Me has pillao con el carrito del helao

Noelia Silvosa, Cándida Andaluz

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MARCOS MÍGUEZ

LOS MÁS BUSCADOS Cada verano nos lanzamos a por los mismos heladeros. En cada ciudad los carritos son diferentes, pero en todos hay un rey indiscutible: El helado exprés.

23 jul 2016 . Actualizado a las 13:54 h.

Ellos tiran del carro. Haya ola de calor o no, están ahí, en su cubículo, esperando a que salgamos de la playa o nos apetezca refrescar nuestro paseo dominguero. Son la señal inequívoca de que ha llegado el verano. Año tras año, salimos a buscarles. Y les encontramos en sus rincones de siempre. Hablamos con un clásico de A Coruña, Sergio Gallego, el artífice de los emblemáticos helados La Ibi. Lo pillamos en faena en plenas fiestas de Vilaboa, en el concello coruñés de Culleredo. Allí atiende con una sonrisa de oreja a oreja a los muchos que hacen cola para comprar uno de sus helados. Tiene muy claro lo que más vende: el helado exprés. «Ayer a las cinco de la mañana los vendía como churros», apunta. Pero, ¿por qué muchos vamos como locos a por el helado de máquina?

Él responde: «Porque se hace al momento y es como tomarse un batido de vainilla y chocolate. Es cinco o seis grados menos frío que el helado de bola, y eso hace que sea también más cremoso. Además, tiene un sabor más suave». Resulta paradójico que su mujer, Pura, no pueda venderlo en A Coruña. Allí el Ayuntamiento ha prohibido el furgón a los heladeros ambulantes, por lo que cada día tiene que tirar del carro, pero literalmente. Y ese carro no soporta el peso de la máquina que hace posible el helado exprés. Tampoco puede vender agua, refrescos ni chucherías, lo que levantó la polémica en la ciudad y les ha costado un disgusto.

LA IBI Y SU HELADO EXPRÉS

Pero a Sergio lo cogemos en otro municipio en el que sí puede despachar al fresco de su furgón. Y son muchos los que se alegran de poder disfrutar del ansiado helado exprés. «La gente llega y me dice: ‘¡Menos mal que te encontré!», señala divertido. Obviamente, no pierde la oportunidad. Ni las ganas, y eso que a sus 71 años lleva desde los 13 vendiendo helados. Esa experiencia hace que sepa muy bien qué sabores triunfan más. «De los helados de bola los que más vendo son los clásicos: vainilla, chocolate, fresa y nata. Y eso que tenemos otros como el de pistacho, el de tuti fruti o el de ron con pasas, pero nada. Los que quiere la gente son los de siempre», indica.

Aclarado esto, nos entra la duda. ¿Cucurucho o tarrina? Claro está. Cucurucho, «porque la gente quiere barquillo», explica Sergio, que añade que vende menos polos, aunque los que salen son también los más clásicos: «Los de limón o los de figuritas para los niños». Pero los dueños de la Ibi no viven solo de helados, y en invierno se reinventan con la castaña. «A ver este año si nos dejan», refunfuña el heladero.

Sergio es, ante todo, un veterano de este oficio. «Cuando yo era niño, en vez de ir a la escuela nos mandaban a trabajar. De aquella ganaba 35 pesetas y ya era un dineral, y luego a dormir a la palleira», cuenta este hombre que confiesa que si por él fuese, ya estaría jubilado: «Aguanto un poco más por los hijos. La heladería está ya a nombre de mi hija, y espero que sean ellos los que se queden con todo este negocio». Lo que ha conseguido le ha costado sudor y lágrimas. Por eso ve con resignación una prohibición que no solo les ha quitado el furgón en A Coruña, sino que también les impide vender nada que no sea helado. «Ahora llegas a la Torre de Hércules con sed y no puedo venderte un agua, ni chucherías a los padres que llegan con niños», lamenta. Pero a Sergio nada le borra la sonrisa. Y allí donde puede vender el helado exprés, lo hace con alegría. Sabe que cuenta con el cariño de la gente que, generación tras generación, sigue comprándole en verano. A él no es el único al que buscan.

UN CLÁSICO EN SANTIAGO  

XOÁN A. SOLER

Santiago tiene a su propio heladero de cabecera. Ese es Manuel Prieto, el emblemático Manolo de La Imperial. Y lleva mucho tiempo apartando su carrito en Porta Faxeira. Concretamente, 49 años. Aunque no lo aparenta, él tiene 63. «Cuando me dicen: ‘Por usted no pasan los años’ yo siempre digo: ‘¡No, que se quedan!’», exclama entre risas. El heladero más famoso de la capital compostelana dice que La Imperial está también en la Alameda, donde su hijo se hace cargo del carrito.

