Los alumnos más obedientes

MATRÍCULA DE HONOR EN COMPORTAMIENTO Ejecutan todas las órdenes que reciben. Aunque son más sencillas en inglés, solo responden al castellano. Por cierto, el profe dice que los dueños necesitan más clases que los perros. ¡Guau!

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Acudimos hoy a una clase de obediencia, que, dicho sea de paso, mal no nos viene. Aunque las lecciones van dirigidas a los perros, el profe asegura que «quien más lo necesita son los dueños, que son los que normalmente permiten sin querer o por desconocimiento los problemas de conducta». No lo dice en vano. Basta con observarlos para ver detalles que sí o sí desencadenan malos comportamientos. Dejarle morder cosas, la típica zapatilla porque nos hace gracia o la correa, que salga de primero a la calle, que haga pis donde no debe y que se lo permitas hasta que un día te canses y pegues un grito... Son algunos ejemplos de hábitos que hay que frenar cuanto antes. Y hay que hacerlo desde que entran por la puerta de casa, con dos o tres meses. «Con esa edad ya van entendiendo, la educación básica se la marcas tú, dónde debe hacer sus cosas, la tranquilidad a la hora de comer, y con tres o cuatro meses ya puedes enseñarle a ir al lado sin que tiren, todo con refuerzo positivo por mediación de la alimentación o por un juego», explica Óscar Roel, propietario de Cans School. El método es similar a cuando los niños van por primera vez al cole. El primer día no se les sienta en el pupitre y ¡hala, a escribir! No, más bien se les deja en la alfombra con juguetes para que se adapten poco a poco y al día siguiente vuelvan con más ganas, porque saben que se lo van a pasar bien allí. Pero si ya ha cumplido los primeros meses y no les ha enseñado nada, no creas que todo está perdido. No es conveniente que se entrenen después de los 8 o 9 años, porque podrías estar un año para que pille tres órdenes, pero hasta que cumpla los 6 aún estás a tiempo.

Las primeras clases son más de observación. Óscar pone el foco tanto en el perro como en el dueño. Primero tiene una charla y luego le deja hacer para ver cómo se expresa o detectar malas conductas o errores. Si el perro es sociable, atiende a su dueño y puede convivir con el de al lado sin problemas, se integrará rápidamente en el grupo. Si por el contrario es nervioso, agresivo o dominante, tendrá que estar aislado más tiempo. Los sábados por la mañana sale de ruta con el grupo de los avanzados. Solo hay que ver cómo desfilan por la ciudad para comprobar que, en obediencia, de matrícula pa´rriba.

Lara, un cruce de podencos, lleva cinco meses yendo a clase y desde entonces ha mejorado mucho. Hace un año que llegó a casa de Adriana «muy tocada» después de haber sufrido maltrato. «Antes de que yo la cogiera había estado tres años en un refugio, y tenía mucho miedo a otros perros, y tampoco se le podían acercar personas. Ahora hemos progresado mucho, no tiene nada que ver, pero vamos a seguir yendo», explica.

En esta academia también hay clases, y según el progreso de cada alumno, pasa o no de curso. El ritmo es lento, pero seguro. La base es el método positivo, nada de presión. Se necesita un mínimo de dos sesiones de 45 minutos a la semana para ver los resultados, aunque todo depende del perro. Y del dueño. Porque Óscar enseña al dueño y este al perro. «Yo en una semana consigo que hagan tres ejercicios distintos, pero yo».

En este mundo de bilingües, le preguntamos al profe qué idioma es el más sencillo para adiestrar . «Cuando me dicen: ‘Es que quiero que atienda en castellano, otros en gallego, en inglés o en alemán‘. No tiene nada que ver con lo que se le dice, sino con el tono de voz que entiende el perro. Cuanto más corta es la palabra, más la asocian a lo que tú les quieres enseñar», asegura. Reconoce que lo de hablarles en inglés está muy bien. Que sit es más corto que siéntate, que seguramente te costará un poquito más, pero él, que solo utiliza el castellano en sus clases, se asegura así que el dueño sepa lo que le está mandando. «Porque hay gente mayor que viene a entrenar o gente que no controla de idiomas que le va a decir sit los primeros días y luego siéntate, y vamos a estar equivocando al perro en todos los aspectos», explica Óscar, que lleva desde 1995 siendo profe perruno.

PRIMERA LECCIÓN

La primera lección es básica: acudir a la llamada, que por otra parte es una de las órdenes más difíciles, porque es dejar de hacer una cosa, jugar o morder un hueso, para venir hacia ti. Claro que tiene que haber un aliciente, bien sea comida, juegos o premios. La segunda es tener claro que solo deben darles premios cuando la orden se ejecuta al momento, no darlo por darlo. «Él tiene que tener claro que ir junto a su dueño es lo más bonito y lo más positivo para él, que tiene que compensar todo lo demás», matiza. Aquí el tamaño no importa, pero la raza sí. Los perros de trabajo o de competición que lo llevan en su ADN y se transmite a los futuros cachorros, no son lo mismo que los mestizos o los que nunca trabajaron. Los akita o los huskys son peores alumnos que los boxer o los dóberman.

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