No sin mi peluche

YES

MARCOS MÍGUEZ

SON COMO NIÑOS, o casi. Viajas con ellos, los llevas al médico y hasta los metes en la cama. Tu hijo no puede vivir sin su peluche. Y tú ya eres incapaz de no llamarle por su nombre. 

19 sep 2015 . Actualizado a las 05:30 h.

Tú creías que ibas a tener un hijo, pero no. Eran dos. Eso en el mejor de los casos. Porque hay niños -y son muchos- que jamás caminan solos. Que no salen de casa ni se meten en la cama hasta que no abrazan a su peluche, el mismo al que llamas por su nombre y que siempre, y cuando digo siempre es siempre, sabes dónde está. O eso, o prepárate para una verdadera crisis. Son como hijos, incluso como nietos. Les das todo tu amor y tus cuidados -no vaya a ser que pasen a mejor vida por un mal lavado o que se queden en una habitación de hotel-, los arropas por las noches, les pones el cinturón en el asiento trasero del coche cuando os vais de viaje. Son uno más. 

CON «TEDDY» BAJO EL BRAZO

Algunos peques ya vienen con un peluche bajo el brazo. Ese muñeco que les regalan al nacer, y que a muchos les acompaña en la cuna para no abandonarlos durante los próximos años. Pablito encarna este caso. A sus ocho años, Pablito no se separa de su osito Teddy ni por equivocación. Tanto es así que cuando se cabrea piensa en mandar todo a freír espárragos, pero con él: «¡Cojo a Teddy y me voy de casa!», exclama. Y ojo, porque el hecho de que tu hijo no sea de los que se enganchan a un peluche desde bebé no quiere decir que no lo vaya a hacer, porque el enganche aún puede estar por llegar. La hermana de Pablito, Carmen, tiene 11 años y un peluche «principal», su perrito Lolo. Pero Lolo es el principal, no el único. Suele dormir, además, con otros dos más pequeños: los archifamosos Beanie Boos con forma de animalitos (en la imagen). Así que agárrate, porque puedes juntarte con una pequeña tropa junto a la almohada. En su caso no vinieron de serie. Fue incorporándolos con el tiempo.

Luego está la tercera vía, que es la de la sustitución. ¿Que uno se pierde? Pues dramón momentáneo y a comprarse otro. Martín, el tercero de estos hermanos, tiene siete años y ya ha perdido a Osi y a Mejor Amigo. Ahora vamos por Osi Júnior, y esperemos que dure, por el bien del equilibro familiar. El tema es que los tres empezaron a lo tonto en este mundo peluche. A veces porque les vino dado y otras porque les ofrecieron el peluche incluso cuando nunca lo pidieron. Ese es el caso de Irene Seoane Casal, la niña que ilustra este reportaje y que aparece rodeada de peluches. Ella nunca tuvo la necesidad de tener uno, pero llegó su prima y le regaló un Beanie Boos. Ahora, con la broma, tiene quince. Y no solo le acompañan en la habitación, sino que alguna vez incluso se van con ella de viaje cuatro o cinco de estos pequeños animalitos. Eso sí, cada día les pone un nombre diferente. No hay tanto apego como con Teddy o con Lolo.

La psicóloga Alejandra Dotor sabe muy bien de lo que hablamos, tanto a nivel profesional como por experiencia propia (en su casa tienen a Joanna, el peluche de su hija). «El peluche es un objeto de transferencia que forma parte del juego. Ellos representan con el muñeco lo que nosotros hacemos con ellos, es como una especie de juego del espejo», explica la profesional, que añade que no hay motivos para alarmarse si el niño crece y sigue con su osito: «Nadie tiene que intervenir en esto. Es un objeto al que el pequeño le da emoción y que puede ayudarle a superar la incertidumbre en determinadas circunstancias. Es totalmente inofensivo», apunta. Queda dicho. Quien quiera llevarse bien con un niño, tendrá que pasar antes por su peluche.