Cambiando pañales en Nueva York


En pleno huracán #Eutamén, el alcalde de Nueva York ha decidido resolver uno de los grandes misterios de la modernidad: la incapacidad de los hombres para cambiar los pañales de sus vástagos pequeñitos. No es que esta tara fuera una confesión de parte; más bien se trataba de una evidencia consolidada a través de la visión infinita de servicios públicos en los que el acceso de bebés estaba restringido al baño de las mujeres, como si introducir a una criatura de meses en un aseo masculino garantizara su muerte por intoxicación letal o la parálisis permanente de los usuarios del misterioso tocador.

Antes del verano, la normativa municipal neoyorquina obligará a los establecimientos públicos a instalar cambiadores en todos los servicios, algo que ya está en vigor en los edificios federales del país gracias a una instrucción que firmó Barack Obama en el año 2016. En España la decisión depende de la voluntad de cada uno. El Ayuntamiento de Madrid instaló unos cuantos en los últimos meses en espacios culturales públicos como el Madrid Arena o el Palacio Municipal de Congresos pero los hosteleros no están obligados a ofrecer un servicio que, cuando existe, va indefectiblemente asociado a la mujer. El diseño de muchas de las señales con las que se avisa de la existencia de cambiadores refuerzan, además, ese papel discriminatorio para nosotras e injusto para todos los hombres que se relacionan con sus bebés de manera igualitaria. Algunos debe de haber por estos lares.

Hablamos de los pañales y de los bebés pero convertir a las mujeres en cuidadoras exclusivas (o preferentes) de la prole sigue siendo la norma. Visiten los vestuarios de centros deportivos a los que acuden niños y comprobarán qué sucede. En los de mujeres las adultas conviven con pequeños y pequeñas de edades diversas; en los de hombres...

Detrás del asunto de los pañales y los bares hay todo un mundo de prejuicios de colores que además comparten los niños. No solo se entiende que mudar a un crío es una tarea materna, si no que se deduce que un hombre no sale a la calle solo con su bebé y que al lado de un padre siempre hay una madre. Se considera a los hombres incapaces y obligatoriamente heteros. Lo segundo hace muchos años que quedó superado por la ley; lo primero ya no vale como excusa, queridos. A cambiar pañales se aprende. Por cierto, y a hacer chichos, también. No hay una predisposición genética que conceda a los dedos femeninos una pericia singular. Palabrita.

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