Mi verano es un reto

¿QUIÉN DIJO PLAYA? Para ellos el sol es lo de menos, que lo tomen los demás. No hay lluvia, frío o viento que tumbe su plan de vacaciones. Si Popy pone rumbo a dos meses en África, Tamara se propone recorrer en bici cinco países en 23 días. Y Leticia moverse como pez en el agua.

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Es como cuando te arrancas a «Oh sole mioooo» y se pone a llover, o te ves solo, agarrando bien la cintura de tu copa, en medio de las lentas. Basta decir que tu verano no tiene plan para que afloren parapentes y viajes sorpresa, de esos que curten (y no de sol), de los que no le van flojos a la palabra aventura. «A mí me gustan los retos», dice Tamara. Ella tiene iniciativa, bici y pareja, y este julio, el reto de recorrer en tándem con su novio (juntos, cada uno en su bicicleta) la ruta del Danubio. Ojo al cuentakilómetros: 1.300 en 23 días. Menos de un mes para echarse a la mochila cinco países: Suiza, Alemania, Austria, Eslovaquia y Hungría. ¿Nada de relaxing plan of playa y sol de la leche? «Me gusta la playa, pero si estoy muchos días así acabo aburriéndome. Yo no soy muy de viajes de resort», dice esta librera y aventurera coruñesa que partió con su novio el día 8 de Santiago, con dos mochilas, un par de alforjas y la previsión de hacer unos 70 u 80 kilómetros al día. «Pueden ser unas cinco o seis horas pedaleando», estima quien necesita conocer sitios, moverse, ver cosas nuevas. «Mi madre siempre me dice: ‘Tienes mucha prisa por vivir’. Parece que el tiempo se te escapa». El tiempo se escapa. Pero ella corre tras él.

Su tour por la ruta cicloturística más popular de Europa partió volando de Santiago el día 8 y los llevó a Zúrich dos días. Luego, siguiendo lo previsto por etapas, Tamara y David cogerían un tren a Donaueschingen. El plan está medido, «pero al final también improvisaremos. La idea es madrugar, dedicar la mañana a pedalear y la tarde a conocer los sitios en los que vamos parando, algunos son muy pintorescos». Para dormir, cuerpo a tierra y por cubierta las estrellas. Cámping. «En Alemania está permitida la acampada libre», apunta Tamara. Llevan dos mochilas, alforjas y tienda de campaña. Van con lo justo, dicen. «Cada gramo cuenta. Todo es mini, miniesterillas, minitienda, minisacos, minimochilas, jajaja… Cuanto más pequeño mejor». A su equipaje no le falta un minifuego para poder hacerse la comida sobre la marcha. «Y llevamos las alforjas llenas de Yatekomos, que se hacen súper rápido en agua hirviendo». ¡Ya te digo! ¿Quién se propuso el reto? «La idea fue de David, vio la guía del Danubio en bici y llegó a casa todo feliz. Me dijo: ‘Quiero hacerla, ¿me acompañas?’... Y le dije que sí», cuenta Tamara. Para prepararla, se compraron una bici estática y dedicaron los fines de semana a salir en bici hasta Malpica o Caión. En su tour junto al Danubio harán parada en lugares como Mathausen o Linz. Tamara hizo ya siete veces el Camino de Santiago. No hay reto que se resista a sus pies.

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POPY: «África me hace sentirme capaz de todo»

Lleva África dentro. Y al cuello, en un colgante con la forma del continente que tiene un punto brillante en Etiopía. «En África me siento yo en esencia. Aquí a veces me pasa que no me siento capaz de algo. Esta sociedad y este acelere te comen. Todo medido, planificado, urgente. Allí se vive sin reloj, allí me siento capaz de todo», dice Sofía, a quien todos llaman Popy. El alias de esta psicóloga y entrenadora de baloncesto que da clases particulares en A Coruña (sobre todo, a niños con necesidades específicas) tiene antecedentes familiares. «Ya en mi familia algunas Sofías eran Popys, y a mi hermano le costaba decir Sofía...». Así se quedó como Popy este ángel de la guarda que colabora con la Fundación Emalaikat. Su casa en A Coruña es también la de Yohannes, el chico africano que fue operado in extremis en mayo en el Hospital San Rafael.

