El engaño (carísimo) de la homeopatía


Una gaseosa. Este era el tratamiento que se le prescribía a aquellas personas que salían de la consulta del médico. Muchos acudían a él empujados por la desesperación de un pronóstico fatal e irreversible. Les tranquilizaba su título y su juramento hipocrático, un confuso disfraz que maquillaba lo que de verdad sucedía en aquel piso de una villa gallega a finales de los ochenta: una estafa terrible que nadie perseguía y que jugaba con el quebranto que a todos nos produce la enfermedad. Muchos compartían con el tramposo desarreglos menores, cosas de piel o problemas de huesos. La gaseosa no parecía una solución amenazante y el placebo hacía el resto. Pero hubo otros casos. El de una niña desahuciada por una leucemia mortal. La gaseosa sustituyó a los cuidados paliativos y la cría murió sin el consuelo que la ciencia puede conceder a una agonía.

La explosión de la ciencia no ha acabado con los curanderos. Ciudadanos informados que vigilan con detalle las etiquetas del supermercado, que se procuran una vida sana y alejada de riesgos les entregan cada año en España unos 60 millones de euros a estafadores que se denominan homeópatas. Usted puede sacarse el título en cinco minutos por Internet, enmarcarlo y disponerse a hacer caja. Hay que concederles un mérito: que hayan colado un discurso tan desquiciado. Se estableció a principios del siglo XIX, cuando la medicina era una ciencia en pañales que ni siquiera disponía de herramientas básicas como la penicilina. Christian Friedrich Samuel Hahnemann decidió que lo similar curaba lo similar; que la eficacia de un principio activo se sustentaba en su dilución infinitesimal, hasta su desaparición, y que el agua tiene memoria. Con estos presupuestos, un homeópata le puede colocar agua con azúcar a precio de beluga. Le entregará algo parecido a una receta, comprará el bálsamo de Fierabrás en un establecimiento que hemos aceptado que se llame parafarmacia y tendrá el aspecto de un medicamento que haya sido sometido al largo proceso que antecede a la comercialización de un fármaco: una caja diseñada para engañar, un prospecto redactado para confundir y un blíster idéntico al del paracetamol. Con semejante artefacto en las manos, hace un tiempo asistí a un suicidio homeopático, una irónica, descarnada y eficaz demostración de la engañifa: el suicida se ventila una caja del «medicamento» y espera resultados que nunca llegan. Una sobredosis de lentejas tendría más consecuencias.

Cualquiera de los medicamentos que conforman el arsenal terapéutico actual ha tenido que superar años de pruebas y millones de euros en inversión científica. Investigaciones exploratorias, ensayos preclínicos, estudios clínicos en varias fases y un largo proceso burocrático con el que se quiere garantizar que un fármaco es eficaz y seguro. Nada de esto sucede con esos productos que salen del despacho de un homeópata, charlatanes que hacen caja con los desvelos que nos produce la enfermedad y que han medrado gracias a la complacencia de universidades y administraciones encargadas de velar por la salud de todos y a los desajustes de una sanidad pública que no siempre atiende al paciente como merece. Nunca un poco de agua fue tan cara.

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ILUSTRACIÓN:

MARÍA PEDREDA

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