Mi madre no es mi amiga

COLEGUEOS LOS JUSTOS ¿Confías todos tus secretos a tu madre? ¿Sales de copas con tu hija? Entonces no apareces en este reportaje. A lo mejor sí en uno que se titule «Mi madre es mi amiga», pero aquí solo cabe la combinación contraria: hija y madre, madre e hija, juntas pero no revueltas, y cada una en su papel. Para ellas la amistad es algo que no se lleva en los genes.

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Laura y María del Carmen: «Cuando vamos de compras es imposible que nos pongamos de acuerdo en nada»

Laura, 25 años, y María del Carmen, 62, son como la noche y el día. «Sempre me mantiven no meu papel de nai», reconoce la segunda. «Nos queremos mucho, pero nunca tuvimos una relación de amigas», apunta Laura. Tienen formas de ser diferentes, se quieren, se ríen y recuerdan con cariño las anécdotas de Laura de pequeña. «Ten un carácter moi forte», cuenta con sonrisa pícara la madre. Laura dio guerra desde que nació. «Ela a chorar e a pedir», se queja la madre. «El que no llora no mama», responde la hija con una sonrisa. Y así toda la vida, todo el rato. «Acórdome cando ía ao colexio e a súa profesora sempre me dicía que era unha nena moi boa. E eu pensaba: ‘Pois será aquí porque na casa... é diferente», recuerda María del Carmen.

«Creo que el hecho de que mantengamos una relación más de madre e hija tiene que ver con la diferencia de edad que hay entre las dos». Para ser exactos, 37 años. «Por ejemplo, la madre de mi novio lo tuvo con 19 años y tienen una relación más de amigos porque comparten muchos gustos», asegura Laura. No coinciden ni en la ropa ni en la comida. «No tenemos el mismo estilo y cuando vamos de compras es imposible que nos pongamos de acuerdo. Así que eso de compartir armario con tu madre en nuestro caso no se da», se ríe Laura. La pequeña de la casa -tiene un hermano, Santi, que le lleva siete años- siempre tuvo los gustos claros. «Cuando tenía 9, se casó el hijo de mi madrina. Mi madre se empeñó en ponerme un vestido con un cuello de organza que picaba (y que me horrorizaba) y yo le dije que no lo iba a llevar. Estuvimos un buen rato discutiendo y al final, por no aguantarme, mi madre me puso un chándal. ¡Y me fui a la boda en chándal!», cuenta la hija. «Pero no era un chándal cualquiera, era un chándal de terciopelo con brillantes», apunta la madre. «A veces dígolle a Laura de broma: ‘A ver se che sae unha filla igual de protestona ca ti para que saibas o que é pelexar’», ríe María del Carmen. Pero como buena madre y buena hija, las dos se cuidan. «Viajo mucho por trabajo y siempre le dejo impresos los billetes para que sepa dónde estoy y cuándo llego», apunta Laura. «Os fillos son o máis importante para uns pais», asegura su madre. Amigas no, pero la sangre por lo que vale.

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Felisa Izquierdo y Felisa Rodríguez: «Nos comprendemos con solo mirarnos»

Esta madre y esta hija son las Felisas de la casa. Y las únicas mujeres, ya que Felisa madre tiene otros tres hijos varones. «Cuando la comadrona me dijo que era una niña me volví loca de contenta», recuerda esta mujer de 92 años que rezuma vitalidad y buen humor.

Aunque siempre se han llevado muy bien, estas coruñesas afirman que no son amigas, sino que tienen «la típica relación de madre e hija». «Diariamente, si no nos vemos, nos hablamos. Además, vivimos muy cerca y estamos muy pendientes la una de la otra. Tuvimos mucha unión cuando nacieron mis hijas, mi madre me ayudó mucho», señala Felisa hija.

Como es lógico, discuten de vez en cuando, pero siempre vuelven a reírse. «Mi hija se preocupa mucho por mí, me riñe muchísimas veces, y yo a ella. Nos comprendemos muy bien con solo mirarnos. Cuando llega de buen humor, se lo noto, igual que cuando viene un poco renegada», dice Felisa madre sonriendo. «Hay detalles que con los hombres no son lo mismo», añade la hija.

Es escucharlas hablar y ser testigo de cómo se terminan las frases, de cómo se entienden y cómo se admiran. De vez en cuando, piden la opinión de la otra y, por el medio, se ríen. «A mi madre todo el mundo le echa diez años menos», asegura Felisa segunda, quien confiesa que presume de lo estupenda que está su progenitora. «La llevo orgullosa, para lucirla, para que le digan ‘¡ay, qué guapa!’», dice, porque «ella, si no va arreglada, no sale». A su lado Felisa matiza: «Bueno, las dos somos muy presumidas».

«Procuré siempre darle un buen ejemplo, y creo que lo conseguí», destaca la Felisa mayor. La hija, por su parte, señala de su madre lo mucho que la admira por «su vitalidad, su alegría, sus ganas de vivir y de disfrutar de su familia». «Siempre que me hizo falta la tuve y hoy por hoy también, la necesito muchísimo», afirma sin dudar.

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Xela Torres y Cristina Garay: «Cuando mi madre llega con la música muy alta le doy dos toques en la ventanilla y ya sabe que tiene que bajarla»

Cristina y Xela, madre e hija del municipio coruñés de Cambre, están viviendo una plena adolescencia. Sobre todo Xela, porque tiene 14 años, pero su madre, de 50, asegura que está viviendo «una especie de regresión» a aquella época. «Está bien que coincidamos en este momento», señala Cristina.

Muestra de ello es el momento en que la madre va a buscar a su hija al colegio, un tiempo que ambas coinciden en que es el que más les gusta compartir del día. «Cuando llega con la música muy alta le doy dos toques en la ventanilla del coche y ya sabe que tiene que bajarla, porque me da vergüenza», cuenta Xela. Y Cristina lo hace, porque reconoce que la lleva «demasiado alta». «En esta casa lo negociamos todo y eso es para mí una negociación», cuenta convencida.

Eso sí, después ambas suben la música y se ponen a bailar, a reír y a contarse confidencias y cómo les ha ido el día a cada una. «Tenemos muy buena relación», afirma Xela, a pesar de que Cristina, como todas las madres, siempre marca «límites y pautas, con mucho cariño» en cuestiones como la hora de llegada a casa o el orden. «Intentamos buscar siempre un punto de encuentro y, cuando no se consigue, gana el más fuerte que, de momento, soy yo», añade la progenitora sin perder de vista su papel. Cristina se define como «una madre vintage». «Cogí lo mejor de mi madre, que creo que conmigo lo hizo muy bien, y lo actualicé a los tiempos que corren», afirma orgullosa de la conexión que tiene con su hija.

Xela, por su parte, se describe a sí misma como «un desastre». «Soy una desordenada con mi habitación», reconoce, y añade que si no obedece tras varios avisos, su madre le quita el móvil hasta que se pone a recoger. Pero la entiende, igual que Cristina la comprende a ella en el momento vital que está atravesando. «Antes me trataba más como a una niña, y ahora empieza a tratarme como a una adulta», asegura. Tal para cual.

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