El queso que bebe una botella


Siempre se dijo que el queso pide vino. O al revés. Es un maridaje eterno. Posiblemente el más perfecto. Pero del queso que les hablo es algo especial. El angelito se bebe una botella de Oporto en diez días. «Una pieza grande, de unos 4 kilos, es lo que tarda en vaciarla. El líquido se va colando poco a poco por los orificios y lo va impregnando todo», comenta Sebastián Pazos, charcutero de La Tienda de Lino, un negocio de productos delicatesen de A Coruña. Dice que los ingleses acostumbran a maridar su famoso Stilton, un azul fantástico, con vinho de Porto, porque «les gusta el toque dulzón que contrasta con la potencia de sabor del queso», explica. Apasionado de su oficio, Sebastián vio por primera vez en una tienda de Inglaterra esta peculiar fusión de productos. «Hablé con un distribuidor importante de quesos y me dijo que él lo había hecho y que el resultado fue bueno», asegura. Me dice que el sábado (por hoy) el Stilton se habrá ventilado la botella de Vintage de 15 años y ya estará listo para su consumo. «Lo vendemos más caro que el que no lleva Oporto, casi el doble, por el trabajo que da y por la calidad del vino que le añadimos. Hace dos meses pusimos a la venta uno similar y se acabó en media hora», asegura.

EL BIZCOCHÓN

Me lo he propuesto. No pienso pasarme todo el mes de agosto quejándome de que el cinturón me aprieta o de que el polo que en junio me quedaba holgado ahora revienta. A lo hecho pecho, ya llegará septiembre con el gimnasio, las raciones de brócoli y la pechuga de pollo a la plancha. Pensé en todo esto mientras esperaba a la cola de la panadería Iglesias en O Seixo, Mugardos. Una localidad que no tenía el gusto de conocer y de la que les volveré a hablar este verano por otro motivo. Pues bien, en el citado local, con mucha solera y encanto, despachan pan, empanadas y bizcochos artesanos. «Solo me quedan bizcochones. En un rato sale algo más, pero hay muchas fiestas y la demanda es grande», se disculpa una mujer veterana que con gran desparpajo y simpatía se encargó de atenderme. Una de esas expertas en el mostrador que cuando te dice lo que debes te explica con detalle la factura. «Empanada pequeña 9, 50, el bizcochón también 9,50, así que son 19», detalla para que no quede ninguna duda de que todo está correcto. La señora lo hace sin perder la calma a pesar de que hay bastante gente esperando. La empanada estaba buena y el dulce artesano, a pesar de que no soy muy aficionado a estas preparaciones, debo reconocer que estaba espectacular. El mejor que probé. Un vicio. Le pregunté si abrían el domingo y la mujer me dijo que no, que era un día para descansar. Me alegré por ellos y por mí. Ahh, es verdad, había prometido no hablar este mes de sobrepeso. Me consuelo pensando que, ya puestos a saltarnos el régimen, qué mejor que hacerlo con productos de primera calidad como el bizcochón de la panadería Iglesias o el queso bebedor de La Tienda de Lino. No, no me voy a quejar, pero a este ritmo y con lo que todavía queda de agosto...

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