Uno de los fenómenos más inquietantes del mundo contemporáneo es la evolución al rubio de las mujeres españolas. Salgan a la calle, entren en un cine, vayan al parlamento, da igual el contexto, comprobarán sin temor a equivocarme que a partir de los 45 ser morena es una ejercicio de resistencia. Cualquier estilista pondrá argumentos sobre la mesa para justificar este clareado masivo de las cabezas españolas. Les dirán que el oscuro original endurece los rasgos cuando los descolgamientos acechan; que las mechitas amplían los plazos del entintado capilar cuando las canas encumbran el semblante; que los caballeros las prefieren rubias (aunque se hayan casado cuando eran morenas), en fin, todo un arsenal argumentativo que debe de tener encantados a los directivos de L?Oréal, porque yo lo valgo.
En realidad, el asunto de este virado cultural al rubio merece que nos detengamos unos minutos. En el año 2002, medios tan prestigiosos como la BBC divulgaron un supuesto informe de la OMS (¡ay, los informes..!) en función del cual el gen rubio desaparecería del planeta en dos siglos atosigado por la inexorable presión de las leyes de Mendel. El asunto se trató con la misma inquietud con la que se constata que cada día se extinguen 150 especies, aunque la teoría de que los claritos eran tan recesivos que acabarían sucumbiendo al empuje vigoroso de los morochos resultó ser una patraña como la copa de un pino. Para la literatura periodística quedarán perlas como este titular de La Reppublica: «De acuerdo con la OMS, la última rubia probablemente nacerá en Finlandia durante el 2202». Así pues, no cabe pensar que esta llamativa epidemia de trigueñas con las raíces zaínas se deba a un homenaje ibérico a una especie en vías de extinción.
Una observación no científica bastante apresurada permite comprobar que la rendición de las maduras ante el rubio tiene un carácter ideológico transversal, pero es especialmente acusada en el flanco derecho de las mujeres españolas. En la foto que nos acompaña queda claro que quedan pocas dirigentes del PP morenas, con la excepción de la vicepresidenta, que apura el umbral en el que todavía se respetan los orígenes capilares. La moda constituye una especie de rendición nacional, pues el tópico español aventado por el mito de Carmen exige que la española sea morena, silvestre y arrebatada. Esto es una patochada como todos los mitos, pero algo está ocurriendo para que España sea uno de los territorios del planeta en donde más se tira de tinte clarito. Un sueco invitado a una convención del PP se preguntará si las suecas de los setenta hicieron tantos estragos o si las aborígenes de esta zona del mundo reniegan de lo que la naturaleza les tenía reservado.
Apabulla todo lo que se ha teorizado sobre el color de las cabelleras femeninas, incluido ese otro estudio (¡ay, los estudios!) que sostiene que teñirse de rubio cambia el comportamiento de quien afronta el cambio y de quienes la rodean. Tantos años convencida de que el crecimiento personal es fruto del conocimiento, de que cada uno acaba siendo lo que se merece, para que ahora lleguen estos y te espetan que para cambiar de piel solo hace falta un Casting Creme Gloss del 600 o en su defecto ese popular Farandol con el que tanto se atreven los señores (por cierto, ¿por qué los tiñen tan mal?).
Lo más interesante de toda esta historia tiene que ver con el mapa de la distribución del pelo rubio por Europa. Fíjense en qué zona de España están los catiros, que dicen en la famosa Venezuela. En esta esquinita de aquí... Esto sí que es un hecho diferencial.