Solteras de oro

ELLAS BRILLAN SOLAS La edad no frena a estas mujeres que disfrutan a tope de la vida... y de su tiempo. ¿Y si detrás de una gran mujer no hay ningún hombre? Hablamos con tres.

A sus 66 años, Chus sigue trabajando. Tiene demasiada energía como para no saber qué hacer con ella. «Yo soy de las que me quedo un año más porque quiero», dice contenta la primera de nuestras solteras de oro. Ella rebosa vitalidad hablando de su día a día. «Trabajo, salgo todo lo que puedo, viajo todo lo que puedo, voy a cenar, a bailar...», dice Chus sin ocultar lo bien que se siente. ¿Y sola? «¡No!, yo sola no voy a ningún lado. Salgo con otras dos amigas que no tienen pareja. Fuimos a Portugal, a Andalucía... Fuera de aquí no, porque tengo un poco de respeto y no controlo de idiomas».

EN VERANO, A BENIDORM

Lo que tiene más claro que el agua es dónde pasar las vacaciones de verano: «Siempre las paso en Benidorm porque allí hay playa, marcha y baile, que es lo que me gusta. De hecho ahora en junio me voy diez días y cuando me jubile, si puedo, paso el inverno allí», asegura de lo más convencida. Desde luego, no hay quien le frene. Esta misma noche se va de baile de disfraces: «Tengo dos, uno de pirata y otro de dama antigua», apunta. Con semejante libertad, ¿cómo vería Chus vivir en pareja? «¡Ay no! Tengo muchas manías. Para vivir en pareja ya llegamos a una edad que no. Yo soy libre como las palomas», responde a carcajada limpia.

Entre sus múltiples actividades, Chus probó alguna que le ayudó, incluso, a superar algún que otro miedo. «Fui a natación para aprender, porque le tengo pánico al agua. Me quedó el miedo en el cuerpo una vez que me tiraron de una barca. Al final aprendí, y hasta me tiré de cabeza, ¡eh!», exclama. Antes pasó por el gimnasio, «pero acabé quemada» y, por supuesto, fue a baile de salón. «Que bailo muy bien, aunque parezca que no». Ahora se pega cada caminata de aúpa. «Hago entre 7 y 10 kilómetros diarios a una velocidad», asegura. Para eso sí que prefiere ir sola: «Así puedo ir a mi ritmo, porque voy con otra y si camina a otro ritmo, sufro».

A estas alturas, a esta mujer solo le queda una espinita: irse de crucero. «No pude hacer ninguno por ese pánico mío al agua, pero lo quiero hacer en cuanto me jubile. Aunque por el Mediterráneo... mejor que el mar esté tranquilito», dice entre risas. Chus tiene muy claras las ventajas de vivir en modo single: «No es que mis manías sean raras, pero si un día no me da la gana de hacer la cama, pues no la hago. Y después... ¡Dormir sola es un placer!». Claro que lo es, pero aún así la cabra tira al monte: «Sacadme guapa en la foto, a ver si de esta me sale novio», nos dice. A mandar.

«¡Para qué quiero a un señor a mi lado!»

Dice que tiene un carácter fuerte. «No me corto, así soy yo», confiesa María Valiño. El 31 de enero cumplió 65 años. Toda una vida de experiencias en Madrid, Barcelona, Marbella y ahora Miño. Una vida soltera y feliz, con momentos buenos y otros no tanto, pero contenta de haber tomado una decisión: ella viviría su vida, a su modo y «sin depender de nadie». «¿Conoces el refrán de el que viene no conviene y el que conviene no viene? Pues así fueron mis amores», sonríe. «Siempre tuve mucho carácter y, aunque fui enamoradiza y tuve mis novios, nunca necesité un hombre que me mantuviese. Así que en lugar de vivir al lado de una persona con la que sabía que acabaría chocando y discutiendo, preferí emprender mi propio camino». María Valiño se volcó en su trabajo y en vivir la vida. «Pero en trabajos que me gustaban. Como nunca tuve ninguna obligación ni tuve que trabajar para cuidar de nadie, todo lo que hice fue porque me gustaba y lo disfrutaba». Sus ocho horas en la oficina eran para enriquecer la mente y divertirse, «pero no para sufrir». Tocó de todo, de la contabilidad al sector inmobiliario.

Durante su etapa en Madrid, en los 80, sus fines de semana eran para viajar. «Me iba con mis amigas y mis amigos por ahí, a Salamanca o cualquier otro lugar de España. ¡Lo conozco prácticamente todo! Creo que solo me quedan Almería y Huelva por visitar». En los 90 regresó a su tierra natal, Miño, para ayudar a cuidar a varios familiares muy cercanos que cayeron enfermos. «Pero intenté aprovechar mi tiempo aquí para seguir haciendo cosas». Se apuntó a clases de inglés y de manualidades y fundó un grupo de teatro. «Es muy bueno para la memoria y para desinhibirse». Todos los días queda por la mañana para tomar un café con tres o cuatro amigas. «Estamos hora y pico hablando, pero no somos de cortar trajes», bromea. «Me gusta mi vida, no tengo que darle explicaciones a nadie y veo que hay personas ya mayores que están deseosas de estar con un hombre. ¡Para qué quiero a un señor a mi lado, con lo bien que se está sola! Tengo una vida plena, no necesito nada más!».

«Nunca pensé en el traje blanco y la iglesia»

«Tuve chicos y así, pero no. Yo nunca pensé en el traje blanco ni en la iglesia, como piensan todas las mujeres». A Marien García Lastra le sobra sentido del humor y lucidez. Pontevedresa de adopción e hija de militar, a sus 90 años cultiva aficiones que podría compartir perfectamente con sus nietos. Si los tuviera. Porque decidió no casarse ni tener descendencia. Y lo hizo por una razón muy sencilla: «Porque no me enamoré, claro, si te enamoras no importa nada, porque el amor mueve montañas», confiesa con la misma dosis de romanticismo que de realidad. No lo dice por quedar bien, sino porque lo piensa, como casi todo lo que cuenta desde el sofá de uno de los salones de su casa. Lleva unos días resfriada, pero eso no le va a impedir terminar de arreglarse unas horas después para poner rumbo al Liceo Casino a jugar su partida de bridge, uno de los deportes de estrategia más complicados. Lo hace dos días a la semana y no suele fallar. Gana con frecuencia, aunque ella le resta importancia. Dice que todos sus compañeros de pools la tratan demasiado bien, y ella cree que es porque es mayor. Ellos la contradicen.

Marien presume de que disfruta el fútbol como pocas otras cosas. Si son del Barça, más. Además de las tres horas diarias que dedica a los naipes, leer el periódico le quita, como mínimo, otra más. Dice que no es por la política, que a veces se la salta, pero que aprende mucho: de infraestructuras, descubrimientos científicos... de todo.

Marien sacó las oposiciones de Hacienda con 18 años y, aunque tuvo varios pretendientes «dos o tres, pero uno no me gustaba, a otro no le gustaba yo... Uno sí me gustaba bastante, y estuve bastante con él; y el otro me perseguía mucho pero no me gustaba nada, y eso que era fiscal». Así que «le escapaba». ¿No le insistían mucho con lo de casarse? «No te creas, porque yo no lo consentía. Decía: “no me caso porque no quiero”». Y habla de los muchos viajes que hizo con Conchi, su hermana y amiga. Y es imposible rebatirla. 

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