Hacía años que en la estación de Ourense no había tanta gente. Una multitud acababa de bajar del tren y entraba en el vestíbulo hacia el aparcamiento. En apenas dos años, las viejas terminales habían conseguido perder el aspecto abandonado al que habían sucumbido dos décadas atrás, cuando algún genio entendió el progreso al margen del ferrocarril. Ese día, víspera de un largo fin de semana, el gentío operaba como una transfusión de vida en el barrio de A Ponte, construido en torno a las vías y que desde principios del siglo pasado palpitó al ritmo que fueron marcando las locomotoras.
Cientos de miles de personas han regresado al tren. Es fácil advertir una sensación compartida de satisfacción cuando se entra en un vagón y la ventanilla se convierte en una pantalla por la que pasa la vida mientras viajas. En un tren, el tiempo se detiene. Los coches de segunda clase de los Estrella que iban a Madrid en los ochenta eran una prodigiosa factoría de historias humanas, un microcosmos en miniatura con fecha de nacimiento y caducidad, un mundo minúsculo en el que todo era posible. En esos vagones, en los que se viajaba sentado durante toda una noche, seis personas entraban en un reducido cubículo, cerraban la puerta y suspendían durante unas horas su vida de siempre para entregarse a esa otra en la que el azar los había colocado. En ese tiempo podía haber amor, sexo, compasión, furia, violencia, mentiras, lágrimas, ternura y casi siempre más verdades que nunca. Cuántas personas utilizaron la intimidad casi claustral de esos vagones para mostrarse transparentes y reales. Cuántos desconocidos se convirtieron en amantes fugaces que durante unas horas creyeron que lo serían para siempre. En realidad el embrujo empezaba a disolverse a media hora del destino, cuando el alba amenazaba y la realidad llevaba el nombre de la estación Príncipe Pío, destino de los viajeros gallegos en Madrid.
Patricia Highsmith y Alfred Hitchcock colocaron a dos extraños en uno de estos trenes y los pusieron a intercambiar asesinatos. Una historia así no sería posible sin el traqueteo narcótico del ferrocarril. Absurdo imaginarla a bordo de un Opel Corsa.
Las vías del tren fueron durante años la avanzadilla del progreso. Donde llegaba una locomotora, llegaba el futuro. Y a bordo de esa prosperidad, una plataforma para poder ser humanos. Por eso entrar otra vez en una estación de tren repleta produce tanto placer. Todas esas historias que se han tejido viajando permanecen en la atmósfera. Y durante el trayecto, por un instante, es fácil pensar que todo vuelve a ser posible. Al menos hasta que se atisba el contorno de la siguiente estación.