Estoy superfeliz

Fernanda Tabarés DIRECTORA DE V TELEVISION

YES

Es fácil acordarse de Marilyn cuando se piensa en la felicidad. La actriz destilaba esa perturbación fascinante que solo transmiten quienes le exigen mucho a la vida, un atrevimiento que casi siempre conduce al desconsuelo. Monroe encarnaba como nadie las inexplicables contradicciones que encierra el bienestar, un milagro más químico que físico; más irracional que lógico; más de los sentidos que de las cosas. Hay personas, quizás Marilyn fuera una de ellas, genéticamente programadas para la infelicidad, seres humanos incapaces de alejarse del abismo, señoras y señores que saben que hay demasiados motivos para mirar la vida con desconfianza. Hay incluso niños a los que les asoma enseguida esa lucidez tan puñetera que mal encaminada los convertirá en adultos dependientes de las emociones fuertes, esas que por un instante alejan el desastre y que suelen ser adictivas o destructivas. Todo lo que me gusta es ilegal, es inmoral o engorda, que decía Pata Negra. Puede que ellos sean los más lúcidos, pero el peaje es una vida con la sombra perpetua de la aflicción planeando sobre sus cabezas.

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La Sugar Kane de Con faldas y a lo loco  teorizó muy bien sobre la dicha (?si te hizo feliz, no cuenta como error?, decía), aunque los que de verdad viven en la ventura no tienen tiempo de teorizar sobre ella. La poesía no existiría en un mundo de seres felices, porque la inspiración necesita el combustible infalible de la desdicha. Por eso hay quien trata de inducir ese apaciguamiento sumiso que se instala en los seres calmados.

La pregunta ahora es si existen los estados de felicidad colectivos, si unos ciudadanos contagian a otros sus tribulaciones, si, por ejemplo, la Gran Depresión no solo despeñó la economía si no también las buenas vibraciones de los españoles; si la malleira psicológica infligida por el gigante alemán a los cerditos del sur nos hizo menos xalgareteiros, más introvertidos y compungidos. Y la respuesta es que no. Ni la prima de riesgo, ni el paro, ni el dedo de frau Merkel señalando el tejido adiposo de nuestra supuesta holgazanería mermó nuestro buen rollo colectivo. Gallup acaba de editar el mapa de la felicidad y, aunque hay territorios míticos como Brasil en donde no hay crisis que los desfallezca (ver el mapa), España presenta un índice de dicha de los mejores del continente. El Bundesbank desprecia al Banco de España pero en el territorio íntimo un tipo de Viveiro encara la vida con el mismo tiento que el bávaro más vanidoso. El barrio del mundo en el que residen más ciudadanos contentos son las islas Fiyi (el 93% lo están y mucho); el porcentaje más elevado de cenizos habita en Irak. Y en Nigeria y en Kenia amanecen cada día con la optimista convicción de que no es poco.

No creo que los políticos manejen estas estadísticas, pero se equivocan al despreciar el impulso revolucionario del entusiasmo. Ojalá se pudiera inducir esa paz de las buenas infancias que se incrusta en la memoria como un refugio al que siempre se puede acudir en los malos tiempos; esa atmósfera suspendida que remite a un estado en el que te sientes protegido y reconfortado; esos instantes en los que un momento sencillo se convierte en el mejor de tu vida. Conceptos implacables porque son los más rotundos: qué bien se está cuando se está bien, pajarico.