¿CASUALIDAD O NO? Un grupo de jóvenes nos cuentan si es verdad esto que dice un estudio de la Universidad de Yale del éxtasis a las 34 primaveras.
09 may 2015 . Actualizado a las 18:29 h.Hay alguna edad más feliz que los 20 años? «Trabajo en la empresa familiar, estoy casada y acabo de tener un bebe! ¡Qué más se puede pedir! ¡Es la edad ideal!». Lo dice Lorena Rodríguez, coruñesa y nacida en el 81. Como ella, miles de gallegos disfrutan de la edad más feliz: los 34 años. Lo dicen ellos, y lo dice un estudio de la universidad norteamericana de Yale, que determina que es al cumplir 34 primaveras cuando estamos colmados de felicidad. ¿Por qué? Porque tenemos más independencia económica, nos sentimos más seguros y cómodos con nosotros mismos, vemos cumplido alguno de nuestros sueños y empezamos a tener planes para formar una familia.
Lorena posa para la portada de YES con un grupo de 34, entre ellos sus amigos de toda la vida. Se ven en el barrio de Elviña, el que los vio crecer. Puede que sea una casualidad o las ganas de formar una familia, como dice el estudio de Yale, pero en esta pandilla han nacido tres bebés en los últimos tres meses. El último de ellos, la pequeña Lucía, vino al mundo mientras preparábamos el reportaje. Sus padres, Ana y Jorge, abogada e ingeniero de caminos, forman parte de la feliz generación.
?Tenemos más responsabilidades, pero siempre intentamos buscar algún fin de semana para vernos y los carnavales, San Juan y la celebración de los cumpleaños son sagrados?, cuenta Marta García. A punto de entrar en la edad feliz, tiene claro lo que quiere: «A los 34 o me caso o me hago hippy!», bromea. «Me siento joven y con ganas de comerme el mundo!», confiesa, y destaca la «madurez» que da la treintena a la hora de tomar decisiones y vivir la vida: «Tenemos muchas experiencias en la chepa y eso se nota, sabemos lo que queremos». Los 34 le han permitido viajar por medio mundo y cumplir uno de sus sueños: visitar la India. «No sé si es la edad más feliz, pero puedo decir que estoy muy contenta».
Con ellos está Siva Fernández. Cumplió 34 años el 25 de abril. «Puedo afirmar que me siento en un momento feliz: tengo la sensación de que todo fluye, todo se va colocando en su sitio y que todo el esfuerzo tiene su recompensa». Casada y con una hija de dos años, esta coruñesa es una emprendedora: dueña de un centro de estética en Sada acaba de poner en marcha dos nuevos proyectos, sesiones de fotos artísticas y un atelier de maquillaje para bodas. «Estoy ilusionada». Las relaciones se viven de una forma diferente y para Siva ahora sus padres son sus mejores amigos: ?Con los 34 tenemos una tranquilidad y una estabilidad emocional que hacen que la vida sea más cómoda?. Y tanto trabajo? tendrá una recompensa: «Las vacaciones son mi mayor capricho, las disfruto muchísimo».
Siva es compañera de colegio de Alba Suárez, otra joven coruñesa que sopla 34 velas. Llevaban tiempo sin verse, pero comparten la misma idea: la madurez te da libertad. «Ahora me permito más que nunca hacer lo que quiero. A esta edad ya se tiene cierto camino recorrido en la vida, pero todavía se tienen también muchos sueños y expectativas por cumplir y tiempo por delante». Vamos, «te sientes dueño de tu vida». Para Alba, superada la barrera de los 30 «ya has tenido tiempo de tener fracasos (amorosos, laborales?) y eso hace sentirte más madura y libre para hacer lo que quieras una vez los superas». «Confío en ir mejorando mis condiciones laborales, pero estoy satisfecha en el plano personal, haciendo cosas que me motivan y con personas a las que quiero», asegura.
HAGO LO QUE QUIERO
«Dos 34 años destaco a estabilidade. Estou a gusto comigo mesmo: fago o que me apetece e disfrútoo». Marcos Torrado reflexiona sobre su edad. Después de haber sufrido de pleno la crisis económica, ahora está contento con su situación laboral: «Ter traballo dáche vitalidade». Vive con su novia, algo que no cambiaría por nada en el mundo. Lo de los hijos es otro tema. «Aínda me vexo moi novo», se ríe. Le gusta quedar con sus amigos, entre ellos Carolina Barreira, Patricia García y Borja Puñal, que posan para YES en los jardines de Méndez Núñez. «Tenemos 34 años, pero somos bailongos», bromea Patricia. Se conocen desde el instituto y tanto Patricia como Marcos han tratado de mantener unido a este grupo de amigos de Ponteceso.
Mientras se toman un café hacen balance de la situación de sus amigos: muchos están casados y empiezan a llegar los primeros niños. «Podo dicir que aos 34 anos teño de todo. Estou moi orgullosa de min mesma», reflexiona Carolina. Reconoce que «maduró» muy pronto y ha ido consiguiendo todo lo que se ha propuesto. Trabaja como administrativa, tiene casa propia y pareja. Y ganas de fiesta: «¿Cando saímos?», le pregunta a sus amigos.
«Cada un marca os seus obxectivos e as súas prioridades», cuenta Borja. Novio de Patricia desde los 15 años, ellos se adelantaron al estudio norteamericano: se lanzaron a la hipoteca hace diez años. Pasaron algún momento duro, recuerdan, pero ahora disfrutan de la estabilidad y de su hogar. «A diferenza entre os 20 e os 34 é que a medida que cumpres anos a experiencia e as vivencias danche un valor engadido e máis seguridade nun mesmo; valoramos máis as cousas», cuenta Patricia, que cree que «ós 20 vas co mundo, con 34 decides facer o teu mundo e disfrutas ao máximo da vida».
