Se lo dijo Kafka por carta a su amigo Max Brod: «Querido Max, mi último deseo: todo lo que dejo detrás de mí es para ser quemado sin leer». El genio no se refería a Ourense, pero la instrucción del genio se le ajusta bien a la ciudad. Alguien trabaja para que arda sin que nadie se entere. Y seguro que Ourense arde muy bien, pero conservemos todavía la esperanza de que aparezca un Max Brod que desoiga la disposición del maestro y evite que las llamas destruyan esa obra colectiva que es una ciudad. Nuestro Brod debe darse prisa. A la velocidad a la que van las cosas, en dos entroidos, Ourense se habrá quedado como Yosi en el último concierto de Los Suaves, cuando se tiró al público y el público se abrió como el mar Muerto.

El martes se comunicó la defunción del Outono Fotográfico. Treinta y cinco años al carallo y un respingo de desolación por el espinazo. El empeño aquel de Benito Losada desde la Casa da Xuventude le dio a la ciudad una tensión cultural que ahora se va por el fregadero. A cuántas personas inspiró aquel esfuerzo. Inevitable comparar generaciones. Obligado indagar en los liderazgos políticos que han anestesiado nuestra alabada propensión a hacer buenas cosas.

A una cierta distancia, da la sensación de que la Atenas gallega ha claudicado de sí misma. De la Xeración Nós de Risco, del café Miño de Otero Pedrayo, del Volter de Casares, de Méndez Ferrín, Quessada, Virxilio, Alexandro, Acisclo o Buciños. De Cristina Pato y Fernández Naval.

Las ciudades gallegas juegan en un tablero y cada una marca su posición. Está ese nuevo vitalismo (tan Inditex) de A Coruña; la piscina de autoestima en la que se baña Vigo o el admirable bombazo existencial de Pontevedra, en donde últimamente pasan muchas cosas muy notables. Mientras, Ourense se ha ido disolviendo en una especie de nada, se ha ido borrando del mapa, se ha rectificado hasta evaporarse, ha ido desapareciendo y esto se percibe bien desde una cierta distancia, a fuerza de comprobar que la ciudad no es una alternativa que nadie contemple. La muerte del Outono (y del Festival de cine) es un síntoma de una enfermedad grave que debería estar provocando algún insomnio.

José Ángel Valente dejó escrito en el poema Tierra de nadie, dedicado al Ourense en el que había nacido: «Pequeña ciudad sórdida, perdida, / municipal, oscura, por la que pasaban largos trenes / sin destino». Aunque esa «oscura ratonera vacía» de la que el poeta escapó y con la que mantuvo una legendaria relación de amor-odio acabó siendo su destino final, pues Valente quiso enterrarse en el cementerio de San Francisco, junto a su hijo. Otro enorme intelectual, José Luis López Cid, consideraba a su ciudad natal un pueblo de «enanos morales», expresión con la que se abonó a la lista de creadores con cuentas pendientes con Ourense y, particularmente, con sus instituciones, especialmente odiosas para el Príncipe de Asturias de las Letras, que en 1989 aceptó un homenaje en la ciudad si le garantizaban que los organismos oficiales no estaban presentes ni representados. Hoy alguien se empeña en dar la razón a los artistas.

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La oscura ratonera vacía