Sin embargo, Manolo aún no piensa en jubilarse: «Cuando lo haga no será por la edad. El día que vea que la cosa empieza a flojear habrá que dejarlo. Pero hasta que el cuerpo aguante... ». Y vaya si aguanta. Al igual que Sergio, Manolo pasa el invierno vendiendo castaña. «¿Y cómo lleva el frío de las Navidades y el calor de estos días?», le preguntamos. «Te acostumbras y ya está. Cuando hace frío casi lo prefieres porque el carrito ya echa calor y te aclimatas. Cuando estoy con las castañas no cojo un catarro. Lo cojo cuando paro dos o tres meses en casa con la calefacción hasta que voy con los helados. Te haces inmune», cuenta.

En Porta Faxeira, Manolo recibe a padres e hijos casi a diario. «La gente no va a comprar el helado a La Imperial, se lo viene a comprar a Manolo», asegura. No vende helados exprés porque su carrito también es de ruedas -«en Santiago nunca nos dejaron estar con los furgones», indica-, así que los sabores que más vende son también los clásicos: «Vainilla y chocolate». Eso sí, el heladero vive con resignación la cantidad de heladerías que se le pusieron alrededor. «Abrieron hace dos años una de helados de yogur, y a raíz de ahí ya lo hicieron otras dos más. Ahora estoy rodeado de competencia, así que lo que me salva es la clientela fiel. Los que vienen de fuera ya se paran muchas veces en la primera que ven», señala. Venga quien venga, Manolo tiene claro que seguirá haciendo su helado artesano. Sigamos hacia el interior.

LA IBENSE, UNA INSTITUCIÓN 

Antonio Cortés

La Ibense es toda una institución en Ourense. Hace más de seis años cerró la heladería en la calle del Paseo. Y con ella miles de anécdotas. Parte de la historia de la ciudad. Hace algo más de un año, Gonzalo Carballeda cogió el relevo en A Valenzá, concello de Barbadás, pegado a la capital ourensana. Una de sus primeras ideas ha sido recuperar el carrito del helado de la Ibense. Lo primero que pensó fue en ponerse en contacto con Óscar Yáñez Anta. Trabajaba en una tienda de enmarcación y Gonzalo quería recuperar el carrito antiguo de La Ibense, el que todavía se puede ver en algunas fotos. Así que Óscar se puso manos a la obra. Lo construyó él mismo, utilizando como modelo las imágenes que se conservan del carrito que recorría los barrios ourensanos hace décadas. Ya ha salido a la calle. Y está siendo todo un éxito, tanto entre los niños como entre los mayores. Tanto que su carrito ya ha recorrido decenas de eventos celebrados tanto en la ciudad como en otras localidades de Galicia. Bodas, comuniones, homenajes... El carrito de la Ibense se contrata, tipo barra libre, para el deleite de los comensales. «Está siendo todo un éxito. A todo el mundo le gustan los helados, aunque cada uno elija el sabor que más le convenga», afirma Carballeda.

Aunque su exterior recuerde a tiempos pasados, por dentro la instalación es todo tecnología. En su interior caben un total de 40 sabores y tiene un grifo con agua. Además, al helado le acompañan los cucuruchos artesanales. Para completar la estampa, un heladero perfectamente uniformado se encarga de servirlos. No sería lo mismo sin su presencia. «Decidimos coger la Ibense porque es la heladería tradicional. Y por recuperar el nombre. Pensamos que no hay nada más tradicional que un carrito del helado. Y que teníamos que adaptarlo a los tiempos actuales, así que le dimos algunas vueltas para tener un puesto en condiciones. Antes iba con hielo, pero ahora incorporamos una nevera, porque también es más higiénico», explica Carballeda, que relata que, de momento, lo mueven más por eventos que por la calle. Varias son las razones. Por una parte está el desplazamiento y el peso del carrito y, por otro, las temperaturas que en verano se alcanzan en la ciudad de As Burgas. Es difícil vender helados en la calle a 40 grados. Por falta de gente y por la salud del heladero, entre otras cosas.

Al margen de lo puramente empresarial, el carrito de la Ibense tiene mucho de melancólico. «Estuvimos en eventos de food truck y fue un éxito. A la gente le encantó. Sobre todo porque la mayoría de los carritos que existen no son estéticos ni recuerdan al pasado. Pero este sí. La gente, nada más que nos ve, se acerca sonriendo. Nos sorprende sobre todo la gente mayor, que viene con sus nietos y les cuenta que antes compraban los helados cuando llegaba el carrito a sus barrios», relata. A pesar de que ahora existen cientos de sabores, subrayan que a los consumidores les siguen gustando, una vez más, los de siempre. Y que sean artesanales. Al final, a los padres les gusta que sus hijos consuman este tipo de productos más saludables. Y aunque alguno quiere probar algo especial, como mandarina, los que mandan son los clásicos: vainilla, chocolate, turrón, fresa o limón». Al final, somos unos nostálgicos.