La revuelta de la menstruación

Fernanda Tabarés DIRECTORA DE V TELEVISIÓN

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Si es usted una mujer en edad fértil, sepa que cuando deje de tener la menstruación habrá destinado mucho más de veinte mil euros a la higiene íntima que requiere este proceso natural que pasan todas las féminas entre los 12 y los 55 años de vida y que, entre otras cositas menores, indica que la especie sigue teniendo capacidad para reproducirse. Puede que la cantidad no estremezca a muchos, pero al margen del número es uno de esos semáforos que alertan sobre tantas cosas inexplicables que competen a las mujeres.

Porque por algún motivo que es muy difícil de entender y más complicado de aclarar, tampones, compresas y el resto de arsenal que permite abordar las consecuencias del período de una manera civilizada están fiscalmente penalizados, quizás para sofisticar aquella maldición divina de parirás a tus hijos con dolor, que a estas alturas de la historia habría que completar con un «y pagarás los támpax como si fueran un artículo de lujo». Así los considera, de hecho, nuestra legislación y nuestros políticos que, con la excepción del BNG y de Izquierda Unida, viven ajenos a la revolución que se está montando en medio Occidente y que ha sido bautizada como la revuelta de la menstruación.

Una red digital que también cuenta con activistas españolas y que tiene alcance europeo intenta desactivar una penalización que parte del año 73 y que en el fondo bebe de un lamentable atavismo que castiga, con sutileza o sin ella, todo lo que tiene que ver con la regla por sucio y desagradable. Ya hemos contado aquí mismo la censura ejercida en las redes sociales contra iniciativas de arte social que pretendían probar cómo reacciona el sistema ante un proceso natural que, eso sí, solo compete a las mujeres. Hace unos meses Instagram censuró una inocentísima fotografía de Rupi Kaur en la que se percibía el rastro que la menstruación había dejado en su pijama. 

Cosas como estas están también detrás de esta tributación que ha empezado a revisarse en países como Francia. En noviembre pasado, el Senado reducía la tasa tampón del 20% al 5,5%, solo medio punto más que el tipo de IVA que se aplica en Gran Bretaña a estos productos, en donde la batalla se centra ahora en conseguir que las compresas dejen de pagar impuestos, al igual que sucede ya en Canadá, en donde el estado renunció a ingresar los 36 millones de euros anuales que le reportaba la tributación de todo este material, de uso obligatorio para las señoras.

Pero para demostrar que todos estos debates no son tan fáciles de zanjar, a las abolicionistas de la tasa támpax les ha salido una alternativa por la izquierda, muy presente, por ejemplo, en Gran Bretaña. Allí, economistas progresistas alertan contra el aroma neoliberal que en realidad desprende toda reducción impositiva y se muestran a favor de establecer un sistema de compensaciones posteriores en lugar de afrontar una rebaja fiscal. Sea como sea, lo cierto es que el impuesto de la menstruación se suma a lo que más genéricamente se ha bautizado como tasa rosa, una realidad que se puede constatar con una simple visita al supermercado en donde se comprobará que los mismos productos tienen precios diferentes si van destinados a hombres o a mujeres. Obsérvese, por ejemplo, la diferencia entre las cuchillas de afeitar rosas y las azules, o entre un corte de pelo de hombre y uno de mujer.