Setenta años de espera


Carlos de Inglaterra cumplió el miércoles 70 años esperando a que su madre se muera. La monarquía es así de dura. Alguien se puede convertir en rey siendo un niño o un anciano. Depende. En el caso de Carlos, el heredero está en la edad a la que los demás echamos cuentas para jubilarnos y apuntarnos a pilates, pero él debe de andar con aquella ansiedad con la que dormías la noche anterior a tu primer trabajo. Pasarse una vida a la espera tiene que forjar el carácter porque además ahora se promueve lo contrario: no hay tiempo para esperar por nada, apenas existen momentos muertos y los que se abren son sepultados de inmediato en toneladas de WhatsApps. Frente a ese horror vacui tan millennial, Carlos lleva toda la vida esperando y eso le da una gran ventaja competitiva.

En algún momento alguien se dará cuenta de que esta carrera contrarreloj en la que andamos no lleva a ningún sitio y se pondrá de moda perder el tiempo. Igual que el aburrimiento puede ser la cuna que mece la chispa de la imaginación, perder el tiempo puede ser lo más productivo del mundo. Y en eso Carlos de Inglaterra es todo un clásico, como corresponde a una estirpe tan entrenada en la supervivencia que a la altura de la Gran Guerra enterraron su nombre alemán Sachsen-Coburg und Gotha tan poco conveniente en una ola de antigermanismo y se convirtieron en los Windsor de toda la vida.

Todos esos años de espera han ido puliendo su físico y su química con el pueblo al que regirá. De joven, muchos se preguntaban dónde estaba el gen handsome de los Windsor en aquel Charles convertido en un canalla cursilón por el vendaval pop de Lady Di. Más que el príncipe de Gales, Carlos parecía un noble atrabiliario incapaz de competir con la modernidad influencer de su mujer, tan eficaz a la hora de convertir una mirada lánguida en un aleteo de popularidad. Todas las cosas que se escriben ahora de las reinas plebeyas son asuntos menores comparados con el impacto de aquella jovencita a la que Freddy Mercury colaba en bares gais y que un día se travistió de Belén Esteban y contó en un preludio del Sálvame sus desafueros maritales. Ese día se demostró que la monarquía pasaba por la plebe o no pasaba.

UN MOMENTO DULCE

Hoy cuentan las crónicas que Charles llega a los 70 en su momento más dulce. Los años han suavizado aquel gesto antipático y sus extravagancias, con las que solo conseguía multiplicar los amperios del brillo de su ex, son hoy asuntos transversales para todas las democracias: el príncipe lleva treinta años hablando de cambio climático y de ciudades sostenibles, algo disparatado en los locos años ochenta pero fundamental en el presente. Su coronación será la victoria de la paciencia, todo un elogio a la espera.

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