. No renuncia a ninguna. Ni a su estilo de siempre, a pesar de llevar 40 años sobre los escenarios. «Tengo pasado, no es un mérito ni un demérito», confiesa. El próximo 18 de mayo presentará en Ferrol Cargar la suerte, un disco que no ha vuelto a escuchar.

-«Cargar la suerte» deja muy buen sabor de boca. ¿Qué sensaciones le produjo este disco?

-Nosotros solo conocemos las sensaciones de la grabación, nunca mas volvemos a escuchar los discos que ya terminamos. Y las sensaciones grabando fueron ideales, grabamos de buen humor, con generosa eficacia y arte. En Los Ángeles grabamos y cantamos todos al mismo tiempo, algo que parece bastante normal grabando con los mejores músicos de Estados Unidos. Solo parábamos para comer. A toro pasado me gusta mucho la grabación y el contenido. Siempre elegimos entre cincuenta maneras distintas de grabar un disco, esta vez resultó todo ideal.

-Permítame una opinión, me recuerda un poco al pasado. ¿Está de acuerdo?

-Que pregunta tan interesante. La música no está en el tiempo, es el tiempo. Es tiempo como las estaciones del año, como el de las aves migratorias, los segundos y las rotaciones de la Tierra. No está en el pasado ni en el presente. Ni siquiera está realmente. La reproducción del sonido tiene explicaciones, pero la existencia de la música es poderosa como la existencia de Dios. Porque Dios es corpóreo en el ejercicio de la fe. La música nos consta a todos.... Tengo pasado, no es un mérito ni un demérito. Preferiría pensar que el pasado está bien en donde está, que lo único que pasa es lo que está pasando. Pero las canciones pasadas me persiguen, me conocen y saben donde encontrarme. Descubrimos, entonces, que lo que estamos haciendo es próximo, es el futuro. Y la posteridad solo le importa a la posteridad. Como cantaba Gardel: ‘Tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve a encontrarse con mi vida’. No tengo miedo.

-Después de 40 años, dice que es el mejor disco, ¿qué tiene este que no tengan los anteriores? ¿Lo ha hecho pensando que es el último?

-Caramba, no. No es el último. Estábamos grabando otro álbum, una producción de dos o tres años de grabaciones, y no había escrito apenas algunos versos para Cargar la suerte. Digamos que, escribimos un repertorio en el tiempo libre (clave para la dicha propia) y, de ahí esperamos la exquisita grabación en los Estados Unidos. Cosas que pasan en un año sin giras. Normalmente, tengo tres o cuatro discos en mente, o ninguno. Proyectos para desarrollar o un guion de cine. Preparo un libro de fotos y edito una página de mi revista Nervio, culturas y delito. Ya tenemos casi terminado el disco que empezamos a grabar un año antes de Cargar la suerte. Tiempo tenemos, necesitamos vidas.

-Fue grabado en tan solo cuatro días. ¿Esto es experiencia o que salió solo, a la primera?

-Algo así hay que prepararlo, y muy bien. Lo normal es tirarse dos o tres meses grabando, ¡pero nosotros aprovechamos bien el tiempo! Las maquetas estaban bien presentadas, llevamos arreglos en partitura y el casting, el casting lo es todo... Grabamos en cuatro días pero con músicos extraordinarios. Cada uno en su papel, con intensidad y expresión humana. Arte... porque no redundamos en hábitos de las grabaciones modernas, cuestiones técnicas que todos los músicos conocen; se puede grabar un disco en una computadora doméstica. Usamos otros cinco días más para terminar la producción vocal y algunos detalles en las letras, detalles. Soy un cantante de laboratorio, solo canto con micrófono, me gusta el estudio y ensayar.

-Dice que son 12 pistas, como los 12 pasos que debe superar todo alcohólico en recuperación. ¿Es un disco optimista?

-Eso es literatura, editamos una docena porque la capacidad de vinilo era suficiente (no más de veinte minutos por cara). Doce pistas son doce canciones, seis de cada lado del disco. Son todas las canciones que grabamos; publicamos todas pensando en dos caras de un álbum. Que podrían haber sido once si no recortábamos la coda de las rimas. El optimismo no tiene nada que ver. Tampoco soy optimista, más bien todo lo contrario. Ser optimista en este escenario es pecado.

