No hay mejor mesa que la de casa

HOGAR, DULCE HOGAR Eso es lo que uno siente cuando pone un pie en estos tradicionales locales caseros que «arrecenden» a comida de la abuela. Entramos en cuatro templos de la buena mesa en los que comerás como en casa.


CATI DEVESA/ EDITH FILGUEIRA/ MARÍA GARRIDO Y BEGOÑA R. SOTELINO

No hay mejor chef que la abuela ni mejor mesa que la de casa. Con esta filosofía del manjar casero, bueno y barato, hemos emprendido una ruta que te llevará por algunas de las casas de comidas con más tradición de Galicia. Empezamos por el norte, de la mano de Casa Bibiana. Un planazo de domingo.

El restaurante de Culleredo reúne los fines de semana a familias, parejas o grupos de amigos que se desplazan hasta Vinxeira Grande, en el número 18, para probar sus platos. «Viene mucha gente de A Coruña y de toda el área metropolitana, pero también llegan muchos desde Madrid y de otros sitios de España, sobre todo en verano», dice Benita Ramos, encargada de un negocio que lleva abierto más de 45 años. «Empezó como bar normal y luego se convirtió en una casa de comidas», aclara. En cuanto a la cocina, explica que ofrecen un poco de todo. «No tenemos un plato que sea más demandado que otro, depende del cliente. Se pide mucho el bacalao, el cochinillo, los callos... El cocido en la época de Carnaval es lo más demandado», comenta Benita. Y es que precisamente, el cocido es uno de sus platos estrella. «Por semana, como cada día ofrecemos un menú del día, lo damos los miércoles, pero el fin de semana también es muy solicitado», aclara.

POSTRES ARTESANALES

Otro de sus puntos fuertes es su carta de postres. «Tenemos algunos caseros y otros que son de fuera, pero no son industriales sino de confiterías artesanales», explica la encargada. Entre los más demandados se encuentran los flanes, la tarta de queso, «que los hacemos nosotros aquí», indica Benita, que añade: «Luego tenemos milhojas y tiramisú, que nos lo piden mucho. La verdad es que todo se vende igual de bien».

 

Con tres personas trabajando en los fogones y tres atendiendo al público, la Adega do Tito se ha convertido en una de las mejores opciones en Ourense para los que buscan comer como en casa, pero fuera de ella.

DELICIOSO BACALAO ADEGA

Y es que, aparte de una carta con recetas variadas, ofrecen menú para días laborables y menú para el sábado y domingo. «Cuando abrimos, hace catorce años, entendimos que debíamos dar un servicio que cualquier bolsillo se pudiera permitir sin renunciar por ello a la calidad de los productos que escogemos para nuestros platos», explica el encargado, Gustavo Domínguez. El plato estrella de este local, con una amplia carta, es el Bacalao Adega. «Empezamos preparando el clásico bacalao a la portuguesa y al final derivó en esta receta propia. Y creo que tiene más éxito que el otro. Preparamos una especie de salsa que le colocamos al pescado por encima antes de meterlo en el horno que le da un toque diferente y que no le resta sabor ni al bacalao ni a las patatas con las que lo acompañamos. Quizás por eso gusta tanto», apunta el gerente. Confiesan que hubo épocas mejores para las cenas de empresa, pero que los que se mantienen fieles son los que los escogen para organizar comidas familiares y aquellos que los fines de semana quieren comer algo hecho con el mimo de casa sin tener que cocinar.

«Los postres también son caseros y nos funcionó muy bien la tarta de chocolate, que sería como la clásica de la abuela. Ahora la gente está pidiendo la de queso, porque dicen que está increíble, y el flan de café, que ese es la repera de rico que está», añade con la sonrisa pilla de quien tiene un favorito.

CALDO TODOS LOS DÍAS DEL AÑO

Situado entre las dos calles más nobles del casco histórico compostelano, la Rúa Nova y la Rúa do Vilar, el Entre Rúas -no hacen falta más explicaciones para entender su nombre- es un pequeño templo de la comida casera consolidado en Santiago. Abrió en 1979 y, aunque tiene un comedor interior, es el típico restaurante que se viene a la cabeza de cualquier santiagués cuando salen dos rayos de sol. Con que no haga un día de perros es suficiente, porque su protegida terraza es unos de esos rincones con encanto que huele a gastronomía local. «Hacemos caldo todos los días del año, en ocasiones hasta dos veces», comenta Fernando Blanco, que junto a su mujer cogió las riendas de este establecimiento abierto por sus padres. En las primeras décadas de existencia fue un lugar de encuentro eminentemente compostelano, «gente de la Universidade y de la banca que quería comer como en casa». Desde el mítico Xacobeo 93, los turistas que pasan varios días en Santiago acaban sentándose en sus mesas, cansados de la oferta más evidente de los gastrobares y las tabernas modernas. Los viernes por la noche y los sábados no decae la actividad. «Al contrario, viene mucha gente, parejas y familias que prefieren no cocinar». Se fían, sobre todo, de la buena mano con el cocido, los callos y la carne ao caldeiro, que son un clásico del fin de semana. Comida «contundente» para disfrutar con calma y con una sobremesa estirada más de la cuenta.

El estradense José Puente se enamoró de Vigo hace más de 50 años, y por eso se decidió por un local en el Casco Vello (Plaza de la Princesa, 4) que desde 1964 da comidas caseras.

TODO AL PRODUCTO FRESCO

Se llamaba Casa Gazpara y no le cambió el nombre. Su hijo Avelino le relevó. Al casarse con él, Isaura Requeijo se incorporó al negocio. Ella y su hermana habían aprendido las recetas de las abuelas en el restaurante La Bombilla, de A Estrada, así que cuando le tocó meterse en la cocina para atender el negocio familiar hizo lo que sabía, que coincide que es lo que busca mucha gente que come fuera: que sepa como en casa. En Casa Gazpara no saben de esferificaciones ni de reducciones de Pedro Ximénez. Pero sí de chipirones encebollados, almejas a la marinera o navajas, percebes y cigalas que no necesitan más adornos que su frescura. Así se han hecho con una clientela compuesta de trabajadores de la zona que se nutren del menú del día, turistas que los descubren, ya que están a cinco pasos del dinoseto de la Porta do Sol, de fieles que cada vez que vuelven a Vigo, reservan mesa y una clientela joven que busca comida rica. Cuando Avelino murió, su hijo José Manuel se unió a la plantilla. Entonces él no sabía nada de hostelería, pero son ya 24 años los que han pasado y, si algo sabe seguro, es que es un trabajo duro que su madre lleva con una dedicación admirable. Se le quedó grabado lo que decía su marido: «Lo mejor de esta casa son los clientes». No soporta decepcionarlos.

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