JE NE SAIS QUOI Ese no sé qué de las actrices francesas va más allá de su belleza, de su talento, de sus carreras. O quizás es una mezcla de todo ello. Como una de las grandes, Jeanne Moreau, que hoy cumple 87 años con la misma sonrisa que atrapó a Jules. Y a Jim
28 ene 2016 . Actualizado a las 11:15 h.Ellas saben algo que las demás no sabemos. Mírenlas. Son delicadas, son flacas, son hermosas, tienen el pelo perfectamente despeinado, tienen ojeras y ese aire de caminar por el mundo como si nada. Pueden ser feas, o guapas. Enormes actrices, o algo menos. Pero esconden algo... miren a Juliette Binoche, puro allure, ¿verdad? Pues es capaz de hacerle un MOI NON PLUS salvaje en un portal a Jeremy Irons. De pie. Con un abrigo y unos zapatos ideales, sí. Despeinándose como solo ella sabe.
SI «JULES ET JIM» VOLVIERAN
Pasa desde que el cine es cine. Hoy cumple Jeanne Moreau 88 años, arrugada como solo saben arrugarse las francesas que han sido maravillosas. Si Jules et Jim levantaran la cabeza, volverían a perderla por ella, pura sonrisa, cantando Le Tourbillon como si no significase nada, volverían a correr detrás de ella, vestida de hombre, bigote pintado, pura Nouvelle Vague, casi más que ninguna.
Moreau ya bailó al ritmo de Louis Malle, como Binoche, aunque en el blanco y negro de los 50 ni siquiera las francesas podían hacer cosas en los portales con el abrigo puesto. Pero al calor y el color de los 60, tras los ojos surrealistas de Buñuel, hasta la burguesa más fría podía desnudarse, porque nadie ha sido tan belle de jour (ni de nuit) como Catherine Deneuve, que se arrugará menos que Moreau pero en esta madurez tensada por hilos subcutáneos sigue girando la cabeza y mirando a la cámara con ese aire de saber eso que las demás mortales no sabemos. Buñuel debía sospecharlo... ya dijo que era «bella como la muerte, seductora como el pecado, fría como la virtud».
De mayor quiero ser actriz francesa porque a las francesas les pasa un poco como a los de Bilbao, que nacen donde quieren. Como Jane Birkin, que era de Londres pero nadie se acuerda porque no se puede ser más de París que si se graba una canción con un abrigo marinero y Serge Gainsbourg y luego se paren dos criaturas como Charlotte Gainsbourg y Lou Doillon, que son iguales a sus respectivos padres pero igual de guapas que su madre, que me dirán que no se puede ser guapa si se lleva la nariz del divino Serge, pero se puede. Si tus padres son ellos y te haces actriz y cantas y eres musa de Balenciaga y de Lars Von Trier y además sacas discos, y tu pareja es director de cine. Tampoco Anna Karina había nacido en Francia pero Godard la puso a vivir su vida y nada volvió a ser igual. Claro que Godard era capaz de conseguir que Jean Seberg también quisiese ser de mayor una actriz francesa, y no una americana cualquiera vendiendo periódicos por los Campos Elíseos, escapando con Jean Paul Belmondo, sin aliento.
EL ARTE DE LAS MUJERES
Malle, Godard, Truffaut, Buñuel, Renoir, Vadim, Téchiné, Ozon. Parte de la culpa de la fascinación que las actrices francesas han provocado desde que los hermanos Lumière encendieron la mecha es suya. De los hombres que las dirigieron y las lanzaron al mundo, que les daban papeles bastante menos planos que los que llegaban de Hollywood. Truffaut, que lo tenía clarísimo, llegó a decir que «el cine es el arte de la mujer, o sea, de la actriz. El cometido del director consiste en conseguir que las mujeres hagan cosas hermosas. Es mi opinión: los grandes momentos del cine se dan cuando hay coincidencia entre las dotes de un director y las de una actriz dirigida por él»
Tal vez por eso las amó a todas. En el rodaje y después del rodaje, y nos hizo amarlas a todas con sus defectos que en ellas no los eran, o lo eran menos, porque Moreau-Catherine es poco menos que perfecta a pesar de la locura de vida en la que meterá a cualquier hombre que se cruce en su camino. Aún hoy, acercándose a los 90, como una pasa. Mírenla.