En los días previos a las elecciones en las que Alternativa Galega de Esquerdas se convirtió en la sorpresa de la temporada y en el preludio de un nuevo tiempo político, un desconocido Pablo Iglesias andaba por Galicia asesorando a los candidatos. La diputada Yolanda Díaz hacía pocos meses que había sido madre y el inteligente colaborador de AGE vio en los mofletes de la pequeña Carmela un mensaje político poderoso y sutil. Díaz apareció con la cría en algunos actos pero se rechazó que la foto oficial de la campaña fuera una maternidad. El miércoles, la diputada Carolina Bescansa se sentó en su escaño con su hijo Diego en brazos. Hay incluso una imagen de Pablo Iglesias con la criatura en el colo, una composición que trasciende la vocación del líder de Podemos de ayudar a su compañera de filas y que envía a la opinión pública un recado del que el joven político era perfectamente consciente. El crío apenas ha cumplido medio año y lleva encima más horas de estrategia política que un ministro. Bescansa lo sentó el miércoles en el pleno de constitución del Parlamento a pesar de que en las instalaciones del Congreso hay una guardería para que los diputados (seamos serias, las diputadas) puedan conciliar mejor. Así que todo lo sucedido desde que madre e hijo aparecieron en el hemiciclo, todos los comentarios, las reacciones, los puntos de vista, los aplausos y las críticas estaban descontados de antemano.
La pregunta es ahora, ¿para qué ha servido el gesto de Bescansa? Porque de eso hablamos, de un gesto, de un acto político extraño e infrecuente en España pero habitual en los parlamentos del norte, países en los que, como sabemos, los asuntos estos de los niños y los trabajos de sus madres transitan por otros derroteros.
Habrá quien entienda que Diego es todo un oportunismo en pañales, una manifestación de populismo, un ejemplo de lo que Podemos está dispuesto a hacer para llegar al poder. Pero si una parte de todos los minutos dedicados a analizar este gesto sirve para que alguien, en algún lugar, empiece a tomar conciencia de la heroicidad que para muchas mujeres sigue siendo criar a un hijo, bienvenido sea el oportunismo y el populismo.
Diego es, claro que sí, un gesto. Carolina Bescansa, claro que sí, está utilizando a su hijo para hacer política. Hay muchas otras diputadas, muchas otras mujeres -claro que sí- que hacen milagros para atender a sus hijos y a su carrera profesional sin exhibir en público esa pericia. Da igual. Porque uno de los grandes asuntos que no hemos conseguido resolver como sociedad tiene que ver precisamente con la manoseada conciliación. Porque muchas mujeres se sacan de la piel su independencia. Porque muchas otras tienen que elegir entre ser madres o ser ingenieras. Porque algunas hasta tienen conciencia de malas madres si entre los biberones y el consejo de administración tienen que elegir el segundo.
Todo esto estaba escrito en el semblante rechoncho del bebé Diego.