Vacaciones

Fernanda Tabarés DIRECTORA DE V TELEVISIÓN

YES

11 jun 2016 . Actualizado a las 04:00 h.

Si hay una sensación asociada a la infancia esa es la de las vacaciones eternas. Horas infinitas en las que no pasaba nada más que el tiempo. Habría que compadecerse de quienes no tuvieron ese tipo de niñez, la de los veranos con olor a salitre y sonido de grillos. Si pudiéramos realizar la trazabilidad de algunas vidas quizás descubriríamos que las taras con las que se manejan algunos adultos se sustentan en la ausencia de vacaciones, en niñeces atosigadas a las que no se les daba un respiro.

Podríamos preguntarnos, por ejemplo, qué adultos serán los niños que hoy se amontonan como residuos tóxicos en los campos de refugiados de Europa. Críos rescatados por sus padres de la guerra y conducidos de la mano hacia un paraíso que no los quiere. Muchos han nacido en tiendas de campaña insalubres; otros afrontan un futuro sin futuro, una vida sin más perspectivas que permanecer vivos. Hay poca información sobre esos niños; sobre los que llegan solos a Europa; sobre los que son asesinados; sobre los seis mil que indican las oenegés que han desaparecido, que se han esfumado sin que nadie los reclame. Me pregunto qué tipo de adultos serán los que sobrevivan. Qué harán con su rabia. Y contra quién la conducirán. Contra quién dispararán su dignidad tras haber sido tratados como material de derribo. Se puede vaticinar que en veinte años Europa podría encontrarse con una generación de jóvenes dolientes dispuestos a cobrarse tanta ignominia institucional. Y entonces el sistema se persignará y se preguntará, con el cinismo habitual, por qué tantos chicos desprecian la tierra que los acogió...

Mientras todos esos niños van creciendo, a pocos kilómetros hablamos de cuáles serían las vacaciones ideales. En Cantabria han modificado el calendario para parar una semana cada dos meses, reducir el verano, adelantar el inicio del curso y retrasar su final. Todo el sistema educativo está estos días en cuestión y algunos consideran que la mejor manera de cambiarlo es reventando nuestra gran seña de identidad: el eterno verano, esos tres meses de suspensión institucional que además de a los niños compete a los profesionales más envidiados de la tierra cuando julio se aproxima: los profesores.

Las vacaciones están tan incrustadas en lo que somos que es uno de los asuntos que más extrañeza antropológica provoca cuando se conocen sistemas diferentes. En febrero, el Gobierno japonés decidió obligar a los ciudadanos a disfrutar por decreto de al menos cinco días de sus vacaciones pagadas. Preocupado por las consecuencias físicas y mentales de una dedicación laboral casi patológica, el Ministerio de Trabajo detectó en una encuesta que de los 18,5 días de descanso que los japoneses tienen cada año solo disfrutaban de la mitad.

No hace falta irse a una cultura oriental. En Estados Unidos, referente cultural de Europa para tantas cosas, hasta un cuarto de los trabajadores del sector privado no tiene vacaciones pagadas. Lo habitual es que las empresas concedan entre cinco y quince días libres remunerados. Sucede en virtud de una cultura del trabajo opuesta a la nuestra y sustentada en una reliquia normativa del año 1938 que considera las vacaciones pagadas un beneficio y no un derecho.

Así que ni japoneses ni americanos han sido instruidos en esa cultura. Y eso imprime carácter.