El creador galego Pepe Sendón recuperó hace un tiempo la extraordinaria peripecia vital de un pariente lejano empujado a una edad prematura a las tinieblas de la emigración y convertido con los años en una figura del anarcosindicalismo americano. Si Cacheiras fuera Hollywood, Claro Sendón tendría una película de esas que contribuyen a crear identidad, pero estamos en Galicia y José Claro Sendón Lamela se habría quedado en las tinieblas del siglo XX si no hubiese sido por la indagación de su pariente contemporáneo que consiguió encajar las piezas de un sorprendente puzle. Del rebelde aventurero de Louro, hijo de Pío y de María, se podían valorar muchas cosas pero hoy aquí me interesa el origen de su aventura.
Claro Sendón nació como decimos en Louro en el 1897, cuando en Galicia la mejor manera de progresar era hacer la maleta y cruzar el charco. Él también lo hizo. Tenía 13 años. A la edad a la que nuestros hijos arrancan la educación secundaria, en el momento en el que empieza la insurrección adolescente, en ese instante en el que reclaman un móvil mejor, Sendón fue metido en un barco rumbo a América.
Su único asidero con el mundo que había conocido hasta entonces era la frágil referencia de una dirección escrita en un papel que debía indicarle la ubicación de una familia amiga en la pujante ciudad de Buenos Aires. Consumada una travesía que imaginamos intensa, localizó en la urbe a unos parientes que acabaron desentendiéndose de ese juvenil incordio. Con la mentalidad actual y con la relación que mantenemos con nuestros hijos resulta imposible adivinar qué pudo sentir una criatura de 13 años tras escuchar ese portazo; intuir la envergadura de su miedo. Hay una conmoción retroactiva que proyecta su figura en la noche platense y convierte su silueta en un símbolo dramático de lo que los gallegos hemos sido. Claro Sendón salió adelante, fue un ferviente militante político, un contumaz defensor de la causa libertaria, un escrutador refinado de la realidad americana, pero es fácil sospechar que ese abismo de soledad en el que cayó a los 13 años lo acompañó siempre.
Recuerdo a este niño de principios del siglo XX mientras leo en el ordenador la siguiente historia de un joven de principios del XXI: el juzgado de instrucción número 2 de Inca ha condenado a un año de cárcel a unos padres de nacionalidad británica que dejaron abandonado a su hijo de 17 años en el hotel en el que se alojaban. La crónica añade que los progenitores decidieron dejar el establecimiento, concluir sus vacaciones y regresar a casa. El vástago se negó a acompañarlos. Prefería seguir de juerga unos días más. Consuela saber que la sentencia quedará suspendida si los condenados no cometen ningún delito durante dos años.
Creo que cuando abandonaban Mallorca, justo antes de subir a la escalerilla del avión, con su mangallón de 17 años al frente, intuyeron la presencia de una sombra: la de un crío de Louro de 13 años que recorría solo el centro de Buenos Aires.