 

-En «Diego Armando Canciones» habla de usted. Podemos sacar conclusiones, ¿le definen estos versos?

-Parte de la población vive de mal humor, se altera hablando de política, de deportes o cuestiones culturales. Dicen sentir «asco y odio»... Y lo dicen en serio. Para mí, vivir de mal humor es una perdida de tiempo imperdonable. No es forma de andar por la vida. Creo que esta canción intenta explicar eso. Estos versos los escribí pensando en métricas de milonga sureña, pero es una letra ligera, ni se asoma a las obras de arte del canto poético en Argentina. Apenas la sombra de la perfección divina, la de los maestros poetas de nuestro tesoro cultural.

-En «My Mafia» habla de un gallego, un tal Frank. ¿Quién es?

-El Gallego Enrique fue un gran asaltante, muy carismático y tenaz. Un maestro que enseñó a generaciones el arte de robar sin violencia y nunca a ciudadanos de a pie. Fuimos verdaderos amigos. Murió una Nochevieja. Los íntimos le decíamos Frank, para los demás es Enrique. Una leyenda. El Gallego. Para que el mundo entienda, era un Robin Hood mejorado, y adaptado a las circunstancias. Tampoco el único, pero uno de los buenos héroes anónimos.

-Por otra de sus letras se deduce que sus amigos son una panda de bandidos... Joaquín Sabina es uno de los que se sienta a la mesa. ¿Les une una amistad grande?

-Mis amigos son varias bandas de bandidos. Y toreros buenos. Sabina es un querido amigo y maestro; me honra la amistad de este genial talento inverosímil y amada persona. En nuestra mesa siempre está, querido maestro. Sabina es heredero de Miguel Hernández. Todos lo queremos en la cabecera de nuestra mesa.

-¿Cómo es eso de que se pone enfermo antes de empezar las giras, pero luego no quiere que terminen…?

-Eso es literal. Soy perfeccionista pero inseguro, como todo el mundo. La de cantante es una profesión sacrificada, si no naciste «con un espíritu misterioso que ningún filósofo puede explicar». Y esos también sufren. Algunos vomitan o se emborrachan antes de subir al escenario. Con las botas puestas.

-Me sorprende que en una entrevista recientemente señalaba que se sentía «un artista menospreciado y malentendido, pero que había aprendido a no quejarse».

-Sí. Para la masa del pueblo somos quince canciones (o menos) que saben cantar de memoria. Y no existe radio, ni periódico ni televisión que divulgue lo que realmente somos y lo que hacemos. Porque nos prefieren silenciosos para montar la «farsa de la social democracia que quiere igualar lo distinto». Tengo miles de canciones y ni siquiera soy un especialista en composición armónica y poética. Me considero «vanguardista experimental postergado», soy popular por accidente. Y aprendí a no quejarme, por lo menos no en público.

-¿Tiene la sensación de que hoy, 40 años después, no tiene que hacer méritos para gustar?

-Nunca.

-Me gusta mucho uno de los últimos objetivos que se ha propuesto: que el público pase dos horas seguidas sin mirar el móvil. ¿Qué tal se lleva con las redes y las nuevas tecnologías?

-Es que los teléfonos en los conciertos son una mala idea. Como son una mala idea para los infieles. Molestan al público que paga cara la entrada; desde el escenario, el enjambre de teléfonos es desalentador. Afortunadamente, queda gente que insiste en escuchar, incluso cantar conmigo. Las nuevas tecnologías no son nuevas, no sabemos vivir sin conexión, como no sabríamos vivir sin electricidad o inodoro.

-Es como un nexo de unión de las dos orillas del Atlántico... ¿Qué le da España que no le da Argentina?

-Son dos escenarios completamente distintos en lo social, lo político y lo económico. En Argentina vivimos en una montaña rusa, seis meses son una eternidad. En España las gentes sonríen, se visten bien los domingos para salir a caminar al perfume de los naranjos en flor. Hasta se puede caminar mirando el teléfono que no es una potencial situación de hurto violento. España piensa el destino -de la nación- con cierto desparpajo contemporáneo. Argentina no tiene destino, o sufre el destino del tercer mundo. Mío es el nexo de Moisés a la inversa, estoy para reunir las aguas separadas.

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