Tacones o a la calle

Fernanda Tabarés DIRECTORA DE V TELEVISIÓN

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Describe Stephen Zweig en su imprescindible autobiografía El mundo de ayer la jubilosa y despreocupada existencia de sus paisanos vieneses a finales del siglo XIX. Aquellos días, la civilización parecía haber alcanzado un punto de no retorno y las preocupaciones generales giraban en torno al cantante que protagonizaría la temporada de ópera. Zweig formaba parte de una familia de judíos a los que el trabajo y la seriedad fue acomodando en una posición desahogada de la que nunca presumieron. El mundo se sustentaba en la seguridad, en la convicción de que todo transcurriría como estaba previsto que lo hiciera. Una de las conclusiones básicas del libro tiene que ver con el destino de las generaciones: unas inscriben sus vidas en un entorno plácido en el que nada malo acontece; otras entran y salen del infierno con una facilidad imposible de imaginar para los anteriores. Según muchos, en ese pliegue histórico andamos ahora. Europa ha vivido en estos años las décadas más prósperas de su historia. La sensación de que las cosas transcurrirían básicamente bien ha sido compartida por millones de personas, para quienes los conflictos graves han durado los tres minutos exactos que ocupaba la pieza que se le dedicaba en el informativo, antes de la información meteorológica. La gran recesión, la corrupción, el ascenso de la ultraderecha en el corazón de Europa, el desprecio con el que estamos tratando a millones de seres humanos que huyen de guerras que nosotros hemos alimentado, el desdén con el que transigimos ante la tragedia humana que se vive a diario en el Mediterráneo parecen indicar que el futuro puede estar preparando un abismo como el que vivió Zweig y que de forma tan brutal describe en sus memorias. Pero mientras ese reverso de la realidad colectiva no se constata, y aunque millones de seres humanos ya viven en Europa en el infierno, sigue habiendo indicios de que este es un lugar en el que la placidez tiende todavía a ser estructural, aunque sea por comparación.

Nicola Thorp, una joven británica de 27 años, puede conseguir que el Parlamento inglés debata sobre un asunto fundamental: el uso de zapatos de tacón en las empresas. La mujer fue contratada como recepcionista en la sede londinense de la empresa PwC y despedida de forma fulminante por usar calzado plano. Más de cien mil personas exigen a estas horas con su firma que sea modificada la legislación del país que permite que las compañías fijen un dress code discriminatorio. Aportan incluso argumentos médicos que concederían ventajas a los hombres: caminar sobre frágiles estructuras de varios centímetros tiene consecuencias negativas para la salud de la mujer que los varones no sufren, con lo que su desarrollo profesional puede ser más sólido. En España se planteó hace unos meses una demanda similar que fue ganada por la reclamante. En julio, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid declaró «discriminatorio» obligar a las trabajadoras a llevar zapatos de tacón. Una guía de Patrimonio Nacional había sido suspendida de empleo y sueldo durante seis meses por negarse a utilizarlos. Según la justicia, este adminículo que popularizó la corte del Rey Sol, «es innecesario y no solo no aporta ningún beneficio ni ventaja, sino que, por el contrario, puede perjudicar la salud de las trabajadoras».

El ?heelgate? ha ocupado estos días un lugar destacado en la prensa inglesa, compitiendo con las amenazas del Brexit. Todas las iniciativas que consiguen disolver la discriminación que sufrimos las mujeres son imprescindibles y necesarias. Es reconfortante pensar que, aunque los nubarrones crucen el cielo, todavía vivimos en una sociedad que debate sobre la altura de los tacones.

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