¡Gorda!


En un momento en el que toda España mira al este, echar un vistazo hacia dentro puede parecer una frivolidad. Mientras las cosas se resquebrajan, ahí siguen los grandes asuntos, desatendidos por el ojo público, un ojo que ya es como el de las moscas, compuesto y con miles de lentes individuales. Al final la realidad es una especie de patchword digital e individualizado que compone regular, regular.

Uno de esos asuntos, de vuelta siempre, escruta el cuerpo de la mujer con unos códigos sorprendentes. Hay manifestaciones bestiales, como la que indujo a un club de Vimianzo a sortear literalmente a una chica. En el Pon-pon 2 -el número indica que el negocio iba razonablemente bien, como para avanzar hacia una corporación- la propietaria repartió rifas entre su distinguida clientela. La suerte y la capacidad de ingesta iban a determinar quién podía «subir con una de las chicas», una curiosa manera de explicarnos la naturaleza de la lotería y el premio final. Es llamativa la fe que algunos tienen en la suerte, un sortilegio que lo mismo te concede una subida de escaleras con un humillante happy end que te rellena los bolsillos si del bombo de la lotería de Navidad cae el número 155. Se puede afirmar aquí y ahora que es imposible que este hecho suceda, aunque esta evidencia no ha conseguido disuadir a todas las personas a las que concedemos un raciocinio medio y que han agotado este billete coincidiendo con el lío catalán. Aunque pensándolo bien, sería la leche escuchar a los niños de San Ildefonso cantar cientooo cincuenta y cincooo, dos milloneees de eurooos y especular con la influencia de esta cantinela en el procés.

EL CAMBIO FÍSICO EN LA RED

Después hay otros hechos constantes que mantienen abierta la batalla que se libra en el cuerpo de la mujer. En redes se han normalizado los reproches a actrices y cantantes que engordan o pasean por la vida como les sale del pinrel. «El gran cambio físico de Rihanna, motivo de debate y críticas en la red», titulaba un rotativo de Madrid hace unas semanas. «A Kundogan le ponen las gordas. Primero Blanca Suárez y luego Anna Simón. La siguiente será Falete», escribió un lince en Twitter. «Las curvas de Gigi Hadid, a debate», sentenció la revista Marie Claire.

En septiembre, Versace reunió en Milán a algunas de las modelos más conocidas de los años noventa. Estaban Claudia Schiffer, Cindy Crawford, Naomi Campbell, Carla Bruni y Helena Cristensen, estupendas cincuentonas demasiado parecidas a las jóvenes que eran hace treinta años. En la lista faltaba una, la icónica Linda Evangelista. Una ausencia que los medios y las redes se encargaron de explicar: Linda no fue porque está gorda. En uno de esos medios se escribió: «Linda Evangelista no ha soportado el paso de los años tan bien como sus compañeras». Muchos calificaron de «increíble» la evolución física de la maniquí, como si las mujeres creíbles tuvieran una singularidad celular que les permitiese vivir congeladas en una apariencia de veinteañeras eternas, que qué grima. Apunto por su especial interés la tesis de un portal digital dedicado al cotilleo que proclamó: «Linda Evangelista, irreconocible tras duplicar su peso en pocos meses». Lo más interesante venía a continuación: «Ya se ha comenzado a especular sobre la razón de sus kilitos de más; mientras que unos hablan de supuestos problemas de salud, los más optimistas confían en que se trate tan solo de un descuido de la modelo con los dulces y que pronto recupere la figura que enamoró al público en los años 90». Apunten todas. Para las mujeres, cumplir años y que se nos note solo es un descuido o un problema de salud. Lo que nos toca es enamorar eternamente enjutas y estiradas. Snif.

Por Fernanda Tabares Opinion

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