El día que Plutón fue despojado de su condición de planeta hubo una entrañable reacción de solidaridad con este cuerpo celeste que estos días escruta la Nasa. Hoy, los que intentan ordenar el universo con una pretensión enciclopédica quieren devolverle la dignidad a este huésped de la vía láctea, pero en el año 2006, cuando la recalificación de Plutón nos golpeó, nadie parecía pensar en el impacto sentimental de semejante decisión.
La Unión Astronómica Internacional se reunía aquellos días en Praga para afinar su definición de planeta y fue en ese ajuste fino cuando este elemento del sistema solar fue vilmente degradado y apellidado como enano. En su honor hay que hacer constar que la devaluación de esta gran bola de hielo zanjó una polémica de décadas y se aceptó tras varias jornadas febriles en las que la UAI dirimió con entusiasmo sus diferencias. Los defensores de este cuerpo descubierto hace noventa años por el científico estadounidense Clyde Tombaugh proponían sortear la expulsión incorporando a la lista planetaria a Ceres y Caronte, avistados después y poseedores de méritos físicos semejantes. Los que apenas consideraban a Plutón un gran peñasco sideral apelaron con vehemencia a sus problemas de tamaño y a una órbita extravagante cuya inclinación no es paralela a la de la Tierra y a la de los otros siete planetas del sistema solar.
Finalmente la unión astronómica fue más allá que el eurogrupo el lunes y se marcó un Plexit que tambaleó la infancia de millones de terrícolas, obligados desde aquel día del 2006 a revisar la lista clásica de los planetas, Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón. Un drama.
Cosas como estas, indican que la infancia es un territorio frágil. Si se violenta su memoria algo nos sacude por dentro. Envejecer es enviar a la papelera del escritorio cosas que siempre habíamos dado por sentadas y que de pronto se nos rebelan como prescindibles. Revisen una película antigua o un álbum previo a la usurpación telefónica de las fotografías y localizarán todos los objetos que se han ido y que por un momento pensamos que siempre iban a estar ahí.
Por eso, de vez en cuando, necesitamos pensar que las cosas que nos importaban quizás puedan ser eternas. Todo el movimiento revival que se ha creado en torno a los creadores de Yo fui a EGB indica que la nostalgia es una terapia a la que todo el mundo le gusta acudir. Cuando los años pasan lo suficiente, es fácil localizar los vínculos generacionales, aunque mientras transcurrían los años airosos tus contemporáneos fueran un potaje heterodoxo difícil de presentar como algo uniforme. Mazinger Z, la Nancy negra, el anuncio de Claro, Calvo, el payaso Fofó, los barriletes y los chicles Niña y hasta aquel birrioso Tarzán llamado Orzowei, nanananananá, pulsan un lugar en el cerebro que acaba provocando una mueca tonta en la cara y una sutil y fragilísima sensación de felicidad.
Que la Nasa se haya empleado tan a fondo con Plutón compensa el disgusto que supuso su humillación pretérita. Nuestra alma infantil, la de Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón, la que sabía que recitar los planetas era una oración que nos mantenía en un lugar seguro, se siente hoy recompensada.