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Fernanda Tabarés DIRECTORA DE V TELEVISIÓN

YES

Cada vez que un aparato reclama una contraseña un golpe de calor amenaza tu metabolismo. Apenas quedan ya dispositivos a los que no haya que acceder con un código que el canon indica debe incluir números, letras, mayúsculas, minúsculas y, a este paso, tu código genético, la matrícula del coche y la fecha de tu primera menstruación. Sin duda hay dos actividades que modelan la complexión del ciudadano del 2016: la capacidad para separar bien la basura y la memorización y construcción de santos y señas destinados a mantenernos seguros en un mundo lleno de agujeros en el que una se pone a hacer la declaración de la renta por Internet y se encuentra sin querer con el borrador del cuñado. Para averiguar en qué cubo de basura hay que meter cada residuo es conveniente haberse estudiado antes la teoría de cuerdas o explorado el misterio de los fractales, pero es muchísimo peor concebir contraseñas para todos esos ansiosos aparatos que nos miran a la cara desde sus bits diciéndonos: «¿No serás capaz de poner 1234 o inicio?».

Si una se deja llevar por la ortodoxia de esta nueva esclavitud tendría que almacenar en su cabeza un número casi infinito de códigos y vivir con la ansiedad de olvidarlos cuando más los necesite. Por no hablar del dibujo psicológico que representan. Si Freud hubiese tenido a su disposición los «pin» de sus pacientes los hubiese añadido a chistes, lapsus, actos fallidos y sueños como indicadores del subconsciente reprimido y de todo tipo de perversiones sexuales construidas durante la niñez. Hay, de hecho, psicólogos que son capaces de determinar qué tipo de persona eres en función de la contraseña que utilizas. Si tiendes a poner el nombre de aquel perrete que tuviste de niño o la fecha de nacimiento serías una tipa familiar tirando a conservadora; si eres más de «messi5» probablemente seas un joven que sueña con la fama y el dinero; aunque sea difícil de creer, hay quien despliega su petulancia en un código de letras tipo «sexy» o «semental» y unos pocos que cumplen con lo indicado y trasladan su intrincada forma de entender la vida a combinaciones tan crípticas que no las adivinaría ni el oráculo de Delfos asistido por el MIT.

Si todo esto parece una exageración, recojo aquí las características que deben cumplir las contraseñas según la recomendación oficial de los que saben de esto. Atención: tienen que tener ocho caracteres como mínimo; no contener su nombre o el nombre de usuario; no ser una palabra o nombre común; ser significativamente diferente de otras contraseñas anteriores; tener al menos un símbolo entre las posiciones segunda y sexta y estar compuesta por caracteres de cada uno de los siguientes tres grupos: letras (mayúsculas y minúsculas); números y símbolos. El resultado sería algo como Lgm&f776lpplr&&. Facilísimo, teniendo en cuenta además que lo fetén es que usemos combinaciones diferentes para cada uno de los entornos en los que se nos reclama identificación. Hace unos meses, en una entrevista televisiva, se le preguntó a Edward Snowden por la contraseña perfecta. El exagente de la CIA acababa de advertir que los códigos son el eslabón débil que permite hackear sistemas informáticos. Advirtió que nunca deberían tener menos de ocho caracteres y añadió una serie de recomendaciones que nos llevan a la complicada propuesta anterior. Pero, atención al password que propuso: margaretthatcheris110%SEXY. Porque la nueva generación de claves informáticas deberían, además, ¡ser creativas!