«Creo que los 30 son los nuevos 20». Ildara Losada es de Monforte de Lemos, pero vive en Ourense, donde ejerce como abogada. «Con 33 años no tenía trabajo y ahora sí, mi situación ha cambiado por completo en solo un año», relata. Entre sus amigos hay de todo, pero la mayoría «o tiene trabajo o se ha ido a estudiar fuera». Se siguen viendo, pero ahora menos: «Entre semana es difícil que quedemos. Las salidas nocturnas se cambian por una cena mensual o el vermú los domingos. La madurez y la estabilidad emocional se notan, pero la situación del país no ayuda a la hora de dar un paso más», reflexiona Chema, otro joven gallego embarcado en la aventura de los 34. Tiene pareja y trabajo estable. Para él, ser estudiante tenía sus ventajas, pero ser treintañero también mola: «En la época universitaria no tenías tantas preocupaciones ni había que pagar facturas, pero la ventaja ahora es que tienes más libertad económica que te permite hacer lo que quieras».
¿DE 0 A 100? MEJOR A 80
Posiblemente sean de las pocas pontevedresas que se atrevan a saltar para un fotógrafo en plena plaza de A Ferrería para demostrar que los 34 son una gran edad; puede que hasta la mejor. Pontevedra te es muy mirada para estas cosas. Pero ellas no, ni siquiera aunque esté empezando a llover. Carmen Rodríguez, María González, Graciela Fernández, Ana González, y Laura y Aida García Tuón Trasande (son gemelas y muy bien avenidas) son amigas desde hace muchos años, pero sus vidas han ido tomando rumbos diferentes. Cuatro de ellas tienen ya su primer hijo y eso ya es razón suficiente para convertir este en uno de los mejores momentos de su vida.
La primera en confesarlo es Carmen, extrovertida y alegre: «Tengo una niña pequeñita, y con mi marido, mi casa y mi vida en general yo creo que es el momento perfecto». Si pudiera volver a alguna otra edad lo haría directa al epicentro de la tormenta: «A los 17 porque son muy divertidos (ríe), pero la verdad es que ahora estoy contenta».
Madres o todavía no, solteras, casadas o arrejuntadas, las seis coinciden en que parte de la magia de los 34 radica en que una ve las cosas de otra manera: «Ahora estoy más tranquila. Antes me tomaba todo a pecho y me peleaba, ahora me lo tomo con más calma y pienso ?ya pasará, maloserá», reconoce María. Asienten todas. Ana entre ellas: «A partir de los 30, si tienes una relación medianamente estable, la vida se ve de otra manera, te asientas a nivel personal, laboral, emocional. Antes, cuando eras más cría, ibas de 0 a 100 en un minuto, y ahora yo voy de 0 a 50 o de 0 a 80. Además, para ser madre hay cosas que tienes que asumir psicológicamente».
Aida también cree que en la actitud está la clave: «Me siento más segura, las cosas me afectan menos, les das menos importancia. A los 20 solo te apetece que llegue el fin de semana, salir de juerga, y ahora también te apetece ver a tus amigos pero no es una necesidad». Los 34 tienen, además, la ventaja del equilibrio. «Tienes la libertad de poder hacer cosas, porque aun tienes una vitalidad que posiblemente a los 50 ya no tengas», añade.
EL PUNTO INTERMEDIO
Las que todavía no son madres también pasean orgullosas sus 34, pero aún tienen ese futuro parcialmente en blanco, el que se rellena, como admiten sus amigas, con los hijos. Las hay que, a pesar de que tienen pareja estable, no se han lanzado a por los críos. No importan las razones, porque lo que les sobra es tiempo. «Yo no creo que existan puntos intermedios, creo que te los da la vida. Pero si hubiese algún punto intermedio general para todo el mundo, los 34 sí podría ser un buen punto, porque ya no eres tan joven pero las cosas no te pillan de nuevo», dice Graciela.
Laura, la hermana gemela de Aida, también es consciente de que tienen toda la vida por delante; sobre todo, porque una vez que llega el primer hijo, la cosa cambia. A partir de los 34 quedan «muchas cosas que hacer, pero de diferente manera. Ahora con 34 sé muchas más cosas y quiero pensar que todavía me queda mucho por hacer. La vida son dos días y los quieres disfrutar, pero las cosas te importan de otra manera. Nunca pienso mucho en el futuro. Los últimos cinco años han pasado fugazmente, y cada vez el tiempo se me escapa más, se va todo mucho más rápido», dice, como pensando en voz alta, Graciela.
Curiosamente, solo un par de ellas gozan de una estabilidad laboral como solían ser las estabilidades laborales de antaño: un contrato indefinido y la seguridad más o menos razonable de que a la mañana siguiente uno seguirá en el mismo puesto de trabajo y en la misma empresa. Laura da clases particulares; sobre todo de Física y Química, pero si se lo piden da clases de Lengua o de la materia que haga falta. Lleva años haciéndolo y ya ha conseguido una clientela que le permite sonreír casi como cuando era normal tener un trabajo estable. Su hermana es auxiliar de enfermería y está más tranquila. Ana trabaja en un supermercado y confiesa que hay días en que al llegar a casa solo le apetece dormir, «pero le veo la cara (a su pequeño terremoto) y ya salgo para el parque o para donde haga falta». En el círculo hay también quien depende de las listas del Sergas, y ya se sabe que esas no ayudan a saber muy bien dónde estará uno a la mañana siguiente. Solo sabe que el día lo acabará en casa. Seguro. Con su familia.