El verano es, más que un reto, una necesidad para Popy, que lleva cinco yéndose a Etiopía. Habla con la fuerza que dan las ganas de cambiar el mundo. Y piensa en euros y en birrs, la moneda etíope: «Si mis padres me dan 20 euros, hago el cambio automático, 533 birrs». Pero el viaje a África se lo paga ella. Cuando el verano llega a Galicia, Popy se va al invierno. Esta vez dos meses largos. «Eso de Etiopía sol y calor, en julio es mentira. Encuentras lluvia y frío. Tienes que llevarte el forro polar y las katiuskas», asegura. Pasado el San Juan en A Coruña, arranca el viaje. «Tengo mis 15 días aquí de playa, de sol, de amigos, de fiesta... Eso me llena solo quince días». Luego, el cuerpo pide marchar a otra realidad en la que hay gente que, gota a gota, va cambiando las cosas. «Yo no puedo decir que quiero un mundo mejor y quedarme en el sitio. En la vida hay que empaparse», dice Popy, que ve su trabajo como voluntaria con las Misioneras de la Comunidad de San Pablo Apóstol «no como un acto altruista, sino como una forma de poner los pies en el suelo».

En Etiopía tiene una parte grande de su historia (más en calado que en tiempo), amigos, segundas madres, vivencias que han cambiado su forma de ver las cosas. «A veces piensas que cuanto más das con menos te quedas. Allí aprendí que cuanto más das más recibes. Es bonito ver salir a la gente adelante», dice. «En Etiopía tener gemelos significa elegir, si ya cuesta mantener a uno imagínate a dos. Una vez nos fuimos a un lugar remoto del valle de Angar Guten, dimos con una familia que ya había elegido entre sus gemelos, uno era fuerte y grande y otro pequeñito y estaba desnutrido. Les dijimos que podíamos intentar que los dos saliesen adelante, plantamos un huerto y quisimos convencer a la familia. Y no se lo creían, no se lo creían... Ahora esos dos hermanos han salido y son fuertes. Y se corre la voz: No hay que elegir».

¿Le cuesta adaptarse? «Te adaptas, es fácil cuando tienes las necesidades básicas cubiertas. Lo que haces no es una heroicidad, es sentir ‘Qué suerte tengo’. Nosotros queremos que allí las necesidades básicas estén cubiertas, y la primera es el agua. Porque si tienes agua puedes cocinar, puedes beber, prevenir enfermedades. Si hay agua las niñas no tienen que irse 7, 14 o 20 kilómetros a por ella y pueden ir a la escuela. La educación lo cambia todo», explica y advierte que Etiopía es el único país no colonizado de África, con su lengua y su religión propios, y «ahora empieza a emerger una clase media implicada en política, con muchas ganas de cambiar el país».

¿Le cuesta volver? «Sí, me cuesta desvincularme, pensar si este es mi lugar o no es mi lugar», cuenta. En África vio peligrar su vida y dio vida. «Tigist, una mujer de 50 años, me dijo: ‘Tú eres la madre que nunca tuve’». ¿Qué hizo por ella? «A veces solo se trata de hablar. Estar. Estar pendiente. Preguntar: ‘¿Cómo estás?, ¿cómo están tus hijos?’», dice.

Sus memorias de África tienen más de Ébano y el Medio sol amarillo de Chimamanda Ngozi que de Isak Dinesen. Quizá algún día se anime a escribirlas. Y cuente cómo aquí y allá se parecen los niños cuando juegan, o en el tonteo en la adolescencia. O cómo una voluntaria de 20 años puede sentirse «la inútil del equipo al ver cómo una niña de 7 años corta patatas y zanahorias con un sacho, otra de 14 pone a hervir agua para cocinar y otra de 17 hace la limpieza». Este septiembre Popy celebrará el 2010 en Etiopía («Tienen otro calendario, van siete años por detrás», explica), donde todo es presente y tiene futuro.

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LETICIA ROCHA: «Quiero aprender bien los estilos y a respirar porque me ahogo»

A priori pasarse un verano dentro del agua no suena mal. No es exactamente el reto que se ha marcado Leticia, pero el suyo tampoco pinta mal. Lleva dos semanas en un curso de iniciación de natación en la Casa del Agua con el único objetivo de aprender a nadar. «Me cansé de no saber nadar bien, de ir a la playa y ver como la gente nadaba bien y yo agotarme», explica esta vecina de Salvaterra do Miño, en Pontevedra, que reside en A Coruña.

Para no prolongar esta situación ni un segundo más, se apuntó a este curso intensivo de un mes al que va dos veces por semana para aprender sobre todo cómo se hace la respiración en el agua «que se ve no aprendí bien cuando era pequeña».

En lo que lleva ya ha notado mejoría, y está deseando que llegue agosto para poner en práctica todo lo aprendido en la playa. «En la piscina es más fácil porque no hay olas, pero el agua del mar me sienta muy bien, incluso para la piel». Le queda pendiente el buceo, pero eso para el verano que viene, que por lo menos por el norte todavía estamos esperando este.

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