Cualquiera que haya tenido el placer de escuchar a un buen médico habrá detectado ese rictus compungido que siempre provoca en la ciencia la superchería. Muchos doctores conviven a diario con la odiosa contraprogramación de quien pretende curar el cáncer con tiritas y forrarse con la estafa repugnante de quien olfatea la desesperación ajena con la soltura de una hiena que sonríe ante la carroña.
Recuerdo el gesto indignado de uno de esos médicos atormentado por la agonía cruel de una niña sentenciada por la leucemia que sus desesperados padres confiaron a un embaucador. El sinvergüenza les prometió resolver el vacío de la medicina con unas botellitas de gaseosa que solo concedieron a la cría una muerte más terrible sin que nadie obligara al embustero a pagar por un timo tan asqueroso.
Son legión los que revisan los radicales libres de las cremas hidratantes y después confían sus dolores de columna a un viejo chocho que le aplica a las hernias discales un ungüento de hierbabuena y bosta de vaca mientras recita un salmo que suena como el resultado de la quiniela.
Hay quien se queja sin tregua de la atención y las instalaciones de un gran hospital público y emplea luego cuatro horas en llegar a un bajo infecto en el que atiende un componedor que le destroza el tobillo y le cobra de una vez lo que ha aportado a la seguridad social en todo un año.
Un cliente de uno de estos nigromantes con cuentas en Suiza, atosigado por un dolor crónico de espalda obstinado y revoltoso, viajó de Ourense a la montaña de León empujado por esa convicción proselitista que exudan los habituales de estos tugurios. El meigo, un cafre experto en enfrentar los dolores a ostias, le aplicó un tratamiento que a mi amigo más bien le supo a palizón y que le generó un cuadro febril al que por supuesto se enfrentó con un médico de la seguridad social al que ocultó por vergüenza el motivo de su calentura y el importe de cada décima de temperatura de más.
Es desoladora esta tendencia atávica a los brebajes misteriosos. De todas las cosas abominables que se supone que ha hecho Jordi Pujol la más desconcertante es la del huevo negro que la bruja Adelina, gallega de O Carballiño, le pasaba al president por la chepa. Un hombre con el Estado catalán en la cabeza y sus finanzas en Suiza, doblegado ante los consejos desquiciados de una mujer a la que Pujol ¡¡¡le concedía la capacidad de adivinar el futuro!!!
En este circo de las medicinas alternativas hemos visto de todo. Incluido algún famoso dispuesto a zamparse la placenta de su señora segundos después de que esta acometiera la expulsión vaginal de un retoño.
Por eso reconforta escuchar a un actor como Tom Hanks decir cosas como las que han salido de su boca coincidiendo con el cáncer de mama que ha sufrido su mujer y que la han obligado a someterse a una doble mastectomía: «Hay una filosofía depredadora que sucede cuando la gente sabe que tienes una determinada enfermedad, en particular si es cáncer», ha dicho el protagonista de Náufrago. «Ellos van a intentar hacer dinero de tu preocupación -ha añadido-; te presionan para que te sometas a procedimientos pseudocientíficos. Son charlatanes que simplemente intentan sacarte dinero». Pues eso.